Del dragón temido a la barca vacía: enseñanzas ancestrales sobre cómo enfrentar el miedo sin dejarse paralizar por él.
El Hombre que Temía al Dragón
Un hombre estaba obsesionado con los dragones. Admiraba su forma, los pintaba en sus paredes y tallaba sus figuras en madera. Un día, un dragón real, conmovido por su devoción, decidió visitarlo. Al verlo entrar por su ventana, el hombre quedó paralizado por el terror y murió del susto.
Enseñanza: Muchas veces tememos la realidad de lo que decimos desear. Vivimos en ilusiones; cuando lo verdadero se presenta, no estamos preparados para sostenerlo. El miedo aparece cuando lo imaginado se vuelve concreto.
El Hombre que Quería Mover la Sombra
Un hombre se desesperaba porque su sombra lo seguía a todas partes. Creyó que podía librarse de ella corriendo más rápido, pero la sombra nunca lo abandonaba. Finalmente, agotado, cayó muerto.
Enseñanza: El miedo a lo inevitable solo nos desgasta. Cuanto más huimos, más nos persigue aquello que rechazamos. Aceptar es el comienzo de la libertad.
El Niño que Cayó del Carro
Un niño viajaba en un carro tirado por caballos y, en un descuido, cayó al suelo. Sin embargo, se levantó sin daño y sin miedo. Cuando le preguntaron por qué, el sabio respondió: "Porque no sabía que debía temer".
Enseñanza: El miedo es una construcción aprendida. Surge de la memoria, de experiencias pasadas o de advertencias ajenas. Si no lo incorporamos como mandato, no nos domina.
El Barquero y la Barca Vacía
Un hombre navegaba en un río y vio otra barca dirigiéndose hacia él. Lleno de furia, comenzó a gritar, pero al acercarse descubrió que la barca estaba vacía. Su ira desapareció instantáneamente.
Enseñanza: Gran parte de nuestra angustia proviene de atribuir intenciones. Reaccionamos contra fantasmas mentales. Si entendiéramos que muchas veces la barca está vacía, no quedaríamos atrapados en la ira ni en el miedo.
El Miedo ante el Gran Cambio
Hay un miedo que no proviene del peligro inmediato, sino del cambio profundo. Cuando algo grande está por transformarse -una decisión, una ruptura, un nuevo comienzo- el miedo nos susurra que retrocedamos.
Ese miedo persigue incluso cuando nada ocurre externamente. Se instala en la mente, la deja en blanco, paraliza la acción y exagera los riesgos. No siempre grita; a veces murmura.
En esos momentos, el antídoto no es la grandilocuencia. No se combate el miedo con heroicidad permanente, sino con pequeños anclajes cotidianos: ordenar un cajón, caminar unos minutos, respirar profundamente, preparar un café, abrazar a alguien, concentrarse en una tarea simple.
Los pequeños objetos y los pequeños rituales son recordatorios de realidad. Devuelven a la conciencia al presente y rompen la fantasía catastrófica. El miedo paraliza cuando la mente viaja al futuro; se disuelve cuando el cuerpo vuelve al ahora.
Reflexión Final
El miedo no es enemigo: es señal. Pero cuando domina, se vuelve tirano. Superarlo no implica eliminarlo, sino atravesarlo. Aceptar la sombra, sostener al dragón, comprender la barca vacía y habitar el presente con gestos simples.
La valentía no siempre es épica. A veces consiste en dar un paso pequeño, pero firme, hacia aquello que tememos.
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Opositores duros y dialoguistas ponen el foco en algunos artículos, como los cambios en las licencias y el Fondo de Asistencia Laboral. Si el texto sufre modificaciones, debe volver al Senado