La liga busca recuperar competitividad tras años de críticas por la falta de defensa. Pero la pregunta de fondo ya no es cómo se juega, sino: ¿el evento todavía tiene algo real en juego?
Existe un falso mito entre quienes nunca vieron un partido completo de temporada regular de la NBA -y mucho menos uno de playoffs- de que en la liga no se defiende. Que todo es show, volcadas y triples sin oposición. Que nadie marca. Que el espectáculo es lo único que importa.
Y, sin embargo, cualquiera que haya estado en una cancha cuando el partido está cerrado sabe lo que pasa en el último cuarto: las tribunas no gritan "¡más triples!", gritan "Defense, defense!". La defensa también vende. La defensa también emociona. La defensa también levanta a un estadio entero.
Que el prejuicio sobreviva en el mundo outsider de una de las mejores ligas del planeta no sería tan grave. El problema es que, por algún motivo, esa idea terminó filtrándose en quienes tomaban decisiones dentro de la propia NBA. Especialmente en quienes diseñaban el All-Star Game.
Porque si hay un partido que en los últimos años pareció confirmar el prejuicio, fue precisamente ese.
Marcadores desbordados, defensas simbólicas, estrellas trotando durante tres cuartos y una intensidad que apenas asoma en los últimos minutos. El evento que supo ser una vidriera competitiva entre los mejores del mundo se convirtió, para muchos, en una coreografía de highlights pensados más para redes sociales que para la historia deportiva.
Y la liga tomó nota.

El argentino completó 144 vueltas con el Alpine A526 en Sakhir, mostró buen ritmo con distintos compuestos y terminó a poco más de dos segundos del mejor tiempo de la sesión.