Hay algo que empezó a cambiar en la economía argentina durante los últimos treinta días y que merece ser mirado con menos ideología y más números. La economía no está en un boom, pero dejó atrás el escenario de estancamiento que predominó durante buena parte del primer semestre y comienza a mostrar señales concretas de recuperación.
El dato más importante apareció esta semana: la actividad económica creció 2,7% interanual en junio y 0,8% respecto de mayo en términos desestacionalizados. Además, 12 de los 15 sectores que componen el EMAE tuvieron crecimiento interanual. El primer semestre terminó con una expansión acumulada de 1,9%.
Pero lo verdaderamente interesante está en qué sectores están empujando.
La minería creció 15,6% interanual y el agro 4,6%. La pesca tuvo un salto extraordinario, aunque por su peso no puede confundirse con el motor estructural de la economía. El dato relevante es que energía, minería, agro y sectores vinculados a la exportación siguen ampliando su peso.
Y ahí aparece una diferencia fundamental respecto de otros ciclos argentinos: esta vez una parte importante del crecimiento viene de sectores capaces de generar dólares.
En julio las exportaciones alcanzaron US$8.854 millones, un 14,1% más que un año atrás, mientras las importaciones fueron de US$6.739 millones. El resultado fue un superávit comercial de US$2.115 millones.
Entre enero y julio las exportaciones acumularon US$58.365 millones, 22,9% más interanual, y el superávit comercial llegó a US$16.080 millones.
Este es probablemente uno de los mejores datos técnicos de la economía argentina actual.
Porque si Vaca Muerta, agro, minería, energía y otros sectores exportadores continúan creciendo, Argentina empieza a construir una fuente de dólares mucho más genuina que el endeudamiento externo o el ingreso circunstancial de capitales financieros.
No es un detalle menor. Es la diferencia entre financiar una recuperación y poder sostenerla.
Otro dato que suele pasar inadvertido es el comportamiento del crédito.
En julio los préstamos en pesos al sector privado crecieron 1,2% real y desestacionalizado, impulsados especialmente por los créditos comerciales. El crédito total al sector privado llegó a representar el 12,5% del PBI, frente al 12,3% del mes anterior.
En junio, además, el crédito total al sector privado había crecido 3,1% real mensual considerando pesos y moneda extranjera, y el crédito en dólares aumentaba 53,2% interanual.
Esto puede convertirse en uno de los principales motores de los próximos meses.
Una economía puede crecer con ajuste fiscal, exportaciones y energía, pero para que el crecimiento llegue con mayor fuerza al comercio, la construcción, las empresas y finalmente al consumo, necesita crédito.
Y allí comienza a aparecer una señal positiva.
El dato que obliga a mantener los pies sobre la tierra es el IPC.
En julio la inflación fue 2,1% mensual, con una inflación núcleo de aproximadamente 1,8%. El índice mayorista aumentó solamente 0,8%, lo que constituye una señal bastante más favorable para los costos empresarios que el IPC minorista.
No es una inflación compatible todavía con una economía completamente normalizada. Pero tampoco es la inflación de una economía desordenada.
El problema ahora es otro: que el 2% mensual no se convierta en el nuevo techo permanente.
Si durante los próximos tres meses la inflación puede moverse en una zona cercana al 1,5%-2% mensual, la combinación de salarios creciendo, crédito recuperándose y dólar relativamente estable puede comenzar a producir una recuperación más visible del consumo.
Los próximos tres meses serán probablemente más interesantes que los primeros seis meses del año.
El propio REM del BCRA proyectaba para el tercer trimestre una expansión desestacionalizada del producto de 1%, y otra de 1% para el cuarto trimestre. Para todo 2026, el mercado esperaba un crecimiento promedio de 2,7%.
Pero hay razones para pensar que, si los datos recientes se consolidan, la segunda mitad del año puede resultar algo mejor que lo que se esperaba hace apenas unas semanas.
La combinación es concreta: más exportaciones + energía creciendo + minería creciendo + crédito recuperándose + inflación relativamente contenida + equilibrio fiscal.
Eso puede producir una economía creciendo a un ritmo moderado, probablemente en torno al 3% anual, pero con una composición bastante más saludable que la de un crecimiento basado exclusivamente en consumo financiado por emisión.
No hay que esperar una explosión.
Hay que esperar algo más importante: continuidad.
Aquí está la contradicción.
Mientras la economía productiva vinculada a exportaciones comienza a despegar, el consumo masivo todavía está atrasado. En junio las ventas de supermercados cayeron 3,1% interanual y acumularon una baja de 2,8% en el primer semestre.
Por eso sería un error afirmar que Argentina ya está creciendo de manera generalizada.
No está creciendo todo. Está cambiando la composición del crecimiento.
La economía exportadora, energética, minera, agropecuaria y financiera avanza más rápido que el comercio, buena parte de la industria y el consumo.
Ese fenómeno tiene una enorme importancia para los próximos tres meses.
Si el crecimiento de los sectores que generan dólares comienza a trasladarse hacia inversión, construcción, empleo privado y crédito, Argentina puede entrar en una segunda etapa: pasar del crecimiento de algunos sectores al crecimiento más generalizado.
Mi lectura es relativamente optimista, pero no eufórica.
Septiembre debería mostrar una economía todavía sostenida por energía, agro, minería y exportaciones, con el crédito empezando a adquirir mayor protagonismo.
Octubre puede ser el mes en que empiece a sentirse con mayor claridad la recuperación del crédito y de algunos sectores vinculados al mercado interno.
Noviembre será la verdadera prueba: allí habrá que comprobar si la mejora dejó de ser exclusivamente estadística y comenzó a reflejarse en ventas, inversión, empleo y consumo.
El escenario más probable es, entonces, un crecimiento moderado pero creciente, con inflación todavía cercana al 2% mensual y un sector externo considerablemente más fuerte.
El REM ya proyectaba para 2026 un superávit comercial de US$23.434 millones y un superávit fiscal primario de $15,6 billones.
Son números que, si se cumplen, cambian sustancialmente la discusión económica.
Argentina no está frente a un milagro económico.
Está frente a algo mucho más concreto: una economía que comienza lentamente a encontrar motores reales de crecimiento.
Durante mucho tiempo se discutió si el ajuste podía estabilizar la economía. Ahora empieza otra discusión: si esa estabilidad puede transformarse en crecimiento.
Los datos de las últimas semanas indican que hay una posibilidad concreta.
Energía y minería están creciendo. El campo aporta dólares. Las exportaciones aumentan. El superávit comercial es importante. El crédito vuelve lentamente. La inflación, aunque todavía alta, está contenida dentro de un rango manejable. Y la actividad acaba de mostrar un crecimiento de 0,8% mensual.
El punto débil sigue siendo el mismo: el argentino común todavía no siente plenamente esa recuperación en el bolsillo.
Por eso los próximos tres meses serán decisivos.
Si el Gobierno consigue mantener el equilibrio fiscal, evitar una aceleración cambiaria, seguir acumulando dólares y permitir que el crédito continúe expandiéndose, Argentina podría terminar 2026 creciendo alrededor del 3%, y entrar en 2027 con una economía bastante más sólida que la que tenía hace apenas un año.
No es todavía una recuperación espectacular.
Pero después de tantos años de crisis, volver a crecer de manera sostenida y con dólares genuinos detrás sería, por sí solo, una noticia extraordinaria.
Ahora bien el gobierno debe dejar de secar la plaza, hacer que el dólar acompañe inflación y revisar algunos comportamientos semi usurarios de bancos y billeteras. ¿Lo hará? En tres meses sabremos sino, esta editorial será al divino botón.