Gastón, el magistrado, no apareció. El flaco había vuelto esa misma semana de sus vacaciones y, fiel a un acuerdo con su amigo, hicieron la posta en el departamento de Cochoa.
El reloj de pared -ese que nadie sabía si adelantaba o atrasaba- marcaba siempre la misma hora cuando ellos llegaban. La mesa del fondo, la de madera gastada y una pata calzada con un cartón doblado, los esperaba como un rito. Los jueves a las siete de la tarde la vieja cafetería parecía detener el tiempo.
Pero ese jueves, nuevamente, no estaban todos.
Gastón, el magistrado, no apareció. El flaco había vuelto esa misma semana de sus vacaciones y, fiel a un acuerdo con su amigo, hicieron la posta en el departamento de Cochoa. El flaco llegó solo, con un bronceado desparejo y la mirada todavía un poco perdida, como si parte de su cabeza siguiera en la ruta internacional.
Aldo levantó apenas las cejas cuando lo vio entrar sin compañía.
-¿Y el resto? -preguntó, mientras limpiaba una taza que ya estaba limpia.
-Rotación de cargos -contestó el flaco-. Democracia interna.
Se sentó igual, en la silla de siempre. Hernán le sirvió un café chico, bien cargado, y lo miró con complicidad: sabía que cuando faltaba alguno, la charla cambiaba de tono.
El grandote llegó a los pocos minutos. Outfit informal, celular en silencio, sonrisa medida. Se saludaron con un gesto breve, de esos que dicen más de lo que muestran. Hablaron de nimiedades: el calor, la humedad, el regreso al trabajo. Política, todavía no. Como si estuvieran estirando la previa.
Fue entonces cuando ocurrió.
La puerta se abrió de golpe y entró como una ráfaga. Sin aviso, sin mensaje previo, sin respetar el ceremonial tácito del grupo. Se sacó los anteojos de sol recién adentro, escaneó el lugar y fue directo a la mesa.
-Pensé que hoy no venía nadie -dijo el innombrable, sentándose.
El silencio duró lo justo. El flaco lo miró con una mezcla de sorpresa y cautela; el grandote, en cambio, sonrió apenas, como si hubiera anticipado la jugada.
-Apareciste justo -dijo el grandote-. Estábamos por empezar a hablar de nada.
Hernán no preguntó: ya sabía. Un cortado en jarrito para el innombrable y un café con leche, con una medialuna, para el grandote.
Y entonces sí, la política entró en escena. No con grandes discursos, sino con frases cortas, medias verdades, ironías lanzadas como anzuelos. El flaco tanteaba el terreno, recién vuelto, todavía acomodando fichas. El grandote escuchaba más de lo que hablaba. El innombrable, en cambio, parecía tener prisa: hablaba como quien llega tarde a una reunión que ya empezó en otro lado.
La ausencia de Gastón se sentía. Faltaba esa pausa reflexiva, ese freno jurídico a los excesos verbales. Sin el magistrado, la charla se volvió más filosa, más directa, menos protegida por el barniz de la teoría.
Aldo, desde la barra, los observaba sin intervenir. Sabía que ese jueves era distinto. Los jueves siempre lo eran, pero ese más que otros.
El innombrable, en rigor, seguía de vacaciones.
Eso lo sabían todos, incluso antes de que la puerta de la cafetería se abriera de golpe. Su verano era una mezcla prolija de descanso y rosca: playas elegidas, reuniones discretas, asados con empresarios que no salían en las fotos y llamadas que siempre se cortaban antes de decir nombres propios.
Por eso su aparición fue un quiebre.
El motivo estaba implícito: el amigo. El que hasta hace poco estaba en el Gobierno. El de los seguros. El de Transporte. El que, según algunos, "renunció". El que, según otros, "empujaron a la salida". El que ahora es objeto de rumores, versiones cruzadas y una palabra que empezaba a repetirse demasiado: vendetta.
-Dicen que es un pase de facturas -tiró el flaco, con cautela.
El innombrable no respondió enseguida. Tomó el cortado, lo probó, como si evaluara la temperatura exacta del momento.
-Vendetta. -repitió pensativo-. Linda palabra para la tribuna.
El grandote, que hasta entonces había escuchado en silencio, apoyó los antebrazos sobre la mesa. No levantó la voz. Nunca lo hacía.
-No hay vendetta posible -dijo- ahí pasó algo.
El innombrable lo miró fijo. El grandote negó apenas con la cabeza.
