Argentina Historia de vida

La increíble historia de la pareja que devolvió la vida al pueblo fantasma

Virgina Costa Soto y Sebastián Cappiello perdieron su trabajo y se enfocaron en cumplir un sueño: darle vida al pequeño pueblo cerca de Chascomús que supo vibrar por la fábrica Gándara y que marcó a generaciones enteras.

Martes, 12 de Mayo de 2026

Durante años, Gándara fue conocido como un pueblo fantasma. Las calles vacías, las construcciones abandonadas y el silencio marcaron el destino de este pequeño paraje bonaerense desde que cerró la histórica fábrica láctea que le daba trabajo y vida a toda la comunidad. Pero cuando parecía que el olvido había ganado para siempre, una pareja decidió volver y apostar por el lugar donde todavía sobrevivían los recuerdos.

Virginia Costa Soto creció entre los pasillos de aquella vieja fábrica. Pasaba los días recorriendo el pueblo junto a su abuelo y sus padres, rodeada de vacas, campo y movimiento. En aquel entonces, Gándara estaba lleno de familias y trabajadores. Nadie imaginaba que, décadas después, apenas quedarían unas pocas personas viviendo allí.

La vida de Virginia tomó otro rumbo y terminó trabajando durante casi 12 años como tripulante de cabina en una línea aérea junto a su marido, Sebastián Cappiello. Pero en 2020, con la pandemia recién comenzando y un bebé de menos de un año, ambos perdieron sus trabajos. Lo que parecía una crisis total terminó convirtiéndose en el inicio de una nueva historia.

Con la indemnización decidieron apostar todo por un sueño: volver a Gándara y crear un emprendimiento turístico en medio del campo, lejos del ruido y las multitudes que imponía la pandemia. Así nació Refugio El Vergel, un complejo de cabañas pensado para quienes buscaban tranquilidad, naturaleza y desconexión absoluta.

La respuesta fue inmediata. Las reservas comenzaron a llenarse de lunes a lunes y los visitantes quedaban fascinados con la experiencia de sentirse solos en medio del campo, rodeados de liebres, zorros y silencio.

Sin embargo, había algo que se repetía entre los turistas: si querían tomar un café o comer algo, debían viajar hasta Chascomús. Ese comentario despertó otra idea en Virginia y Sebastián.

Ella empezó a insistirle a su tío, dueño del antiguo comedor de la fábrica láctea, para que le permitiera recuperar el lugar. Durante casi tres años recibió negativas. Pero no se rindió. Entre reformas, esfuerzo y mucha perseverancia, finalmente logró quedarse con el edificio abandonado.

El lugar estaba destruido. Las plantas crecían entre las ventanas, habían robado cables, roto puertas y destrozado todo lo que quedaba. Aun así, Virginia y Sebastián vieron potencial donde otros solo veían ruinas.

Un tweet viral terminó cambiando todo. Gracias a esa publicación, el proyecto llamó la atención de Juan Castoldi, referente del histórico parador Atalaya. Lo que parecía un simple contacto terminó convirtiéndose en una ayuda clave: les donaron mesas, sillas, platos, tazas y gran parte del equipamiento necesario para abrir el local.

Así nació La Pulpe, una cafetería y pulpería que rápidamente se transformó en el nuevo corazón de Gándara. El café de especialidad, las empanadas y las famosas medialunas comenzaron a atraer turistas todos los fines de semana.

Pero más allá de la gastronomía, lo que realmente emociona a Virginia son las historias que aparecen detrás de cada visitante. Muchas personas regresan al pueblo después de décadas y se quiebran al ver nuevamente con vida el lugar donde crecieron o trabajaron sus padres.

Algunos se acercan llorando y le cuentan que no habían podido volver desde el cierre de la fábrica porque el dolor era demasiado grande. Para muchos, Gándara había quedado congelado en una herida abierta.

Virginia siente que, poco a poco, el pueblo empieza a sanar. Donde antes había abandono, hoy vuelven a escucharse conversaciones, risas y movimiento. Incluso comenzaron refacciones en otros edificios históricos del paraje, como el viejo monasterio.

Y como toda historia de pueblo fantasma, también hay lugar para las leyendas. Los vecinos aseguran que en el antiguo comedor ocurrían cosas extrañas: máquinas que se encendían solas, ruidos durante la noche y hasta una supuesta mujer con escoba que espantaba a quienes intentaban ocupar el lugar.

Virginia no sabe si cree en fantasmas, pero después de todo lo vivido tiene una teoría: quizás alguien estaba cuidando ese espacio hasta que llegara el momento correcto.

Hoy, en un rincón que parecía condenado al olvido, una pareja logró devolverle vida, recuerdos y esperanza a todo un pueblo.