Analistas La columna de Antonio Ginart

Milei en Davos: cuando el mensaje no pide permiso

Davos no es cualquier escenario. Es el living elegante del poder global, donde suelen abundar los discursos correctos, medidos, llenos de eufemismos y frases prolijas para no incomodar a nadie.

Jueves, 22 de Enero de 2026

Davos no es cualquier escenario. Es el living elegante del poder global, donde suelen abundar los discursos correctos, medidos, llenos de eufemismos y frases prolijas para no incomodar a nadie. Y ahí apareció Javier Milei, sin corbata conceptual, sin rodeos y con una frase que sonó como un portazo: "Maquiavelo ha muerto".

¿A qué se refirió el Presidente con eso? Básicamente, a una idea vieja como la política misma: el fin justifica los medios. Milei fue claro -y brutalmente directo- en decir que esa lógica ya no corre más. Que no todo vale para conservar el poder. Que la política no puede seguir amparándose en la trampa, la manipulación o el relato eterno para justificar decisiones que empobrecen a la gente. En Davos, frente a la elite mundial, Milei dijo que el pragmatismo cínico murió, o al menos que él no está dispuesto a practicarlo.

Ese fue uno de los ejes centrales de su discurso: la crítica frontal al estatismo, al intervencionismo y a la dirigencia que promete protección pero entrega miseria. Volvió a insistir con su ya conocida idea de que el Estado no es la solución, sino muchas veces el problema. Pero esta vez no lo dijo en campaña ni en un acto partidario: lo dijo en el foro económico más influyente del planeta.

También dejó otro mensaje fuerte: el capitalismo no es el enemigo, sino la herramienta más poderosa que sacó gente de la pobreza en la historia de la humanidad. Mientras buena parte de los líderes mundiales hablan de "corregir" el mercado, Milei lo defendió sin anestesia. Sin pedir disculpas. Sin aclaraciones edulcoradas.

El contexto no es menor. Argentina viene de décadas de frustraciones, inflación crónica, pobreza estructural y una política acostumbrada a discursos ambiguos según el auditorio. Y ahí está la diferencia con otros mandatarios argentinos y latinoamericanos que pasaron por Davos. Muchos fueron a explicar por qué no podían hacer reformas. Otros, a prometer previsibilidad mientras en casa hacían lo contrario. Discursos largos, cargados de lugares comunes, diseñados para caer simpáticos.



Milei no fue simpático. Fue disruptivo. Fue incómodo. Fue coherente con lo que dice puertas adentro. Y eso, guste o no, es una novedad para la Argentina en escenarios internacionales.
¿Se puede discutir su diagnóstico? Claro que sí. ¿Se puede debatir su modelo? Por supuesto. Pero lo que no se puede negar es que Milei fue a Davos a decir lo que piensa, no lo que conviene. En tiempos donde la política global suele hablar en modo piloto automático, eso, al menos, rompe el molde. Y en Davos, romper el molde no es poca cosa.