Fue abanderada, destacan su talento, pero nadie le da trabajo porque vive en un barrio popular
A Naiara Cabral le piden que se defina con una sola palabra y no lo duda: "desesperanzada". La dice sin dramatismo, como quien aprendió a convivir con una sensación que se volvió cotidiana. Tiene 22 años y hace cuatro que busca trabajo. Cuatro años en los que entendió que, a veces, el esfuerzo no alcanza cuando el punto de partida pesa más que cualquier mérito.
Nació en Villa Itatí, creció entre mudanzas, calles de tierra y casas que se levantaban de a poco, con lo que había. Hoy vive en San Francisco Solano, a kilómetros de los centros donde -siente- las oportunidades circulan más fácil. Aprendió pronto que hay datos que conviene callar: su dirección, la ocupación de su familia, incluso ciertas partes de su historia. No porque le avergüencen, sino porque sabe que, del otro lado, muchas veces eso define más que su capacidad.
En el secundario fue abanderada. "Vas a llegar lejos", le repetían. Durante años creyó que ese camino era lineal: estudiar, esforzarse, trabajar. Pero al terminar la escuela, la promesa empezó a resquebrajarse. No consiguió empleo estable, ni siquiera uno precario que durara. Más de una vez tuvo que pedirle dinero a su mamá para cargar la SUBE y salir, otra vez, a buscar algo que nunca terminaba de aparecer.
Su vida transcurre entre intentos. Deja currículums en comercios, revisa ofertas desde el celular -el único dispositivo que tiene- y viaja durante horas para entrevistas que a veces terminan en una frase breve, casi automática: "No das con el perfil". Naiara aprendió a traducirla. Siente que no habla de lo que sabe hacer, sino de dónde viene.
Mientras tanto, el contraste duele. En redes sociales ve a jóvenes de su edad que viven solos, viajan, consumen. Ella hace cuentas para lo básico. Sueña con cosas simples: arreglar la mochila del baño que pierde agua, cambiar un acolchado viejo, invitar a sus abuelos a comer. Objetivos mínimos que, sin embargo, siguen quedando lejos.
Intentó estudiar. Empezó el CBC con la ilusión de convertirse en terapista ocupacional, como una forma de construir otro destino. Pero el esfuerzo era desmedido: jornadas laborales, viajes interminables, noches sin dormir, hambre disfrazada de mate. Aguantó hasta que no pudo más. Un día se quebró y lloró con su mamá, sintiendo que había fallado. Con el tiempo entendió que no era solo una cuestión de voluntad.
En su familia, el trabajo siempre fue inestable. Su mamá cuidó personas, su papá atiende una ferretería, sus abuelos y tíos sobreviven con changas. Hay, sin embargo, una excepción que funciona como faro: su tía Marina, que logró recibirse y construir una vida distinta, aunque a costa de sacrificios extremos. Naiara la admira, pero también sabe que no todos los caminos son replicables.
A veces la desesperanza se le instala en el cuerpo. Otras, intenta correrse de esa idea de fracaso personal. "Sé que tengo potencial", dice. Pero también entiende que el acceso a una oportunidad depende de otros, de miradas que muchas veces están cargadas de prejuicios.
En 2025 encontró un pequeño punto de inflexión. Se anotó en un programa de formación laboral y, por primera vez en mucho tiempo, alguien le devolvió algo distinto: confianza. Descubrió que tenía facilidad para liderar, que sabía expresarse, que podía destacarse. No resolvió su situación, pero le dio una certeza: el problema no era quién era ella.
Hoy Naiara sigue buscando. Atiende un almacén los domingos, junta lo justo para moverse, para insistir. Cada día vuelve a salir con su currículum, con la misma mezcla de cansancio y expectativa.
No sabe cuándo va a cambiar su historia. Pero sabe algo más importante: que detrás de cada "no das con el perfil" hay una barrera que no debería existir. Y que, aun así, todos los días elige intentarlo de nuevo, con la esperanza -aunque a veces parezca lejana- de que alguien, en algún momento, mire más allá de su dirección.