Los ingresos no mejoraron, el Estado de bienestar, tampoco, y la burocracia no disminuyó; pero la misma ultraderecha que impulsó la salida está más fuerte que nunca
Pocos intuían lo que estaba por venir: que en año y medio las islas dirían no en las urnas al proyecto común para hacer camino en solitario cuando, más que nunca, los peces grandes tienen las de ganar frente a los pequeños. Y que hoy, más de una década larga después de aquella gesticulación en la capital comunitaria, el desempeño de la antaño todopoderosa Gran Bretaña decepcionaría incluso a quienes votarían leave. Las promesas se han difuminado: el país está, casi en todos los frentes, peor de lo que proyectaron quienes hicieron campaña por salir de la Unión Europea.
Las cuentas parecían claras para quienes querían creer: sin el corsé de las regulaciones comunitarias, decían, el crecimiento despuntaría y la libra esterlina se fortalecería. Ha ocurrido exactamente lo contrario. El PBI está hoy entre seis y ocho puntos por debajo de donde estaría de haber continuado en el bloque, según un completo análisis publicado a finales del año pasado por el National Bureau for Economic Research estadounidense y la Universidad de Stanford.
Los salarios de los trabajadores privados mejoraron, pero los públicos volvieron a perder frente a la inflación y se afianza la pérdida del poder adquisitivo por encima del 17%.
Desde el Brexit, la economía británica ha promediado un crecimiento anual del 1,4%, cuatro décimas menos que en los 15 años inmediatamente anteriores. La Oficina para la Responsabilidad Presupuestaria (OBR, el equivalente a la Airef española) calcula que la productividad es hoy un 4% menor de lo que sería de haber votado por quedarse.
Más datos, también de la prestigiosa (e independiente) OBR. El comercio exterior es hoy un 15% más bajo. Y los entonces anhelados acuerdos comerciales con terceros países al margen de las supuestas imposiciones de Bruselas no han tenido "ningún impacto material y que, de tener alguno, será gradual", según se lee en su análisis, publicado el verano pasado. Frente al brutal crecimiento del turismo en otros países del entorno europeo, como España, Francia o Italia, en las islas ha sido mucho más atenuado. Y, pese a que la City (la potente industria financiera londinense) no ha sufrido el hundimiento que también se previó, lejos de ganar, la libra ha perdido cancha frente al euro.
Uno de los grandes golpes del Brexit ha sido el de las restricciones a la hora de moverse entre el Reino Unido y la UE. Quienes quieran viajar de un territorio hacia otro solo pueden hacerlo libremente durante un máximo de 90 días, aunque desde el 2 de abril de 2025 los ciudadanos comunitarios han de solicitar previamente una Autorización Electrónica de Viaje para poder cruzar la frontera.
En sus primeros días, este permiso, de dos años de validez, costaba 10 libras (unos 12 euros). Una semana después subió hasta 16 libras. Y desde el pasado 8 de abril ya son 20 libras. Si se superan los 90 días, debe solicitarse un visado adaptado al motivo de la estancia (estudios, trabajo, residencia no lucrativa.). Su tasa, recíproca, va de 298 a 1884 libras (entre 340 y 2.180 euros).
Las restricciones pos-Brexit también han debilitado el pasaporte británico: en 2016 se posicionaba en tercer lugar mundial en cuanto a opciones de viaje para sus ciudadanos; hoy es sexto, y bajando. Pese a ello, los destinos libre de visado para los titulares de un pasaporte británico han aumentado: de 175 hace una década a 185 hoy. También lo han hecho, sin embargo, los de sus antiguos socios.
Las restricciones de viaje entre el Reino Unido y el bloque comunitario han provocado una suerte de desencanto hacia el país británico entre los estudiantes europeos, tanto por los elevados costos como por la complejidad de los trámites burocráticos.
Las cifras del Observatorio Migratorio de la Universidad de Oxford muestran que el número de alumnos comunitarios matriculados en un centro de estudios superiores en el Reino Unido ha pasado de 138.040 en el curso 2016-2017 a 75.490 para el de 2023-2024, hasta donde llega la estadística. El pico se registró en el curso 2020-2021, meses antes de que entrara en vigor la salida del Reino Unido de la Unión.
La última Encuesta de Actitudes Sociales Británicas (BSA, por sus siglas en inglés), de marzo de 2025, revela que solo uno de cada cuatro británicos se muestra "muy" o "bastante satisfecho" con el funcionamiento del NHS, el sistema de salud público del Reino Unido, otrora bandera de su estado de bienestar. Uno de cada dos afirmó estar "muy" o "bastante insatisfecho". En 2016, estas cifras eran del 63% y 22%, respectivamente.
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El incremento respecto del primer trimestre de 2025 fue impulsado por las exportaciones y el consumo. Versus el último trimestre de 2026, solo creció el consumo.
Muchos de quienes defendían la salida de la UE lo hacían guiados por una suerte de pulsión identitaria, nativista, nacionalista. Querían más Reino Unido, menos Europa y, cómo no, también menos inmigración. Pero no ha sido así: aunque muchos comunitarios han puesto pies en polvorosa (solo entre 2021 y 2025, en términos netos, 162.000 ciudadanos comunitarios hicieron las maletas), las llegadas procedentes de países extracomunitarios se han disparado, siempre según los datos oficiales.
Lejos de penalizar a quienes más empujaron para que el Reino Unido saliese de la UE, estos sectores han salido incluso beneficiados. Las últimas encuestas sitúan a Reform UK -el partido ultraderechista construido a la imagen y semejanza de su líder, el siempre polémico e histriónico Nigel Farage, la cara más reconocible del movimiento pro-Brexit- como favorito. Pendiente de la esperanza que pueda suscitar el futurible próximo primer ministro británico, Andy Burnham, en las hoy alicaídas filas laboristas, el mismo populismo que envolvió la salida de la Unión de promesas imposibles nunca ha estado tan cerca del 10 de Downing Street.
Mientras una mayoría sigue lidiando con la amargura del Brexit, unos pocos sí se han beneficiado de la salida del Reino Unido de la UE. Al margen de Farage y los suyos, un artículo reciente del Financial Times daba cuenta de cómo Irlanda del Norte goza ahora de un estatuto económico único que le permite acceder tanto al mercado de bienes de la UE como al del Reino Unido, sin restricciones. Nadie más lo tiene.
Asimismo, el sector aduanero ha visto un crecimiento notable de su plantilla, con la contratación de unos 10.000 nuevos agentes aduaneros para hacer frente al nuevo papeleo, según el Instituto Colegiado de Exportación y Comercio Internacional.
Un puñado de empresas de nuevo cuño en los sectores alimentario y tecnológico (con la inteligencia artificial al frente) también han sacado provecho del cambio en las normativas regulatorias, al no tener que cumplir ya con las regulaciones europeas, menos flexibles que las nacionales.
Fuente: La Nación