A David Sylvester lo conocen como "El hombre que abrazó al mundo", tras viajar a 42 países en las últimas dos décadas.
"¿Hasta dónde puede llevarte un abrazo? A mí me llevó muy lejos". Con esa frase David Sylvester, conocido como el hombre que abrazó al mundo, resume una vida atravesada por el dolor, la empatía y la transformación. Durante los últimos 25 años recorrió los 50 estados de Estados Unidos, viajó a 42 países y dio un millón de abrazos, una cifra literal que nació de una herida profunda y terminó convirtiéndose en un acto universal de conexión humana.
Todo comenzó la mañana del 11 de septiembre de 2001. Desde su casa en Filadelfia, David vio por televisión cómo un avión se estrellaba contra la Torre Norte del World Trade Center a las 8:46 y, minutos después, otro impactaba contra la Torre Sur. Las imágenes de fuego, humo y derrumbe marcaron un antes y un después. Su hermano Kevin trabajaba en el piso 99 y murió ese día, a los 36 años, junto a otras 2.976 personas de 90 países. En medio del caos y el duelo colectivo, David fue testigo de algo que cambiaría su vida: la necesidad urgente de contacto, de consuelo, de cercanía.
Su departamento se convirtió en refugio improvisado. Amigos que no podían volver a sus casas se reunieron allí, muchos sin conocerse entre sí. Compartieron horas de incertidumbre, silencio y esperanza. Se abrazaron. Aún sin saber que Kevin estaba entre las víctimas fatales, esos cuerpos juntos crearon un espacio de contención. "Fue la primera vez que entendí la importancia real de un abrazo", diría después: ese instante en el que alguien es visto, sostenido, protegido y conectado con el presente.
Tras la caída de las torres, David dejó de reconocerse. Medía 1,90, pesaba 120 kilos y había sido preparador físico de equipos deportivos y jóvenes promesas, pero abandonó el entrenamiento por primera vez en su vida. Se sintió a la deriva. Nueve meses después, volvió a subirse a una bicicleta y tomó una decisión: dejar de preguntarse por qué y encontrar una forma de honrar la vida de su hermano.
Así nació una travesía de 6.700 kilómetros, desde Oregón hasta Filadelfia, la casa de la infancia de Kevin. Pedaleaba con una remera que decía #HugsMatter (#LosAbrazosImportan), lema que pronto se volvería identidad. Comenzó en Dubois, Wyoming, un pueblo de apenas 900 habitantes, donde cualquier extraño llamaba la atención. Allí, una mujer se acercó para preguntarle qué lo motivaba. David le habló de Kevin, le mostró fotos de su infancia juntos y escuchó una frase que lo acompañaría para siempre: habían sido afortunados de tenerse el uno al otro.
La mujer, desempleada, quiso darle el poco dinero que tenía. David se negó. Entonces ella le preguntó si podía darle un abrazo. Aceptó. "Esto es para Kevin", le susurró al oído. A miles de kilómetros de las Torres Gemelas, ese gesto fue sanador, poderoso, definitivo.
David había crecido en una familia donde los valores eran centrales. Su madre, Theresa, asistente administrativa y profesora de medio tiempo, y su padre, Samuel, profesor de trabajo social, inculcaron la importancia del compromiso cívico y la educación. En cada cena familiar, él y su hermana Tracy debían comentar artículos del diario. No fue un alumno brillante, pero amaba la escuela por una razón simple: le gustaba hablar con la gente. La primera palabra que aprendió a escribir fue "potencial", la misma que sus maestros repetían en sus calificaciones.
Con el tiempo, ese potencial tomó forma de abrazo. Uno tras otro, hasta llegar al millón. David Sylvester convirtió el dolor en puente, la pérdida en propósito y el gesto más simple en un lenguaje universal. Porque a veces, un abrazo no solo consuela: puede cambiar una vida y recorrer el mundo.