-Digo lo contrario. Que hay rumores Muchos. Demasiadas. Y no simbólicas. Miles de millones en huellas. Números. Papeles. Firmas.
El flaco se movió incómodo en la silla. Sabía que ahí estaba el núcleo del asunto. No era una interna política. No era un ajuste de cuentas clásico. Era algo más tosco, más rastreable.
-Cuando dejás rastros, por omisión -continuó el grandote- ya no es vendetta. Es consecuencia.
El innombrable sonrió apenas, una mueca torcida.
-Por eso vine -dijo-. Para darle mi apoyo y para escucharlo.
-No hay mucho más para hacer -cerró el flaco-. Salvo esperar y ver quién se anima a decir que no sabía lo que estaba pasando.
-Es como lo que pasó en Comodoro Rivadavia con YPF -dijo el grandote, bajando la voz, casi como si temiera que la pared de ladrillos viejos los escuchara.
El innombrable y el flaco asintieron. La noticia circulaba fuera y dentro del país, lejos de los cafés y de los escritorios oficiales: YPF ya no operaba más su último yacimiento en Comodoro, Manantiales Behr, que fue cedido a un grupo privado.
-No es una salida chica -agregó el flaco-. Esto es parte de un plan más grande de la empresa para enfocar toda su inversión en Vaca Muerta y dejar atrás los yacimientos maduros del Golfo San Jorge.
Ahora fue el innombrable el que apoyó los codos sobre la mesa.
-Comodoro no es un pueblo cualquiera. Fue la cuna del petróleo argentino -recordó-. Fue ahí donde todo empezó, donde se descubrió la primera gran reserva, donde nació la historia del crudo en este paí
-Su voz se hizo más lenta-. Hoy eso es historia. Y no es sólo Comodoro. También las concesiones que YPF tenía en Santa Cruz ya están siendo operadas por otras empresas.
El flaco tragó seco.
-El impacto está ahí -dijo el flaco-. Gente que trabajó toda su vida alrededor de esa empresa no sabe qué hacer ahora. Pérdida de trabajo, caída de servicios, cierre de PYMES que crecieron al calor de la actividad petrolera.
El innombrable, que nunca parecía sorprenderse, esta vez dejó escapar un suspiro.
-Es un cambio profundo -dijo-. No sólo porque se van. -Miró la taza casi vacía-. Es porque el mundo está cambiando, y la energía también.
El grandote asintió lentamente, como ajustando mentalmente una pieza de un rompecabezas que hace tiempo venía desarmándose.
-Es vertiginoso -dijo-. Muy rápido.
El flaco bajó la voz, casi como un murmullo:
-Es como si nos estuvieran diciendo que ni siquiera la historia más grande es eterna.
El innombrable sonrió, pero no era una sonrisa alegre.
-Exactamente -respondió-. La historia no se detiene. Solo cambia de protagonista.
El tema de Comodoro quedó flotando unos segundos, como el vapor que subía de las tazas. Fue el flaco el que, casi sin transición, tiró el puente.
-En Mendoza pasó antes -dijo-. Y pasó sin épica.
El grandote levantó la vista.
-YPF se fue hace tiempo -continuó el flaco-. Sin sirenas, sin discursos, sin duelo colectivo. Cerró, levantó campamento y listo. Acá el golpe fue menor y, por lo tanto, más silencioso.
El innombrable apoyó la espalda contra la silla.
-Pero el problema es el mismo -dijo-. Algunos le dicen 'cambio de época'. Yo prefiero decir: 'época de cambios'.
El flaco asintió.
-En Mendoza, hace décadas que hablamos de cambio de matriz productiva -siguió-. Décadas. Y no avanzamos nada. Porque cada vez que aparece algo nuevo, alguien levanta la bandera de lo cultural, de lo ancestral, de "esto siempre fue así".
El grandote sonrió con ironía.
-El agro -dijo.
-El agro -repitió el flaco-. Y la vitivinicultura, sobre todo. Todo se ordena alrededor de eso. Y ojo, nadie dice que no tenga valor. Pero con eso solo no llegamos a ningún lado.
El innombrable se inclinó hacia adelante.
-Chile perdió un embarque gigante de cerezas el año pasado -dijo-. Un desastre logístico. Una oportunidad histórica para cualquiera.
-Y nosotros no producimos ni la décima parte de ese cargamento -completó el flaco-. Ni logística, ni escala, ni decisión. Nada. No estamos preparados para aprovechar oportunidades cuando aparecen.
Aldo, desde la barra, hizo un ruido con una cuchara. No opinó, pero escuchaba.
