El gobierno la llamó "heroína nacional", pero no le permitieron seguir trabajando como auxiliar de vuelo por miedo a que espantara a los pasajeros
La vida de Vesna Vulovic parece escrita por alguien que decidió desafiar las leyes de la lógica. Su nombre quedó asociado para siempre a un hecho tan extraordinario que todavía hoy cuesta creerlo: sobrevivió a la explosión de un avión en pleno vuelo y a una caída desde más de diez mil metros de altura. El récord figura en el Libro Guinness, pero la hazaña tiene una particularidad inquietante: Vesna jamás pudo contarla, porque nunca recordó qué ocurrió exactamente aquel día.
Cuando despertó, después de 27 días en coma, su mente estaba en otro lugar y en otro tiempo. Creía que seguía viajando rumbo a Trípoli, una ruta que había cubierto dos semanas antes, y no tenía conciencia alguna del desastre aéreo que la había convertido en un caso único en el mundo. No recordaba la explosión, ni la caída, ni cómo había llegado al suelo. Todo lo que supo sobre su propia supervivencia se lo contó un desconocido: el hombre que la encontró entre los restos del avión y le salvó la vida.
Ese hombre era Bruno Honke, un médico retirado que había trabajado en hospitales de campaña durante la Segunda Guerra Mundial. Él la halló atrapada dentro del fuselaje, inconsciente, con el cuerpo parcialmente dentro del avión y la cabeza fuera, protegida de manera casi milagrosa entre un carrito de comida y la estructura metálica. La atendió como pudo hasta que llegaron los rescatistas. Contra todo pronóstico, Vesna seguía viva.
Tenía 22 años cuando ocurrió la tragedia. Había nacido en Belgrado el 3 de enero de 1950 y llevaba apenas un año trabajando como azafata en la aerolínea yugoslava JAT. En realidad, ni siquiera debía estar en ese vuelo. Subió al DC-9 por un error administrativo: la confundieron con otra auxiliar que tenía el mismo nombre. El diario Borba la definiría más tarde como "la azafata que no debía morir".
Antes de volar, Vesna solo quería viajar. Tras terminar su primer año universitario, sus padres le permitieron ir a Gran Bretaña para perfeccionar su inglés, pero el plan se extendió mucho más de lo esperado. Vivió en Inglaterra, pasó por Suecia y volvió a Belgrado con una decisión tomada: quería ser azafata. Le atraía la idea de ponerse el uniforme y, sobre todo, de poder viajar a Londres una vez al mes. Fue aceptada rápidamente en JAT gracias a su manejo del idioma y, tras meses de entrenamiento, comenzó a volar.
El 26 de enero de 1972 formaba parte de la tripulación de reemplazo del Vuelo 367, que cubría la ruta Estocolmo-Belgrado con escalas en Copenhague y Zagreb. Antes del despegue final, algo le llamó la atención: un pasajero visiblemente alterado que descendió del avión en Dinamarca y no volvió a subir. Años después, Vesna diría que siempre creyó que ese hombre había colocado una bomba en el equipaje.
Cuarenta y cinco minutos después de despegar de Copenhague, el avión se desintegró en el aire sobre la actual República Checa. Los restos cayeron sobre una zona boscosa, cubierta de nieve. La mayoría de los pasajeros y tripulantes murieron al instante. Vesna no.
Las lesiones eran gravísimas: fracturas en la columna, la pelvis, las piernas y varias costillas. Pasó casi un mes en coma en un hospital de Praga y luego fue trasladada a Belgrado, donde la sometieron a múltiples cirugías. Los médicos dudaban de que volviera a caminar, pero contra todos los pronósticos lo hizo. Diez meses después del accidente dio sus primeros pasos. Le quedaron secuelas permanentes: una leve deformación en la columna y una cojera que nunca pudo corregirse.
El país la convirtió en símbolo. Fue recibida como una heroína nacional y hasta el propio Tito la distinguió públicamente. Sin embargo, la aerolínea decidió no permitirle volver a volar como azafata: temían que su presencia espantara a los pasajeros. La relegaron a un trabajo administrativo, como si su milagro fuera también una amenaza para el negocio.
Durante años, el mundo intentó explicar cómo había sobrevivido. Se habló de su ubicación en el fuselaje, del impacto amortiguado por la nieve, de su baja presión arterial, del rápido auxilio del médico retirado. Un conjunto de casualidades imposibles de repetir. Oficialmente, se atribuyó la explosión a un atentado de un grupo ultranacionalista croata, aunque décadas más tarde surgieron teorías que pusieron en duda la versión oficial, incluida la altura real a la que volaba el avión. Vesna nunca pudo confirmar ni desmentir nada: su memoria seguía en blanco.
Con el tiempo, también fue una figura incómoda para el poder. En 1990 perdió su empleo en JAT tras criticar públicamente al presidente Slobodan Milosevic y participar en protestas. Nadie se atrevió a encarcelarla: detener a una heroína nacional habría tenido un costo político demasiado alto.
Sus últimos años fueron solitarios y austeros. Vivía en un pequeño departamento de Belgrado, con una pensión modesta. Murió el 23 de diciembre de 2016, a los 66 años. Quienes la conocieron contaron que a veces la invadía la culpa del sobreviviente y se preguntaba si realmente había tenido suerte. Otras veces, en cambio, sacaba fuerzas de su propia historia para decir que, si alguien podía sobrevivir a lo que ella había sobrevivido, entonces podía sobrevivir a cualquier cosa.
La vida de Vesna Vulovic no fue solo un milagro físico. Fue también el peso de seguir adelante cuando el mundo entero te recuerda todos los días que no deberías haber seguido viviendo. Si querés, puedo acortarlo para web, adaptarlo a radio, o darle un cierre más emocional o más periodístico.