El flamante ministro del Interior, Diego Santilli, ya empezó a mover las fichas para reconstruir esos puentes que se habían enfriado. Y la verdad, era hora.
Por fin, después de varios meses de tensión, el Gobierno nacional decidió abrir el juego y retomar el diálogo con los gobernadores. El flamante ministro del Interior, Diego Santilli, ya empezó a mover las fichas para reconstruir esos puentes que se habían enfriado. Y la verdad, era hora. Porque más allá de las diferencias políticas o partidarias, nadie puede gobernar un país tan diverso como el nuestro sin escuchar a las provincias.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar. Muchos gobernadores hablan de federalismo, pero pocos se animan a revisar sus propios gastos o a bajar impuestos que asfixian a las pymes y al ciudadano común. Hay provincias que todavía viven como si el dinero fuera infinito, y municipios -como el de Formosa, por ejemplo- que inventan tasas nuevas solo por circular, como si un camión que pasa fuera una amenaza en lugar de una fuente de trabajo. Eso también hay que decirlo: no todo lo que se reclama desde el interior es justo o razonable.
Por eso, este nuevo intento de diálogo debería servir para poner las cartas sobre la mesa. Que la Nación reconozca lo que debe a las provincias, sí, pero que las provincias también asuman sus propias responsabilidades. No puede ser que algunas sigan gastando más de lo que producen y esperen que desde la Casa Rosada les cubran el déficit.
El federalismo no se construye a fuerza de quejas, sino con acuerdos reales, con planificación y con sentido común. Y en eso, Mendoza tiene mucho para enseñar: una provincia que hace tiempo aprendió a cuidar el gasto, a buscar equilibrio y a depender menos de la coparticipación. Por eso, este diálogo que impulsa el Gobierno nacional puede ser una oportunidad si se aprovecha bien, con madurez y sin mezquindades políticas.
Ahora, mientras todo eso se intenta, hay otro frente que no ayuda: el económico. El ministro Luis Caputo sigue hablando más de lo que conviene, y cada vez que lo hace, genera ruido. A los inversores en el exterior les dice una cosa sobre las bandas cambiarias y el tipo de cambio, y cuando llega al país, se corrige o se contradice. Eso, lejos de transmitir confianza, siembra dudas.
La economía argentina está demasiado frágil como para soportar mensajes ambiguos. El ministro debería entender que, a veces, el silencio es más productivo que la improvisación. Los mercados y los ciudadanos necesitan previsibilidad, no frases sueltas que después se desmienten.
En definitiva, si el Gobierno quiere consolidar el diálogo político, primero tiene que ordenar el discurso económico. Porque no sirve de nada que desde el Interior se busque consenso mientras desde Economía se lanzan señales confusas.
Argentina necesita una sola voz, clara y coherente, que marque un rumbo. Si Nación y provincias logran eso, si se dejan de lado los egos y se piensa más en producir que en recaudar, ahí sí podemos empezar a hablar de un país que se encamina en serio. Pero si seguimos entre los que hablan demasiado y los que gastan sin control, el diálogo no va a alcanzar. y el silencio tampoco va a servir.
.jpg)
La discusión sobre la reforma laboral vuelve a poner en marcha un viejo problema del trabajo argentino. Entre engranajes gastados y herramientas improvisadas, el desafío no es solo técnico: es existencial. ¿Para qué sirve trabajar cuando el sistema ya no recompensa el esfuerzo?