Mundo Historia de vida

Promesas de trabajo, una trampa mortal

Movida por la ilusión de un futuro mejor y siguiendo el espejismo de falsas promesas, decidió aceptar la invitación de una amiga para viajar al extranjero.

Miercoles, 28 de Enero de 2026

La trata de personas avanza en silencio, escondida detrás de promesas de trabajo, viajes soñados y oportunidades que parecen únicas. Más de seis millones de personas en el mundo son víctimas de este delito, aunque las cifras reales probablemente sean mucho mayores. Detrás de esos números hay historias concretas, vidas atravesadas por el engaño y el miedo. Una de ellas es la de Alison Vivas.

En 2017, Alison tenía 22 años, estudiaba Mercadeo y trabajaba como vendedora de planes vacacionales en Colombia. Soñaba con progresar, ayudar a su familia y terminar la universidad. Cuando una amiga que vivía en Cancún le habló de un supuesto empleo en un restaurante "de lujo", donde el dinero sobraba y el esfuerzo parecía mínimo, creyó haber encontrado la oportunidad de su vida. La idea era simple: viajar, trabajar unos meses, ahorrar y volver.

Desde la distancia, todo parecía real. En redes sociales veía ropa nueva, fiestas, viajes, una vida que contrastaba con la suya. Nunca sospechó que esa amiga tenía una segunda intención. Los supuestos empleadores se ofrecieron a pagarle el pasaje, el pasaporte, la comida y el alojamiento. Le aclararon que el dinero sería un préstamo, algo que devolvería sin problemas una vez instalada. Alison aceptó.

Antes de viajar, le pidieron un video con datos personales y una foto en traje de baño, bajo el pretexto de evaluar su "perfil". También recibió instrucciones precisas sobre qué decir en migraciones y quién la esperaría al llegar. Todo fue organizado a espaldas de su madre, que siempre le advertía sobre los riesgos de viajar al exterior por trabajo.

Cuando aterrizó en Cancún, pasó el día con su amiga Milena. Fue la última vez que la vio. Al día siguiente, un hombre le presentó un contrato que la endeudaba por 170.000 pesos mexicanos y le retuvo el pasaporte. Desde ese momento, el presentimiento de que algo estaba mal comenzó a crecer. Dos días después, recibió el uniforme: un vestido brillante, ajustado, que dejaba poco a la imaginación.

La llevaron al restaurante y allí entendió la verdad. Otras 22 chicas vestidas igual que ella se sentaban con clientes y luego se iban con ellos. El "trabajo" consistía en lograr que el cliente pagara por tiempo, salir con un chofer, cumplir el servicio y volver. La deuda se descontaba, pero nunca alcanzaba. Multas por enfermarse, por menstruar, por cualquier excusa. La cuenta crecía sin parar.

El miedo era parte del sistema. Les decían que la policía estaba comprada, que nadie las ayudaría, que escapar era imposible. Para soportar el desgaste físico y emocional, les ofrecían alcohol o drogas, lo único que no se sumaba a la deuda. Muchas terminaron con problemas de consumo.

Después de un mes y medio, Alison fue trasladada a un bar llamado Bandidas, a las afueras de Cancún. Allí trabajaban hasta 14 horas diarias, bailaban en público y atendían a los clientes en habitaciones del mismo lugar. La desesperanza se volvió constante. Aunque en una noche lograra descontar algo de la deuda, nunca era suficiente. Vivía con miedo, asco y una sensación permanente de encierro.

Hasta que una noche, mientras bailaba, se apagaron las luces. Entraron hombres armados con capuchas. El pánico fue inmediato. Les ordenaron vestirse y alinearse. Minutos después, se identificaron como autoridades mexicanas: era un operativo de rescate. Recién al ver esposados a los responsables del lugar, Alison entendió que estaba a salvo.

El después no fue sencillo. Pasó días detenida en una estación migratoria y fue deportada en condiciones humillantes. Al llegar a Bogotá, cámaras y micrófonos la esperaban. Eligió cubrir su rostro para proteger a su familia. El regreso a casa estuvo marcado por el silencio, la culpa y un dolor difícil de nombrar.

Ocho años después, Alison sigue cargando con ese pasado, pero también con la decisión de no callar. Rehízo su vida, es madre y lleva adelante su emprendimiento textil, Menta y Pomelo. Contar su historia se convirtió en una forma de sanar y, sobre todo, de alertar a otras jóvenes. Porque la trata no siempre se presenta como violencia explícita: muchas veces llega disfrazada de oportunidad.