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Café con rosca: Un poco de todo

Se sentó, cruzó una pierna, apoyó el codo y, casi sin darse cuenta, dejó que los dedos de la mano derecha dibujaran una V corta, automática, reflejo de una militancia que ya no sabía ubicar en el tiempo. Había pasado por tantos partidos que su origen político se había vuelto un recuerdo borroso, como una consigna mal archivada.

Sabado, 31 de Enero de 2026

Los jueves a las siete de la tarde la vieja cafetería suele encenderse como un ritual. No por las luces -amarillas, cansadas- sino por las voces. O, mejor dicho, por esas voces: las de los cuatro amigos que desde hace años se sientan siempre en la misma mesa, al fondo, donde el ruido de la máquina de café no tapa del todo las conspiraciones.

Pero este último jueves de enero fue distinto.

A las siete en punto solo estaba el flaco. Llegó como siempre, liviano de cuerpo y cargado de gestos heredados. Se sentó, cruzó una pierna, apoyó el codo y, casi sin darse cuenta, dejó que los dedos de la mano derecha dibujaran una V corta, automática, reflejo de una militancia que ya no sabía ubicar en el tiempo. Había pasado por tantos partidos que su origen político se había vuelto un recuerdo borroso, como una consigna mal archivada.

A los pocos minutos entró el grandote, ocupando espacio antes incluso de sentarse. Saludó con un movimiento de cabeza, se dejó caer en la silla y acomodó el cuerpo como si estuviera entrando a una reunión importante, aunque jurara -cada vez que podía- que él no tenía nada que ver con el Poder. Decía ser asesor legislativo, pero nadie terminaba de ubicar bien de quién, ni para qué. Su especialidad era estar cerca, siempre cerca.

-¿Y los demás? -preguntó, mirando alrededor, como si esperara que aparecieran por sorpresa.

El flaco levantó los hombros.

-El innombrable volvió a la costa. Rosca con aroma a bronceador -dijo, sin decir el nombre, como corresponde-. Y Gastón sigue en Chile. En mi departamento. Vuelve este fin de semana.

El grandote sonrió apenas. Chile siempre le sonaba a exilio elegante.

Algo más llamaba la atención. No estaba Hernán, el mozo de siempre. En su lugar, detrás del mostrador,

Aldo, el dueño, se movía con una lentitud distinta, más pesada. Limpiaba, servía, cobraba y suspiraba todo al mismo tiempo.

Cuando se acercó a la mesa con el café chico bien cargado y el café con leche, con una medialuna, dejó la bandeja apoyada un segundo más de lo necesario.

-Me van a disculpar -dijo-. Estoy solo esta semana.

Pero no fue una disculpa, fue una confesión:

-Hernán me pidió una semana de vacaciones y enero está siendo larguísimo. No entra gente, muchachos. No hay recuperación a la vista. No hay plata. Lo digo así, sin rodeos y sin vergüenza. Ni siquiera para los gastos fijos, olvídense de un reemplazo. Así que me quedo yo -cerró-. Atiendo, barro, lavo. Lo que haya que hacer.

El flaco lo escuchó con atención profesional, como quien toma nota mental para una futura explicación en televisión. El grandote asintió en silencio, con esa empatía entrenada para no comprometer a nadie.

Cuando Aldo volvió al mostrador, la cafetería quedó en un silencio raro. Sin Hernán, sin el innombrable, sin el magistrado, sin coros. Solo dos tazas humeando y una economía que no arranca.

-¿Viste? -dijo el flaco al fin-. Esto también es política.

El grandote miró el fondo de su taza.

-Sí -respondió-. Pero de la que no sale en los diarios.

-¿Y después? -dijo el flaco, mirando hacia la vidriera empañada, como si hablara con la calle y no con el grandote.-. Dos mil veintisiete está ahí nomás.

El grandote no preguntó "¿después de qué?". Sabía. Todos sabían. El mandamás local no tiene reelección y tampoco heredero. O, mejor dicho: no tiene heredero visible. Por ahora?

-Nunca los dejó crecer -respondió-. Si alguno un asomaba la cabeza, se la acomodaba.

El flaco sonrió con una mueca que era mitad ironía, mitad archivo histórico.

-Por algo le dicen Pino.

El apodo flotó en el aire con peso propio. 

-Abajo de él no crece nada. -siguió el flaco- Ni intendentes, ni ministros con vuelo, ni dirigentes con ambición declarada. El método siempre fue el mismo: al que mostraba apetencias, lo borraba del mapa, lo corría de lugar o le armaba un candidato propio que le ocupara el espacio antes de que pudiera respirar 

El grandote asintió, lento.

-Mirá los municipios -continuó el escuálido-. Dos que querían ser intendentes en el Gran Mendoza, uno ahora vive de hacer encuestas y el otro dibuja flechas en papeles que no lee nadie en un Concejo Deliberante, 

-Y están viendo que hacer-dijo el corpulento-. Muy desorientados.

Hizo una pausa, como si midiera cuánto más podía decir.