-Y después nos quejamos de que no podemos competir -agregó el grandote-. Cuando en realidad estamos discutiendo formularios.
El flaco largó una risa seca.
-En serio. En la vitivinicultura estamos discutiendo si el formulario va en triplicado, si es digital o en papel. Si mantenemos o no la superestructura. Burocracia. Mientras tanto, en Francia están levantando viñedos porque el vino tinto dejó de ser negocio.
El innombrable negó con la cabeza.
-Ellos se adaptan -dijo-. Nosotros lloramos.
El silencio se volvió más espeso. Afuera, el cielo empezaba a cargarse de nubes.
-Este fin de semana hay pronóstico de tormentas -dijo el flaco-. Seguro cae granizo.
El grandote suspiró, como si ya conociera el final de la película.
-Y ahí empieza de nuevo -dijo-. Productores que pierden todo, fotos de las fincas destruidas, notas en la tele, y todos los mendocinos poniendo plata para sostener una actividad que hace años dejó de ser rentable.
-Subsidios como respirador artificial -remató el innombrable-. Para algo que ya no camina solo.
Nadie discutió eso.
-Comodoro Rivadavia es el futuro que no queremos ver -dijo el flaco, casi en un murmullo- Y Mendoza es el presente que se niega a cambiar.
El grandote miró el reloj de pared. Seguía marcando mal la hora.
-El problema -dijo- no es que el mundo cambie. El problema es insistir en quedarse quietos.
El innombrable tomó el último sorbo de café.
-Los pueblos que viven del pasado -dijo- terminan siendo museos. O ruinas.
-Ah -dijo el grandote-. ¿Vieron lo que dijo FOEVA esta semana?
El flaco soltó una risa corta, incrédula.
-Sí -respondió-. Que no hay crisis en el vino.
El innombrable se detuvo en seco.
-No solo eso -agregó el flaco-. Que todo esto es un relato armado por los empresarios mendocinos para bajar salarios en paritarias.
Aldo levantó la vista desde la caja. Ahí sí, el comentario había tocado una fibra local.
-O sea -dijo el grandote, acomodándose de nuevo en la silla-, según ellos, el mundo está bárbaro, el vino sigue siendo un negoción y los franceses que levantan viñas. ¿qué? ¿Actores?
El flaco asintió.
-Prácticamente. Como si en Burdeos estuvieran haciendo teatro para ayudar a los bodegueros de Mendoza a negociar sueldos a la baja.
El innombrable negó con la cabeza, lento.
-Eso ya no es relato -dijo-. Es negación.
-Total -continuó irónico el grandote-. Hay datos, hay números, hay mercados que se caen, consumo de vino tinto en retroceso, cambios culturales, generaciones que toman otra cosa. ¿Todo inventado por empresarios locales?
-Pero es más fácil decir que es una operación -agregó el flaco-. Siempre lo es.
-El problema -dijo el innombrable- es que cuando un sindicato niega la realidad, termina defendiendo un empleo que ya no existe.
-Y después -sumó el grandote- vienen los pedidos de emergencia, los subsidios, el Estado al rescate. Otra vez. El Estado como muleta permanente
El flaco miró su taza vacía.
-Mientras tanto -agregó el grandote-, el peronismo sigue buscando lista de consenso en la provincia de Buenos Aires.
El flaco levantó la cabeza. Ahí estaba en su terreno.
-El año pasado se le venció el mandato a Máximo -dijo-. Ya está. Febrero es el mes clave. En teoría, ahí deberían resolver qué hacer.
-En teoría -repitió el grandote, con media sonrisa.
El innombrable giró la cucharita en el pocillo.
-Igual, ojo -dijo-. La Cámpora ya juega en otra liga. Para muchos, directamente quedó afuera del peronismo. Esto que se está discutiendo es otra cosa.
-Sí -asintió el flaco-. Hay un grupo grande, bastante transversal, que está empujando una idea nueva. O por lo menos rara.
El grandote arqueó una ceja.
-Desendeudar a las familias.
La palabra quedó flotando, pesada.
-Una locura -dijo el innombrable, sin rodeos-. Quieren llevar un proyecto al Congreso para que el Estado, vía ANSES, le dé préstamos a la gente para que pague las deudas de tarjeta o de fintech.
-O sea -intervino el grandote-, hacer un rollover, pero con el Estado.
-Exacto -dijo el innombrable-. Cambiás deuda privada por deuda pública. Siempre lo mismo: meter al Estado en el medio de la vida de la gente.
El grandote se recostó en la silla.
