La escalada en el valor de los comestibles obliga a buscar opciones más accesibles y golpea con fuerza a quienes menos tienen.
En Estados Unidos, llenar la heladera cuesta hoy 33% más que a comienzos de 2019 y la asequibilidad se convirtió en un tema decisivo del debate electoral. La suba reconfiguró el consumo de millones de hogares, con mayor impacto en los sectores de menores ingresos.
"La gente recuerda con precisión cuánto costaban los alimentos antes de la pandemia", suele señalarse en los análisis sobre la inflación de los últimos años, y ese dato resume el clima que hoy se vive en Estados Unidos: la comida dejó de ser un gasto rutinario para transformarse en una preocupación cotidiana y política al mismo tiempo.
Estados Unidos atraviesa un incremento sostenido en los precios de los alimentos que ya alteró los hábitos de compra de millones de hogares y convirtió la asequibilidad en un eje central de las elecciones de mitad de mandato de otoño. En las principales ciudades, llenar la heladera cuesta 33% más que a comienzos de 2019.
El impacto es mucho más duro en los hogares de menores ingresos. En 2024, los estadounidenses destinaron en promedio el 12,9% de sus ingresos antes de impuestos a comer dentro y fuera de casa. En el 20% más pobre, esa proporción trepó al 33%, según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
La suba respondió a una sucesión de shocks acumulados en pocos años. La pandemia desordenó las cadenas de suministro y elevó los costos laborales y de transporte; más tarde, las sequías, los huracanes y enfermedades como la gripe aviar redujeron la producción. A eso se sumaron aranceles sobre productos importados como café, tomates y chocolate, además de la guerra de Rusia en Ucrania, que alteró el suministro de petróleo y fertilizantes.
En este contexto, el nuevo conflicto en Oriente Medio volvió a acelerar este año la inflación de los alimentos. El resultado fue una presión persistente sobre los presupuestos familiares, que también absorbieron aumentos en vivienda y electricidad. Para muchos consumidores, el ajuste se tradujo en cambios concretos: elegir otras marcas, reducir menús y modificar el comercio donde hacen sus compras.
Los hogares reorganizaron sus rutinas para sostener el gasto semanal. Comparar precios antes de salir de casa, buscar cupones y planificar las comidas en función de las promociones pasó de ser una práctica ocasional a una herramienta habitual de supervivencia financiera, sobre todo en familias que ya estaban al límite.
Apral Jack, una vecina de Lexington de 50 años, revisa una aplicación antes de salir a comprar para detectar ofertas en su supermercado habitual y, al llegar, busca en el folleto semanal cupones que podría haber pasado por alto. Si los precios en góndola superan lo que considera razonable, elimina productos de la lista o se traslada a otro comercio.
"Subieron de precio las manzanas, las que me gustan, así que ya no las voy a comprar aquí. Iré a Market Basket, donde las consigo más baratas", dijo Jack a The Associated Press mientras empujaba un carrito en un Stop & Shop cercano a su casa.
Hasta hace poco solía comprar en Whole Foods y ya no tenía que abastecer a sus tres hijas adultas. Ahora organiza el menú según las promociones, compra bistec solo si tiene descuento y dejó afuera de su lista productos como las galletas Ginger Snaps y Nilla Wafers de Nabisco porque las considera demasiado caras.
"Normalmente, intento elegir las comidas en función de eso. Por ejemplo, fajitas de pollo: hubo una oferta de pollo durante tres días. Prepararé pollo salteado con verduras y arroz", contó Jack a AP.
Jared Bernstein, investigador principal de políticas en el Instituto Stanford de Política Económica y exjefe del Consejo de Asesores Económicos durante el gobierno de Joe Biden, sostuvo que los consumidores recuerdan con precisión cuánto costaban los alimentos antes de la pandemia y perciben con claridad cuánto rinde menos su dinero.
Aunque el salario semanal promedio de los trabajadores a tiempo completo creció apenas más rápido que los precios de los alimentos desde 2019, ese dato no alcanza para disipar la sensación de pérdida de poder de compra.
"La gente tiene una percepción muy precisa de esos precios, tanto como de la gasolina, o quizás incluso más. Se necesitan alimentos para vivir", sostuvo Bernstein a AP.
Sally Lyons Wyatt, vicepresidenta ejecutiva global de la firma de investigación de mercado Circana, describió ese ajuste como una estrategia doméstica. "Es casi como una estrategia, una estrategia familiar, donde la presión financiera no ha desaparecido, por lo que los consumidores están desarrollando su propio manual sobre cómo afrontarla", afirmó a AP.
Matt Hamory, director del área global de alimentación de la consultora AlixPartners, explicó que muchos compradores manejan un umbral semanal para sus compras. Si una tienda supera ese límite, primero alternan con opciones más baratas y, si la diferencia persiste, pueden abandonarla por completo.
Uno de los ejemplos más visibles del encarecimiento es la carne molida. El precio de una libra llegó a USD 6,82 en junio, un 79% más que a comienzos de 2019, según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos.
La suba se relacionó con la reducción del rodeo ganadero en Estados Unidos, la sequía en el oeste del país y el alto costo del alimento para animales y del combustible. NielsenIQ, firma de investigación de mercado, señaló que esa presión ya se tradujo en una caída de la demanda de carne picada.
En Cleveland, Texas, Ada Torres, de 60 años, dejó de comprarla para su familia de cinco integrantes. Vive con su hija de 36 años y tres nietos, y la única comida completa del día depende muchas veces de cuánto trabajo consiga su hija en un servicio móvil de lavado de autos, una actividad que cae durante la temporada de lluvias.