-No lo dicen en público, pero lo sienten. Años esperando su turno. y nada

Aldo pasó cerca, secándose las manos con el repasador. No escuchaba, pero entendía. Siempre entendía.

-¿Y el ministro? -preguntó el flaco, bajando un poco la voz.

El grandote torció la boca.

No hizo falta agregar nada más.

-Desde adentro lo quieren mover -continuó-. Pero no mide. No tiene presencia publica. No le da el piné?

El flaco levantó la vista, serio.

-Sirve para obedecer- dijo-. Para lo que le piden, cumple. Pero afuera. afuera no camina. Hasta sus amigos están enojados. Dejaron todo para ir al municipio con él y armar un nuevo esquema. Pero a la primera de cambio, los dejó haciendo payanitas.

El grandote agregó algo más, casi con pena:

-Tampoco ellos levantaron la voz, seamos sinceros, se acomodaron y listo. Salvo uno, ese de las flechitas en el Concejo. 

-Encima desde el mismo entorno le están pidiendo que cambie la actitud. Que se endurezca. Que salga. Porque enfrente no va a tener nenes de pecho -dijo el flaco, haciendo el gesto de la V corta, casi inconsciente. -Dos se están moviendo muy bien.

-Lusito Top Gun -dijo el grandote, sin rodeos.

-Ese nada como pez en el agua -confirmó el flaco-. Y el otro.

-El alcalde heredero -completó el grandote-. El intendente. Está intentando diferenciarse. Juega a otra cosa.

Se quedaron callados un momento. Afuera pasaba una pareja con una bolsa del supermercado.

Adentro, del café quedaba poco.

-El problema -cerró el flaco- es que Pino se cree eterno y nunca preparó el terreno. Y cuando no preparás el terreno, lo ocupa otro o logras negociar, el tema es que el otro quiera.

El grandote miró alrededor. La cafetería vacía, Aldo solo, enero eterno.

-Como acá -dijo-. Cuando no alcanza, no alcanza.

Irremediablemente, la charla giró hacia el peronismo. Tema que en la mesa siempre aparecía como una discusión sin final feliz.

-Ahí sí que están calientes de verdad -tiró el grandote, apoyando los dos antebrazos-. No encuentran la salida ni con GPS.

El flaco acomodó la silla, como si fuera a dar una clase que ya había dado demasiadas veces.

-El PJ bonaerense está empantanado -dijo-. Siguen discutiendo a Máximo, como si todavía fuera una promesa, y a Kicillof lo quieren levantar, intentando no quedar atrapados por ninguno de los dos.

-Pero ya no se disimula -interrumpió el grandote-. La ruptura entre peronismo y kirchnerismo es un hecho consumado.

El flaco asintió. 

- Esa fractura ya no es conceptual ni teórica: es práctica, territorial, cotidiana. En el interior hay gobernadores que están armando una liga aparte -continuó-. Se juntan, hablan, se miran y se preguntan lo mismo: qué hacemos con Cristina, con su pibe y con el petiso.

Aldo pasó otra vez, lento, con una bandeja vacía. Escuchó nombres y no tomó partido. 

-Y hablando de Cristina. -dijo el grandote, bajando la voz solo por costumbre-. ¿Viste lo del intendente de General Villegas?

El flaco levantó una ceja.

-Durísimo.

-Dijo lo que muchos piensan y pocos se animan -siguió-. Que ya no tiene voz ni voto, que es una condenada por delitos comunes, que no hay que prestarle más importancia.

La frase quedó flotando, pesada. Como esas verdades que no se dicen para no romper del todo, aunque ya esté roto.

-Eso prendió fuego todo -agregó el flaco-. Porque todavía hay muchos que la siguen viendo como una figura central.

-Pocos por convicción -concedió el grandote.

-Y muchos por conveniencia -completó el flaco-. O por intereses. O por deudas.

Se miraron en silencio. Afuera, la tarde empezaba a caer.

-Lo peor -dijo el grandote- es que hacia adentro ya no hay conducción. Se habla de traiciones, de desencanto, de desagradecimiento. pero nada de liderazgo.

-Tampoco hay alguien que quiera hacerse cargo -cerró el flaco-. Y cuando nadie se hace cargo, el partido se rompe solo.

El flaco fue el que encontró el juego de palabras, como si lo hubiera estado amasando desde antes.

-Al final -dijo, dando el último sorbo al vaso de soda- el peronismo se está yendo por un caño.

El grandote levantó la cabeza, interesado.

-¿Por un caño?

-Sí -siguió el flaco-. Y encima ni siquiera es un caño nuestro.

La risa fue corta, seca. De esas que no celebran nada.

-¿Lo de Techint? -preguntó el grandote, aunque ya sabía la respuesta.

-Lo de los caños -confirmó el flaco-. Quinientos kilómetros de gasoducto y la licitación se la lleva una empresa india.

El grandote chasqueó la lengua.

-Cuarenta por ciento más barata.