-Como si endeudarse fuera un pecado -dijo-. En cualquier lugar del mundo la gente se endeuda. Hipotecas -enumeró-. Autos. Emprendimientos. Empresas. Nadie crece sin deuda.
-Pero acá la palabra "deuda" es mala palabra -agregó el innombrable-. Es casi inmoral. Nadie distingue entre deuda para crecer y deuda para tapar agujeros.
Aldo apoyó un plato en la barra. El ruido seco marcó un punto.
-El problema -continuó el grandote- no es que alguien tenga una tarjeta. El problema es no entender qué hacer con eso. Educación financiera cero. Entonces aparece el salvador de turno.
El flaco asintió, serio.
-Y, además -dijo el corpulento-, cuando el Estado se mete, no sale más. Hoy te presta para pagar la tarjeta, mañana te regula en qué podés gastar, pasado te perdona, después te castiga. Es una relación de dependencia.
El innombrable sonrió, ácido.
-Como el agro con los subsidios. Como la vitivinicultura con el granizo. Como Comodoro con YPF.
El silencio volvió a caer. Todo empezaba a cerrarse como un círculo incómodo.
-Al final -dijo el grandote- es siempre lo mismo: miedo al riesgo.
-Exacto -respondió su amigo-. Endeudarse implica asumir riesgo. Cambiar implica asumir riesgo. Y acá preferimos que el Estado nos cuide, nos preste, nos subsidie. aunque eso nos deje quietos.
El innombrable miró por la ventana.
-A que no saben quién vuelve la semana próxima-tiró el flaco, acomodándose la solapa de un saco imaginario.
El grandote acomodó la silla en su lugar, un gesto automático, casi de orden.
-Gastón no creo -dijo-. Sigue de vacaciones.
-Ella vuelve -aclaró el flaco-. Salvo que la realidad la vuelva a empujar afuera.
Sonrieron sin ganas.
El innombrable no dijo nada. Ese silencio fue, quizás, la señal más clara de todas. De todas maneras, con él nunca se sabía. Era parte de su lógica. O de su método.
No hizo falta decir el nombre.
-Desde que la internaron, justo antes de las fiestas de fin de año, no se la ha visto más. -remarcó el grandote- Ni una imagen, ni un video, ni un saludito en el balcón. Nada. Silencio absoluto.
-Nadie sabe dónde está -dijo el innombrable-. Y cuando nadie sabe, todos inventan.
El grandote asintió.
-En un café, en los pasillos, en las calles, en una estancia, fuera del país. -enumeró-. Hay versiones para todos los gustos.
-Es que está recuperándose -dijo el flaco.
-O está operando en las sombras -agregó el grandote.
-O es que ya no decide nada -sentenció el innombrable.
-El problema -cerró el flaco- no es dónde está. Es que su ausencia pesa más que algunas presencias.
Se quedaron un segundo, los tres, mirando la calle. La noche había caído del todo.
-El jueves que viene veremos -dijo el grandote. -y de paso les cuento bien eso de las operaciones mineras, mitad en Mendoza y mitad en San Juan. Y cómo eso afectará seriamente nuestras regalías.
-Si es que estamos -respondió el flaco.
-Y si ella aparece -pensó alguno de los tres, aunque ninguno lo dijo.
El jueves estaba quedando atrás, con su reloj impreciso y su mesa del fondo esperando.
El tema quedó abierto.
La pregunta también.
Porque en política, como en la vida, a veces lo más inquietante no es lo que se dice. sino lo que desaparece.
Aldo levantó la vista como si quisiera decir algo, pero se contuvo. Hernán ya estaba limpiando la mesa, aunque todavía no se habían ido del todo.
Antes de salir, el grandote se detuvo.
-Igual -dijo-, hay algo que flota en todos lados.
El flaco lo miró.
-Es el mismo patrón -dijo el innombrable-. Comodoro negó el final hasta que YPF se fue. El agro mendocino niega el cambio productivo. El peronismo niega que la deuda pueda ser una herramienta y no encuentra el camino sin la jefa. El sindicato niega que el vino dejó de ser el negocio que fue. Todos defendiendo algo que ya se está yendo. Como si no mirarlo lo hiciera quedarse.
Pagaron en silencio. Salieron despacio.
Afuera, el viento anunciaba tormenta.
Adentro, ya no quedaban dudas: el granizo no siempre cae del cielo.
Aldo apoyó los codos en la barra.
-No hay discurso, ni nostalgia que pueda frenar una época cuando decide terminarse. -pensó.
El jueves siguiente, quizás, alguien lo diga en voz alta.