El consumo se mueve, sí, pero a los tumbos. Se compra lo justo, se estira la tarjeta, se recorta todo lo que se puede.
Arranca un nuevo año y, como pasa siempre en la Argentina, la economía vuelve a ser la gran protagonista. No porque nos guste hablar de números, sino porque esos números se sienten en la calle, en el mostrador del comercio, en la caja de la PyME y en el changuito del supermercado.
Hoy hay sectores que la están pasando realmente mal. No por falta de ganas, no por falta de trabajo, sino porque el poder adquisitivo de la gente sigue golpeado. El consumo se mueve, sí, pero a los tumbos. Se compra lo justo, se estira la tarjeta, se recorta todo lo que se puede. Y del otro lado del mostrador hay empresarios chicos y medianos que hacen malabares para sostener sus negocios abiertos, pagar sueldos, cargas sociales, alquileres, servicios e impuestos.
Mucho se habló de reforma impositiva, de alivio fiscal, de un Estado que iba a empezar a soltar un poco la presión. Y algo de eso pasó, pero no para todos. Hubo sectores grandes, empresas nacionales e internacionales, que recibieron señales claras: menos impuestos, beneficios, regímenes especiales, incentivos. Ahora bien, cuando uno baja al terreno real, al de la economía cotidiana, al del que genera empleo local, la historia es otra.
Porque quienes de verdad mueven la aguja del empleo en la Argentina no son las grandes corporaciones, sino los emprendimientos chicos y medianos. Comercios, industrias locales, prestadores de servicios, PyMEs familiares. Ahí está la mayor parte del trabajo registrado y también el informal. Y esos actores siguen con la misma mochila tributaria de siempre, o incluso más pesada.
A eso se suma otro problema clave: el crédito. Hoy, con una inflación anual que ronda el 31% y con una tendencia claramente a la baja, las tasas de interés para financiarse siguen por encima del 90%. Es decir, el que quiere invertir, renovar maquinaria, ampliar su negocio o simplemente aguantar un momento de baja en las ventas, se encuentra con un sistema financiero que le cierra la puerta en la cara. Así no hay competitividad posible, ni chances reales de crecimiento.
Los datos macro empiezan a mostrar cierto orden: déficit más controlado, inflación desacelerando, tipo de cambio más previsible. Todo eso es necesario, claro que sí. Pero no alcanza si no baja al bolsillo de la gente y a la estructura de costos de quienes producen y generan trabajo.
Por eso la gran pregunta que flota en este comienzo de año es simple y profunda a la vez: ¿cuándo llega esa oportunidad para todos? ¿Cuándo el pequeño y mediano empresario va a sentir que, de verdad, le sacaron el pie de encima? ¿Cuándo el consumo va a crecer en serio y no solo en algunos rubros aislados?
La economía no se reactiva solo con equilibrios fiscales. Se reactiva cuando el que produce puede respirar, cuando el que trabaja puede consumir y cuando el horizonte deja de ser sobrevivir y pasa a ser, otra vez, crecer. Ese es el desafío. Y el reloj ya empezó a correr.