Los principales indicadores publicados durante los últimos tres meses muestran que la economía argentina continúa estabilizándose, aunque la recuperación sigue siendo muy heterogénea entre sectores.
Los datos más relevantes son los siguientes:
Estos indicadores permiten extraer cuatro conclusiones.
Primero, el proceso de desinflación continúa y constituye hoy el principal logro económico del Gobierno.
Segundo, la actividad económica dejó atrás la recesión profunda de 2024, pero el crecimiento todavía no se distribuye de manera uniforme. Energía, minería y agro lideran la expansión, mientras industria, comercio y construcción muestran una recuperación mucho más lenta.
Tercero, la inversión privada sigue siendo el principal desafío. La baja de la inflación mejora las expectativas, pero aún no se traduce en un incremento generalizado de proyectos productivos.
Cuarto, las provincias con mayores costos tributarios enfrentan un escenario más complejo. En economías regionales como Mendoza, donde empresas y comercios soportan una elevada presión impositiva y altos costos operativos fundamentalmente en lo que respecta a servicios, indican que la recuperación puede demorarse más que el promedio nacional.
Los próximos tres meses serán determinantes. Si la inflación continúa cerca del 1,8% mensual y la actividad consolida su recuperación, el segundo semestre podría mostrar un crecimiento más amplio. Si, en cambio, industria, construcción y consumo permanecen estancados, la mejora macroeconómica seguirá sin reflejarse plenamente en la economía cotidiana. La estrategia oficial para el segundo semestre no se basa en un mayor gasto público ni en planes de estímulo al consumo. El Gobierno apuesta a que la recuperación provenga de cinco factores técnicos.
1. Continuidad del superávit fiscal. El Ministerio de Economía ratificó que mantendrá el equilibrio de las cuentas públicas y anunció un esquema de financiamiento de la deuda basado en organismos multilaterales, emisiones en el mercado local y privatizaciones, evitando por ahora volver a los mercados internacionales de crédito.
2. Consolidar la desinflación. La expectativa oficial es sostener una inflación cercana al 2% mensual mediante una política monetaria restrictiva, sin emisión para financiar al Tesoro y con un Banco Central enfocado en preservar la estabilidad nominal.
3. Atraer inversión privada. El Gobierno considera que la principal fuente de crecimiento será la inversión, especialmente en minería, energía, petróleo y gas. Para ello continúa impulsando el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), que otorga beneficios fiscales, aduaneros y cambiarios a proyectos de gran escala.
4. Profundizar la desregulación. La administración nacional sostiene que una mayor apertura económica, menos regulaciones y una reducción gradual de la carga burocrática permitirán aumentar la productividad y reducir costos para las empresas.
5. Recuperación del crédito. Con una inflación más baja y tasas reales más previsibles, el Gobierno espera una expansión gradual del crédito al sector privado, condición indispensable para reactivar consumo durable, construcción e inversión productiva. Organismos multilaterales también anunciaron nuevas líneas de financiamiento para infraestructura y para el sector privado.
El interrogante es si estas herramientas serán suficientes para acelerar sectores que hoy siguen rezagados. La estrategia oficial supone que primero se consolida la estabilidad macroeconómica y luego llega la inversión. La incógnita es el tiempo: mientras energía, minería y agro ya muestran dinamismo, la industria, el comercio y la construcción continúan esperando que esa recuperación se traslade al resto de la economía.
Superada la fase de estabilización, el Gobierno Nacional sostiene que la siguiente reforma estructural será la tributaria. El objetivo declarado es reducir la carga impositiva sin comprometer el equilibrio fiscal, por lo que las rebajas de impuestos estarán condicionadas al crecimiento de la recaudación y al mantenimiento del superávit.
Los principales cambios que analiza el Ministerio de Economía son:
Nuevo esquema de IVA ("Súper IVA"): la Nación reduciría su participación en la alícuota y cedería mayor margen a las provincias para que compitan entre sí bajando impuestos y atrayendo inversiones. El esquema pretende reemplazar gradualmente parte de la dependencia de tributos distorsivos como Ingresos Brutos y llegar a un IVA que ronde el 18% ya sin Ingresos Brutos. Toda una hazaña. Casi imposible?
Reducción gradual del Impuesto a las Ganancias para personas físicas y Jurídicas, junto con una simplificación del sistema tributario y menores cargas administrativas para los contribuyentes llegar a que la carga por ganancias a las empresas le signifiquen un 25%, 5 puntos menos que lo actual.
Eliminación de impuestos de baja recaudación, concentrando el sistema tributario en menos tributos, con mayor eficiencia y menor costo de cumplimiento.
Avanzar, cuando la situación fiscal lo permita, sobre la reducción del Impuesto a los Débitos y Créditos Bancarios (Impuesto al Cheque), uno de los gravámenes más cuestionados por el sector productivo y que en primera instancia se compute en un 100% para pago a cuenta de ganancias para ser eliminado gradualmente en los siguientes 2 Años.
La lógica económica del programa es clara: menor presión tributaria, mayor inversión privada, mayor productividad y crecimiento sostenido. Sin embargo, el éxito de esa estrategia dependerá de que las provincias acompañen con una reducción de impuestos propios, especialmente Ingresos Brutos y Sellos, que hoy representan una parte importante del costo de producir en muchas jurisdicciones.
¿Y si Mendoza encontrara un gran yacimiento de shale oil o shale gas en Cacheuta?
Desde el punto de vista económico, un descubrimiento de reservas de magnitud comercial en la zona de Cacheuta podría modificar significativamente la estructura productiva de Mendoza.
