Moacir Barbosa fue señalado como el gran responsable de la derrota de Brasil en la final del Mundial de 1950.
Hay derrotas que duelen. Y hay derrotas que condenan.
Moacir Barbosa no fue un criminal, no cometió ningún delito ni protagonizó un escándalo. Fue uno de los mejores arqueros de la historia de Brasil, campeón con Vasco da Gama, figura de su selección y considerado por muchos periodistas como el mejor guardameta del Mundial de 1950.
Sin embargo, durante más de cuatro décadas cargó con una culpa que nunca le correspondió.
Todo ocurrió el 16 de julio de 1950. Brasil organizaba el Mundial y llegaba al partido decisivo frente a Uruguay convencido de que la consagración era inevitable. El Maracaná estaba repleto. Cerca de 200 mil personas esperaban celebrar el primer título mundial de su historia. Los diarios ya habían impreso portadas con los "campeones". El país entero se sentía ganador antes de jugar.
Pero el fútbol tenía otros planes.
Uruguay remontó el encuentro y ganó 2 a 1 en lo que luego sería conocido como el Maracanazo, una de las mayores sorpresas de la historia del deporte. El segundo gol uruguayo, convertido por Alcides Ghiggia, ingresó por el primer palo de Barbosa.
Ese instante cambió para siempre la vida del arquero.
Mientras los uruguayos ingresaban a la inmortalidad, Barbosa comenzaba un castigo silencioso que duraría hasta el final de sus días. Brasil necesitaba un responsable para explicar una derrota que había adquirido dimensiones nacionales. Y lo encontró en él.
Nunca volvió a atajar para la selección brasileña.
Con el paso de los años, la derrota dejó de ser un resultado deportivo para convertirse en una marca personal. En la calle lo señalaban. Muchos lo responsabilizaban por la tristeza de una generación entera. Una mujer llegó a mostrarlo a su hijo en un mercado y le dijo: "Ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil".
Barbosa soportó el desprecio popular con una dignidad admirable. Nunca respondió con odio ni buscó excusas. Pero el dolor jamás desapareció.
En una entrevista realizada 44 años después del partido, pronunció una frase que quedó grabada para siempre en la historia del fútbol:
"En Brasil la pena máxima por un delito es de 30 años. Hace 44 años que pago por un crimen que no cometí".
Aquellas palabras resumían una vida entera.
Ni los cinco títulos mundiales que Brasil conquistó después pudieron borrar el recuerdo del Maracanazo. Tampoco pudieron devolverle a Barbosa la tranquilidad que le habían arrebatado aquella tarde.
Ya retirado y con problemas económicos, trabajó como cuidador del propio Maracaná. Cuando remodelaron el estadio y retiraron uno de los arcos, pidió quedarse con los postes del arco donde había recibido el gol de Ghiggia. Tiempo después los utilizó como leña para hacer un asado junto a familiares y amigos, como si intentara exorcizar el fantasma que lo había perseguido durante toda su existencia.
Pero hay heridas que nunca terminan de cerrar.
Moacir Barbosa murió en el año 2000. Para muchos fue un gran arquero. Para otros, el símbolo de una derrota histórica. Para él mismo, simplemente un hombre que pasó medio siglo pagando por algo que jamás hizo.
Porque aquel 16 de julio de 1950 no perdió solo un partido.
Perdió la posibilidad de ser recordado por todo lo que había logrado.