Detrás del patinaje y una alegría contagiosa, existe una historia con un giro de vida radical que lo cambió todo.
"El que no conoce a Tito, no vive en Mar del Plata". La frase, aún no oficial, circula como una verdad tácita entre quienes caminan la costa de Mar del Plata y se cruzan con esa postal imposible de ignorar: un hombre en rollers, auriculares puestos, bailando al ritmo del rock y vistiendo apenas una sunga.
Detrás de ese personaje hay una historia. Su nombre es Ernesto Carci, tiene 70 años y nació en Barrio Norte. Durante años llevó una vida completamente distinta: trabajó vendiendo corbatas, se dedicó al rubro textil y más tarde al inmobiliario. Sin embargo, su destino parecía estar escrito mucho antes, en un recuerdo de infancia que nunca lo abandonó.
Su primer encuentro con el mar fue a los cuatro años, cuando viajó con sus padres a La Feliz. Aquel momento fue fundacional.
"Me enamoré y fue mi primer amor. Recuerdo que me dije 'esto es para mí', y desde entonces es un sentimiento que no se fue y va a seguir para siempre; es una gracia muy grande, estamos muy conectados".
Durante décadas, esa conexión se sostuvo en visitas frecuentes, mientras construía una vida en Buenos Aires: se casó, tuvo hijos y desarrolló sus actividades laborales. Pero todo cambió a los 53 años. Una separación marcó un punto de quiebre definitivo: su ex esposa se fue a vivir a Inglaterra y él entendió que era el momento de empezar de nuevo.
"Ahí mi cabeza hizo un click y dije: 'Bueno, acá puede pasar algo, ahora es la posibilidad porque se abrieron puertas'".
El 1° de enero de 2008 dejó atrás su vida en la ciudad y se instaló definitivamente en Mar del Plata junto a sus hijos. El proceso no fue sencillo: hubo desafíos económicos, emocionales y logísticos. Sin embargo, logró sostenerse y, sobre todo, reencontrarse con aquello que sentía propio.
Poco tiempo después, una escena cotidiana terminó de moldear al personaje que hoy todos conocen. Mientras entrenaba natación en el Polideportivo, algo llamó su atención: la pista de patinaje.
"Pensé en comprar unos rollers. Me propuse aprender, así que salía del agua y me iba a dar vueltas. Cuando estuve preparado empecé a hacer lo mismo, pero en la costa".
Así nació el "patinador feliz". Lo que comenzó como un desafío personal se transformó en una forma de vida y en una identidad. Con el tiempo, su presencia se volvió habitual en la rambla: una mezcla de baile, libertad y expresión que rompe con cualquier molde.
Los comienzos, sin embargo, no estuvieron exentos de prejuicios.
"Siempre aparecía alguien que no soportaba verte feliz. Se piensan que estás drogado, borracho o loco".
Recuerda incluso episodios insólitos, como una vez en la que alguien llamó a la policía al verlo entrar a un banco bailando. La situación terminó en risas cuando las agentes lo reconocieron.
"Tuve dos o tres situaciones así, pero en general, la gente me da amor".
Con el paso del tiempo, Tito dejó de ser observado con desconfianza para convertirse en un símbolo local. Turistas y marplatenses lo saludan, lo reconocen y lo incorporan como parte del paisaje.
Pero su historia no se agota en los rollers. El mar ocupa un lugar central en su vida. Nada, hace surf y pasa largas horas en contacto con la naturaleza, a la que considera esencial. Durante las entrevistas, incluso, su relato se interrumpe por una ola, un saludo o el hallazgo de un caracol.
"A los que amamos el mar y los deportes acuáticos esto nos hace mucho bien. Son cosas esenciales, esas que no controlamos. Pero no hay que temer: gracias a Dios, estamos en buenas manos".
Su mirada va más allá de lo cotidiano y se vuelve casi filosófica.
"La naturaleza es perfecta y no necesita paz; ella es armonía en sí misma. Es cambio permanente, una magia que fluye más allá de nuestro control. El universo fue hecho por amor, no por azar".
En esa conexión encuentra sentido, equilibrio y una forma de entender la vida. Para Tito, el ser humano no debe imponerse sobre el entorno, sino adaptarse a él.
"La naturaleza no necesita paz, el que la necesita es el ser humano".
Así, entre ruedas, música y mar, Ernesto Carci construyó algo más que un personaje: creó una manera de vivir. Una que desafía prejuicios, celebra la libertad y convierte lo simple en extraordinario. En Mar del Plata, para muchos, ya no es solo Tito. Es parte de la ciudad.