El indicador sumó más de 500 unidades desde julio y superó los 900 puntos, impulsado en un 60% por factores locales. Analistas señalan que el ancla fiscal ya fue descontada y advierten por el nivel de reservas y la incertidumbre política.
El riesgo país de la Argentina experimentó una marcada aceleración al trepar desde los mínimos de 400 puntos registrados en julio hasta superar la barrera de las 900 unidades, acumulando un deterioro de más de 500 puntos en apenas cuatro meses. Si bien el resto de las economías de América Latina también acusó variaciones negativas en sus indicadores de deuda soberana, la magnitud del salto argentino fue significativamente superior a la del promedio regional: en Brasil el indicador se mantuvo cerca de los 200 puntos pese al impacto político de las elecciones, mientras que en Paraguay cerró en torno a las 146 unidades en medio de su crisis financiera interna.
De acuerdo con un análisis de la Fundación Mediterránea, aproximadamente el 60% de la suba del riesgo país responde de manera directa a factores estrictamente locales. El relevamiento precisó que si los títulos soberanos argentinos hubiesen acompañado la trayectoria de un emisor comparable como Ecuador desde julio, el índice se ubicaría actualmente en la zona de las 570 unidades, evidenciando una brecha de desconfianza que excede el marco del orden fiscal que exhibe la administración nacional.
Especialistas del mercado bursátil coincidieron en que los bonos Globales argentinos poseen un “beta” sustancialmente más elevado que el resto de los activos emergentes, lo que amplifica sus caídas en momentos de incertidumbre. Natalia Martin, analista de Research de PPI, explicó que el gran interrogante de los inversores radica en la elección legislativa y presidencial y la continuidad del programa económico, remarcando que para consolidar la confianza será indispensable que la estabilización macroeconómica se traduzca en avances tangibles sobre el nivel de actividad, el empleo y los ingresos reales.
Por su parte, Alan Versalli, estratega de Cocos, identificó tres elementos condicionantes: la persistente debilidad de las reservas netas frente a los compromisos de deuda en dólares de los próximos años sin acceso fluido a los mercados internacionales, el impacto de los comicios en los Estados Unidos sobre el esquema de respaldo externo, y la anticipación con la que el mercado comenzó a descontar el riesgo electoral de 2027 en las cotizaciones.
A ese diagnóstico se sumó la perspectiva del asesor financiero José Ignacio Bano, quien puntualizó que la deuda local exhibe una reducida presencia de fondos institucionales extranjeros de largo plazo y una marcada concentración en carteras de inversores argentinos y minoristas, una estructura que vuelve a los precios mucho más vulnerables a los vaivenes del ánimo inversor y a la memoria del historial crediticio del país.
Los analistas remarcaron que el superávit fiscal primario y financiero alcanzado por el Ejecutivo ya se encuentra plenamente asimilado por el mercado, por lo que la disciplina presupuestaria dejó de funcionar como un catalizador exclusivo de bajas en el diferencial de tasas. Aunque la macroeconomía exhibe indicadores positivos respecto de otros emergentes, las miradas se concentran ahora en la sostenibilidad de los pagos externos.
En este sentido, los especialistas concluyeron que la prioridad para estabilizar la curva de bonos reside en sostener la compra y acumulación de reservas internacionales por parte del Banco Central como prueba concluyente de solvencia financiera, complementada con una reactivación de la economía doméstica que permita morigerar la incertidumbre política hacia los próximos turnos electorales.