"Los precios están por las nubes. Hoy en día, cien dólares en comestibles no son nada. Quizás puedas llevarte a casa siete productos familiares, si logras encontrar una buena oferta", dijo Torres a AP.
Torres reemplazó frijoles Goya y salsa de tomate Hunt's por marcas Great Value de Walmart, y ahora la principal proteína animal del hogar es el pollo junto con embutidos. Sus nietos, de 12, 15 y 16 años, extrañan platos que antes eran habituales, como lasaña con carne molida, fajitas de res y bistec con chips de plátano.
Las diferencias regionales amplifican el problema. En junio, los alimentos para consumo doméstico costaban un 2% más que un año antes en St. Louis, pero la variación llegaba al 6% en San Francisco, según el índice de precios al consumidor.
Allí, Jack Chang, un barbero autónomo de 33 años, sostiene a tres hijos pequeños y a una pareja desempleada con ingresos que a veces no alcanzan. Su alquiler comercial subió un 10% en un contexto de pérdida de clientes despedidos del sector tecnológico, y además asumió una cuota mensual por una minivan usada.
"Cada mes miro mi tarjeta de crédito y pienso: '¡Guau, cómo voy a pagar esto!'. Así que, sinceramente, estoy un poco atrasada con las facturas", dijo Chang a AP.
La familia compra alimentos y medicamentos genéricos, recibe ayuda del Programa Federal de Asistencia Nutricional Suplementaria, conocido como SNAP, y también depende de la madre de Chang, Lien, de 77 años, que visita dos bancos de alimentos por semana y comparte enlatados, huevos, frutas y verduras.
En abril, 37 millones de estadounidenses recibían SNAP, un 12% menos que un año antes, después de que la administración Trump endureciera los requisitos de elegibilidad, según el Departamento de Agricultura.
"Sin eso, no sé qué haría", dijo Chang a AP sobre la asistencia alimentaria.
En Honolulu, el problema suma el costo de abastecer a un estado que recibe casi todos sus alimentos por barco tras miles de kilómetros de travesía. El encarecimiento del combustible, vinculado al conflicto con Irán, y la inestabilidad financiera de la empresa que concentra casi todo el transporte marítimo entre islas también impulsaron este año los precios de productos locales.
Amanda Tabadero, una pastelera de 28 años de K?ne?ohe, en Oahu, recordó que en 2024 compraba fresas y arándanos cultivados en Maui a USD 7,99 la libra. Ahora, con ese precio en USD 11, opta por fruta de California o México en Costco a USD 5 cuando necesita grandes cantidades para hornear.
También dejó de considerar accesibles algunos productos de Hawái. Contó a AP que un café helado y una bolsa de lichis en Chinatown le costaron USD 30, y que la leche llegó a USD 9 el galón en una cadena local, un incremento que encarece incluso recetas básicas como el mochi de mantequilla.
"Me da pena. Quiero usar productos locales", dijo Tabadero a AP.
En su casa, donde vive con sus padres, su hermana menor, tres gatos y un perro, la cena también cambió. La carne para estofado hawaiano pasó de USD 7,99 o menos a cerca de USD 10 la libra frente a los niveles previos a la pandemia, y solo vuelve a la mesa si aparece una oferta de USD 5 la libra los viernes en Safeway.
La evolución reciente sugiere que el problema ya no es solo una suba coyuntural de precios, sino una reconfiguración del consumo. Cuando alimentos básicos, energía y vivienda se encarecen al mismo tiempo, los hogares de ingresos medios y bajos ajustan cantidades, cambian marcas y recortan calidad nutricional. En términos macroeconómicos, eso puede sostener la demanda agregada en niveles moderados, pero también profundiza desigualdades y vuelve más visible la distancia entre salarios nominales e ingreso real.
De cara a los próximos meses, si la inflación alimentaria se mantiene por encima del promedio general, es probable que crezcan la presión política sobre el gobierno, la demanda de asistencia social y el interés por políticas de competencia, control sanitario y apoyo a cadenas de suministro más resilientes. En paralelo, la persistencia de shocks climáticos, logísticos y geopolíticos sugiere que la volatilidad de los alimentos seguirá siendo un factor estructural, y no una anomalía pasajera.
Antes de la pandemia, la discusión sobre el costo de los alimentos en Estados Unidos solía quedar subordinada a otros indicadores de la economía. Sin embargo, desde 2020 la secuencia de cierres, cuellos de botella, inflación de insumos, guerras, eventos climáticos extremos y nuevas tensiones comerciales convirtió al precio de la comida en un termómetro social y electoral. Lo que antes era una variable menos visible pasó a ocupar el centro de la conversación pública.
También cambió la respuesta de los consumidores. Al inicio del proceso, muchas familias absorbieron los aumentos sin modificar demasiado sus hábitos; luego se extendió una cultura de comparación de precios, uso de apps, cupones, marcas propias y planificación semanal. Esa adaptación, que en principio parecía temporal, terminó consolidándose como una nueva normalidad en buena parte del país.
En ese marco, la política alimentaria vuelve a ganar peso. La combinación de asistencia como SNAP, bancos de alimentos y estrategias domésticas de ahorro define hoy la vida cotidiana de millones de estadounidenses. La evolución de la coyuntura dependerá, en buena medida, de si los costos logísticos, energéticos y climáticos ceden o si se mantienen como una presión permanente sobre el precio de lo que llega a la mesa.