-Cuarenta -repitió el flaco-. No un vuelto. Ahí apareció la calentura. No la de café tibio ni la de rosca menor: la de apellido pesado. La de los Roca, la de Techint, la de una familia acostumbrada a que los caños siempre terminen en casa.

-Salieron con la bandera de la industria nacional -dijo el grandote-. El libreto de siempre.

-Claro -respondió el flaco-. Industria nacional, trabajo argentino, soberanía productiva. todo muy lindo cuando ganan ellos.

Aldo, desde el mostrador, hizo ruido con la cafetera. No opinó. Pero escuchaba.

-Igual -agregó el grandote- hubo críticas. Bajitas. De pasillo.

-Sí -asintió el flaco-. Todos hablan por lo bajo. El único que se animó a decirlo en voz alta fue el Presidente, que juega siempre, algunos se quisieron acoplar después que habló él.

Pero Javier sabe quién es quién. Aprendió que todo a su tiempo.

-En una entrevista -precisó el grandote.

-Dijo lo obvio -continuó el flaco-. Que los empresarios nacionales van a tener que empezar a competir. Que no alcanza con ser argentino para que te paguen cualquier cosa.

El grandote sonrió, medio de costado.

-Y que, si los indios venden más barato, hay que comprarles a los indios.

El silencio volvió a instalarse. Afuera, un colectivo pasó levantando polvo. Adentro, la idea era incómod

-Ahí tenés -cerró el flaco-. El peronismo se va por un caño, los caños no son nuestros y la industria nacional se enoja cuando pierde.

-Y nadie quiere hacerse cargo -agregó el grandote-. Ni del precio, ni del atraso, ni del verso.

Después de dar varias vueltas por temas menores -la inflación, el tipo de cambio, un romance improbable de la farándula y una separación que nadie vio venir, la intervención quirúrgica celebrada en redes por una mediática ex mediático y la vida que sigue, aunque no sepa bien hacia dónde, como las colectoras del Acceso Este- el silencio volvió a acomodarse solo. No fue incómodo. Fue de esos silencios que anuncian que algo quedó pendiente.

El flaco apoyó la espalda en la silla y dijo:

-Hay algo que quedó flotando del jueves pasado.

El grandote no apuró. Esperó.

-La minera -siguió el flaco-. La que va a operar en dos provincias.

Ahí cambió el clima. No por volumen, sino por densidad.

-Según tengo entendido -continuó-, la empresa que finalmente se instala en el Valle Cordillerano y que terminó adecuando todo el papelerío a la 7722. logró ajustar todo porque, en rigor, acá no va a hacer minería como la hemos entendido siempre.

El grandote frunció el ceño.

-¿Cómo?

Aldo, desde el mostrador, dejó de limpiar un segundo.

-En Mendoza -siguió el flaco- lo único que hacen es sacar material: tierra, piedra, roca. Cargan los camiones y listo.

Están hartos de todas las falsas organizaciones antimineras.

-¿Y el resto? -preguntó el grandote, aunque ya sospechaba.

-El trabajo serio -respondió el flaco-, el final, el de verdad. lo van a hacer en San Juan.

La frase cayó pesada.

-O sea -resumió el grandote-: acá explotan, allá procesan.

-Exacto -dijo el flaco-. Acá áridos. Allá oro, cobre y lo que salga.

Se quedaron callados. Afuera pasaba un auto lento, con música alta.

-Entonces -preguntó el grandote- ¿y Las regalías grandes?.

-No se, cerró el flaco-.

El grandote soltó una risa corta, amarga.

-Veinte años discutiendo.

-Veinte -repitió el flaco-. Marchas, leyes, violencia, debates eternos... como el terreno de Cencosud de Godoy Cruz, la empresa se cansó de las trabas y cuando le dijeron, después de muchos años, que podía, el Chileno los mandó a freír churros a todos, principalmente a los vecinos, que primero se oponían y después pedían por favor que lo hicieran. 

Aldo volvió a moverse. Sabía lo que era eso: cumplir la letra, esquivar el espíritu.

-Se ajustan a nuestra norma -siguió el flaco- y se van a otra provincia. Agradezcamos a Difonso, lo único que hizo fue retrasar todo y demorar el crecimiento. 

-Y nosotros la vemos pasar -agregó el grandote-. Como siempre, y ahora hay otros políticos corruptos tratando de trabar otras actividades. Solo buscan plata y seguir viviendo del estado.

Cuando salían, el grandote dijo lo último, casi en voz baja:

-Al final, no era si sí o si no. Era dónde.

El flaco asintió.

-Y quién cobra. Tanto hablar de caños. se nos fue todo por el desagüe.

Enero seguía largo. El país también. Y los jueves, fieles, prometían volver, aunque las respuestas -como las regalías- siempre terminaran yéndose a otro lado.

La mesa volvió a quedar sola, guardando la rosca para el jueves siguiente, cuando quizá regresen el innombrable, el magistrado y Hernán. Porque en esa vieja cafetería, como en el país, ya nadie está seguro de cuántos van a quedar sentados al final.