El pequeño, con tan solo 12 años, se transformó en una de las revelaciones de la música clásica en la Argentina; sueña con encabezar presentaciones en los escenarios más importantes del mundo
El talento suele decirse que es innato: se trae o no se trae. Pero cuando a esa capacidad natural se le suma un entorno que acompaña, estimula y potencia el don, aparecen historias que parecen destinadas a quedar en la memoria colectiva. La de Marcos Carreras, un chico de 12 años del barrio porteño de Almagro, es una de ellas. Con una madurez musical poco común para su edad, se convirtió en una de las nuevas revelaciones de la música clásica argentina gracias a una carrera precoz y sostenida como violinista.
Marcos nació rodeado de violines. Su papá, Lisandro Carreras, integra la Orquesta Nacional de Música Argentina "Juan de Dios Filiberto", y su mamá, María José, forma parte de la Orquesta del Tango de Buenos Aires. La música era parte del paisaje cotidiano del hogar. Desde muy pequeño, observaba fascinado cómo sus padres estudiaban y ensayaban obras en casa. Hasta que un día, sin solemnidad ni ceremonia, decidió cruzar la puerta del cuarto de su madre para verla tocar. Allí, casi como un juego, tomó por primera vez un violín. "Me preguntaron si quería tocar y yo dije que sí, ¿qué tan difícil puede ser?", recuerda entre risas. Sin saberlo, acababa de iniciar una historia de amor que marcaría su vida.
La conexión fue inmediata. A los cuatro años ya tocaba con soltura el instrumento, incluso antes de aprender a leer. Para formarse, comenzó con el método Suzuki, una filosofía de enseñanza que propone aprender música como se aprende la lengua materna: escuchando, imitando y repitiendo. El oído y la memoria musical se desarrollan antes que la lectura de partituras. "No hace falta saber música al principio para tocar el violín. Con acompañamiento y repetición, los chicos muy chiquitos pueden hacer obras", explica su madre. Sus primeras clases duraban apenas 30 minutos.
Con el crecimiento, llegaron nuevos desafíos. La lectura musical se incorporó de manera gradual y el estudio se volvió más exigente. Marcos siempre lo transitó sin perder el equilibrio. Se define como "un ser social", disfruta del tiempo con amigos, juega al fútbol y es hincha de Ferrocarril Oeste. La constancia y la dedicación, asegura, fueron el verdadero motor. "Siempre supe que si me esforzaba podía hacer cosas grandes", dice.
Amante de la música en todas sus formas, sus gustos van más allá del repertorio clásico. El tango y el jazz ocupan un lugar especial, y Astor Piazzolla es una referencia constante. No se siente atraído por la música urbana actual: "Siento que se habla más de lo que se canta. Tiene mucho ritmo, pero poca melodía". Su banda preferida es Queen, su violinista admirada es Hilary Hahn, y entre sus referentes más cercanos destaca a su maestro, Rafael Gíntoli, a quien considera una figura clave en su formación.
En los últimos años, su carrera comenzó a tomar una dimensión impensada para alguien de su edad. Tocó como solista en escenarios emblemáticos como la Usina del Arte, el Teatro 25 de Mayo, el Centro Cultural San Martín, el Palacio Libertad y el Salón Dorado del Teatro Colón. Participó de festivales, conciertos homenaje y eventos culturales de primer nivel. Compartió escenario con orquestas sinfónicas y de tango, y fue becario de un programa de la Corporación América dedicado a la cantera de talentos.
Tocar en el Teatro Colón, uno de los teatros más importantes del mundo, lejos de intimidarlo lo llenó de entusiasmo. "Mientras más gente hay, mejor. Cuando toco el violín me siento libre, me expreso sin hablar. Es increíble poder transmitir algo a los que escuchan", asegura. Esa libertad es, quizás, el rasgo más distintivo de su vínculo con la música.
El futuro se proyecta paso a paso, con decisiones compartidas en familia. Cursos, encuentros musicales y nuevas presentaciones se suman a su agenda formativa. Marcos sueña en grande: tocar en Europa, en Estados Unidos, recorrer escenarios internacionales. Por ahora, sigue creciendo con el violín como extensión natural de su cuerpo, convencido de que el talento puede ser un regalo, pero que el verdadero milagro ocurre cuando se lo acompaña, se lo cuida y se lo deja florecer.