El Municipio abre las puertas de sus escuelas de verano a los familiares de las personas mayores y con discapacidad.
Risas que se escuchan desde el borde de la pileta, miradas cómplices entre abuelos y nietos, padres que se animan al agua y aplausos que acompañan cada logro. Así se viven las jornadas familiares en las escuelas de verano, espacios que van mucho más allá de la recreación. De hecho, se convierten en verdaderos ámbitos de contención, bienestar y crecimiento.
En esta oportunidad, la propuesta invita a que cada alumno, según su edad, pueda sumar a un familiar o figura de acompañamiento para compartir una experiencia lúdica, afectiva y memorable. Así, el resultado es inmediato: vínculos que se fortalecen y recuerdos que quedan.
Semana a semana, las escuelas de verano reciben a una enorme comunidad que elige moverse, disfrutar y encontrarse. En el caso de las personas mayores, más de 900 vecinos participan activamente en siete sedes del departamento. De esta manera, se demuestra que la energía no tiene edad cuando el entorno acompaña.
Mientras tanto, las escuelas de verano para personas con discapacidad reúnen a más de 120 participantes. Allí, el agua, el juego y el acompañamiento se transforma en un espacio seguro para desarrollar autonomía, confianza y alegría.