Los jueves a la noche, cuando el centro empezaba a vaciarse y las persianas metálicas bajaban como párpados cansados, Tito estacionaba el Corsita frente a la plaza Independencia para fumarse un cigarro clandestino. El Corsita ya no arrancaba: negociaba. Había que hablarle suave, cebarlo, prometerle una batería nueva que nunca llegaba. El capot vibraba incluso apagado, como si tuviera ansiedad.
-Este auto ya no tiene motor. tiene recuerdos -decía Tito, dándole dos palmadas al tablero rajado.
Esa noche subió un hombre grandote, campera y camisa abiertas hasta el pecho y olor a perfume caro mezclado con tabaco. De esos tipos que hablan por teléfono antes de cerrar la puerta.
Con tono seco, pidió que Tito lo llevara hasta ese famoso barrio privado de avenida Champagnat.
Tito arrancó haciendo sufrir al embrague.
Silencio de dos cuadras, solo con el ruido de un resumen de noticias en la radio.
Después, como quien no quiere la cosa y tomándose del último título que escuchó en el reporte periodístico, Tito disparó:
-Miralo vos a Pepe con sombrero.
El pasajero soltó una risa nasal.
-Si. ahora se hace el independiente.
Tito acomodó el espejo retrovisor, aunque no hacía falta.
-Pasa que al principio era una cosa. y después otra. Cuando lo pusieron ahí estaba más alineado que soldado recién salido del cuartel. Poco a poco, se fue despegando y, ahora, ya directamente le pega al mandamás sin disimular.
El hombre miró por la ventana.
-Y bueno, . hay gente que cuando consigue cierta estabilidad aprovecha que el otro está más preocupado en armar su próxima quinta y empieza a mostrar lo que realmente piensa.
Tito detectó rápido el tono. Entonces giró apenas el volante ideológico.
-También puede ser valentía, ¿no? Porque una cosa es hablar cuando dependés de quien ejerce el Poder. y otra cuando ya no necesitás pedirle permiso.
El pasajero asintió, conforme.
Tito sonrió para sí. Había acomodado el discurso en menos de veinte segundos. Récord personal.
Enfilaban hacia la calle que lleva al ingreso al Parque cuando apareció el tema de la Ruta 7. Una propaganda radial hablaba de las empresas interesadas en la concesión del corredor internacional.
-Por fin alguien va a agarrar ese desastre -dijo el pasajero-. ¿Cuántos años llevamos escuchando promesas?
Tito golpeó el volante.
-Y sí. Pero le digo algo. ya está bueno que la paguen los que la usan.
El hombre levantó una ceja.
-¿Cómo?
-Y claro. Todo el mundo exige la ruta perfecta para ir a Chile, para los camiones, para los tours, para la carga. pero después la termina pagando el tipo de Lavalle que jamás cruzó Potrerillos. Con peaje, al menos, paga el que la usa todos los días.
El pasajero quedó pensando.
-No está mal visto así.
-Además -siguió Tito-, si te cobran, después podés reclamar con razón. Acá pagamos todos, nadie se hace cargo de nada y reclaman los que la rompen.
El Corsita agarró un pozo y crujió entero, como si quisiera sumarse al debate sobre infraestructura.
Más adelante frenaron en un semáforo frente a una farmacia enorme, iluminada como casino de Las Vegas. Adentro había perfumes, chocolates, muñecos para chicos, esmaltes, dos promociones de shampoo y hasta una góndola de tazas térmicas.
El pasajero largó:
-Ahora quieren que en esas góndolas también pongan medicamentos y que hasta se puedan vender medicamentos en otros comercios.
Tito bufó.
-Y me parece perfecto.
El hombre lo miró sorprendido.
-¿Ah sí?
-Pero claro. Las farmacias venden cualquier cosa. Golosinas, bijouterie, cremas, juguetes. hasta pan dulce he visto. Y después un kiosco abierto un domingo a las tres de la mañana no puede vender un ibuprofeno o un botiquín de primeros auxilios porque cae preso poco más.
El pasajero sonrió.
-Bueno, pero alguien tiene que controlar.
-Controlar sí. Currar no. Porque si vamos a hablar de salud, entonces que las farmacias vendan solo remedios y listo. Pero si pueden vender de todo, dejá que otros también compitan con algunas cosas básicas.
El semáforo cambió. Tito avanzó despacio porque el Corsita había entrado en una nueva etapa mecánica: el vehículo meditaba antes de acelerar.
Cuando ya estaban llegando y mientras miraba su teléfono, el pasajero pensó en voz alta:
-Lo de Frigerio en Entre Ríos va a traer lío.
Tito chasqueó la lengua.
-Sí, pero alguien lo tenía que hacer.
-¿Subir la edad jubilatoria?
-O más años de aporte, o alguna mezcla. pero, así como está la cosa no va más. No dan los números. Todo el mundo lo sabe y nadie quiere pagar el costo político. Hay cada más gente mayor de 60 y cada vez menos jóvenes. No hay chance de sostener así el sistema.
El hombre cruzó los brazos.
-Es una bomba esa discusión.
-Seguro. Pero peor es hacerse el distraído diez años más. Mire. antes la gente se jubilaba y vivía cinco o seis años más. Hoy por suerte viven casi treinta más y mientras tanto, nacen cada vez menos. Cambió el mundo. Lo que no cambió fue el sistema.
El pasajero quedó callado.
El Corsita subió el último lomo, antes de girar a la izquierda, resoplando como jubilado subiendo escaleras.
Antes de bajar, el hombre le dijo:
-Vos tendrías que dedicarte a la política.
Tito sonrió mientras contaba el vuelto.
-No, jefe. yo ya hago algo más difícil.
-¿Qué cosa?
-Darles la razón a todos sin pelearme con ninguno