La provincia incorporaría una nueva fuente de exportaciones, aumentaría la recaudación por regalías hidrocarburíferas, recibiría inversiones de miles de millones de dólares en exploración, perforación, infraestructura y servicios, y generaría una importante demanda de empleo directo e indirecto, replicando el efecto que tuvo el desarrollo de Vaca Muerta en Neuquén.
Ese escenario también tendría efectos sobre otros sectores: mayor demanda de viviendas, crecimiento del comercio, expansión de la logística, desarrollo de proveedores industriales y aumento de la actividad financiera.
Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que la disponibilidad de recursos naturales, por sí sola, no garantiza el desarrollo. Para transformar un descubrimiento geológico en crecimiento sostenido se requieren reglas estables, seguridad jurídica, infraestructura, una presión tributaria competitiva y una administración eficiente de las regalías.
En otras palabras, un gran hallazgo de shale oil o shale gas podría convertirse en el mayor impulso económico para Mendoza en varias décadas. Pero el resultado final dependerá menos de la geología que de la calidad de las políticas públicas que acompañen ese desarrollo.
Mendoza acaba de iniciar la evaluación técnica más importante de las últimas décadas sobre el potencial no convencional de la Formación Cacheuta. Si los estudios confirman reservas de magnitud comercial, la provincia podría enfrentar el mayor cambio económico desde el descubrimiento de sus yacimientos tradicionales. Un desarrollo de esa escala implicaría inversiones de miles de millones de dólares, incremento de las exportaciones, mayores regalías, creación de empleo calificado y el desarrollo de una extensa cadena de proveedores industriales y de servicios. Sin embargo, la experiencia de Vaca Muerta demuestra que el recurso geológico es apenas el primer paso.
Ahora, habría una enorme diferencia. Mendoza no comenzaría desde el mismo punto que comenzó Vaca Muerta hace más de una década.
La provincia cuenta con ventajas estructurales difíciles de igualar. El eventual desarrollo se ubicaría a pocos kilómetros del Gran Mendoza, un área metropolitana con más de un millón de habitantes, universidades, centros tecnológicos, hospitales de alta complejidad, mano de obra calificada, parques industriales, proveedores metalmecánicos, infraestructura vial desarrollada, aeropuerto internacional, servicios financieros y una amplia oferta hotelera y gastronómica.
Añelo, en cambio, debió construir gran parte de esa infraestructura al mismo tiempo que crecía la producción de Vaca Muerta. Durante años, el desarrollo estuvo condicionado por limitaciones en rutas, viviendas, servicios públicos, capacidad hotelera y logística, lo que elevó los costos y generó cuellos de botella para la industria y lo realizado hasta ahora, por mas que sea un boom económico hoy, no seria desde donde parte Mendoza.
Desde una perspectiva económica, disponer desde el inicio de una ciudad consolidada y de infraestructura instalada podría traducirse en menores costos de desarrollo, mayor disponibilidad de recursos humanos especializados y una implementación más rápida de nuevos proyectos. Estos factores suelen ser valorados por las compañías al momento de decidir inversiones de gran escala.
Sin embargo, esa ventaja potencial no sería suficiente por sí sola. Para competir por capitales internacionales, Mendoza también debería ofrecer estabilidad regulatoria, seguridad jurídica, reglas tributarias competitivas y procesos ágiles de aprobación de proyectos. En la industria del petróleo y el gas, la geología define dónde están los recursos, pero el marco institucional suele definir dónde finalmente se invierte.
A todo esto se le suma un aspecto que suele tener un peso creciente en las decisiones de inversión: la calidad del entorno donde vivirían los trabajadores y sus familias.
A diferencia de lo que ocurrió en los primeros años de Vaca Muerta, donde gran parte de la infraestructura urbana debió construirse en paralelo con el desarrollo petrolero, Mendoza ya dispone de una ciudad consolidada. El Gran Mendoza ofrece una amplia red de colegios públicos y privados, universidades, hospitales, centros de salud de alta complejidad, actividades culturales, espacios recreativos, oferta gastronómica, infraestructura deportiva, servicios financieros y una conectividad muy superior a la de un desarrollo que comienza prácticamente desde cero.
Estas condiciones pueden facilitar la radicación de personal técnico y profesional altamente calificado, reducir los costos asociados a la instalación de trabajadores y hacer más atractivo el destino para empresas nacionales e internacionales que necesitan captar y retener talento.
Otro aspecto relevante es el tiempo de maduración de las inversiones. En términos generales, un proyecto de shale oil o shale gas que confirma su viabilidad comercial suele alcanzar su etapa de producción en plazos considerablemente más cortos que un gran proyecto minero, cuya exploración, evaluación ambiental, ingeniería, financiamiento y construcción pueden demandar entre ocho y quince años antes de generar producción significativa.
Por esa razón, si la Formación Cacheuta demostrara un potencial comparable al de otros desarrollos no convencionales exitosos, el impacto económico sobre Mendoza podría comenzar a percibirse en un horizonte relativamente más corto. Ello implicaría una aceleración de la demanda de empleo, servicios, infraestructura, viviendas, transporte y proveedores industriales, generando un efecto multiplicador sobre buena parte de la economía provincial.
En ese escenario, Mendoza no solo competiría por la calidad de sus recursos geológicos, sino también por una ventaja estratégica que pocos polos energéticos de América Latina poseen: combinar un gran potencial hidrocarburífero con una ciudad desarrollada.
El tiempo lo dira, esperemos que la política haga las cosas bien. déjenme creer por una vez.