Mundo Historia de vida

La historia del niño prodigio que le regaló eternidad a la música

Wolfgang Amadeus Mozart nació en 1756, en Salzburgo, dentro de una casa donde la música no era un lujo.

Martes, 27 de Enero de 2026

Wolfgang Amadeus Mozart nació en 1756, en Salzburgo, dentro de una casa donde la música no era un lujo sino una respiración diaria. Antes de aprender a escribir, ya sabía tocar el clavecín; antes de jugar como otros niños, recorría Europa mostrando un talento que deslumbraba a reyes y nobles. Era un prodigio, sí, pero también un niño frágil, expuesto a viajes interminables, enfermedades y a una exigencia constante: ser extraordinario todo el tiempo.

Creció entre aplausos y expectativas ajenas. Mientras el mundo celebraba su genialidad, Mozart luchaba por algo más simple y más difícil: libertad. Quería componer lo que sentía, no solo lo que le pedían. Rompió con patrones, desafió a mecenas, escribió música alegre atravesada por una melancolía profunda. En cada ópera, en cada sinfonía, convivían la risa y el dolor, como si su corazón supiera que el tiempo no iba a ser generoso con él.

La fama no le trajo seguridad. Vivió endeudado, incomprendido, a menudo subestimado por una sociedad que disfrutaba su música pero no sabía cuidar al hombre que la creaba. Compuso hasta el final, incluso cuando el cuerpo ya no respondía. Su Réquiem, inacabado, parece escrito con la conciencia de una despedida cercana, como si Mozart hubiera escuchado antes que nadie el silencio que venía.

Murió joven, a los 35 años, sin honores, sin multitud, sin saber que su música sería eterna. Pero quizá ahí reside lo más conmovedor de su historia: Mozart no vivió para la posteridad, vivió para la música. Y la música, agradecida, decidió no olvidarlo jamás