Mendoza Editorial

La rueda que se pinchó sola

La columna de Antonio Ginart en Mnews Radio, El Observador Mendoza

Jueves, 19 de Febrero de 2026

Cuando uno habla del cierre de Fate no está hablando solamente de una fábrica de neumáticos. Está hablando de 920 familias que de un día para el otro quedan en la calle. Pero también está hablando de un modelo empresario que durante años jugó fuerte con el Estado, con la protección arancelaria y con la política.

El dueño de Fate es Javier Madanes Quintanilla. No es un improvisado. Es uno de los industriales más poderosos del país. Además de Fate, controla el grupo Aluar, la principal productora de aluminio de la Argentina, y tiene participación en energía, forestación y otras actividades estratégicas. Estamos hablando de alguien que construyó una fortuna enorme al calor de un esquema económico muy particular.

Durante años, los argentinos pagamos los neumáticos casi el doble que en países vecinos. ¿Por qué? Por el combo perfecto de aranceles altos a la importación, restricciones externas y un mercado prácticamente cerrado. Un sistema que defendía con uñas y dientes el proteccionismo. Y Madanes Quintanilla siempre fue un férreo crítico de la apertura comercial.

Su relación con gobiernos peronistas y kirchneristas fue muy cercano. Incluso aportó para las campañas de Alberto Fernández y Sergio Massa. Esto lo llevó moverse con comodidad en los años del kirchnerismo, cuando la sustitución de importaciones y las barreras comerciales eran política de Estado. Fate fue beneficiada por licencias no automáticas, cupos y distintos mecanismos que limitaban la competencia externa. También recibió asistencia estatal en distintos momentos críticos del sector industrial, incluyendo programas de ATP y subsidios energéticos, algo habitual para grandes industrias electrointensivas como las que integran su grupo empresario.

LLega el gobierno de Javier Milei, que plantea apertura comercial, baja de aranceles y plantea una reforma laboral. Y en ese contexto, Fate anuncia el cierre de su planta dejando 920 trabajadores sin empleo, justo cuando el Congreso se prepara para discutir cambios en el régimen laboral. Qué coincidencia.!

¿Es una decisión puramente económica? Puede ser. ¿Es también un mensaje político? Es difícil no verlo así. Porque cuando durante décadas defendiste un mercado cerrado que te permitió ganar mucho dinero, y de repente cambia el esquema, la reacción no es neutra.

El debate de fondo es incómodo pero necesario: ¿hasta qué punto el proteccionismo sostuvo industria genuina y hasta qué punto consolidó posiciones dominantes a costa del bolsillo de todos? ¿Cuánto costó sostener ese modelo en términos de subsidios, tarifas diferenciales y barreras comerciales?

Lo que está claro es que hoy los que pagan son los trabajadores. Y eso duele. Pero también es cierto que el país necesita discutir en serio qué tipo de capitalismo quiere: uno competitivo, que exporte y compita en precio y calidad, o uno que dependa eternamente del Estado como escudo.

La historia de Fate no es solo la historia de una fábrica que baja la persiana. Es la historia de un modelo que está en discusión. Y ahí es donde se juega mucho más que una empresa. Se juega el rumbo económico de la Argentina.