Analistas Editorial por Mateo Coria

La macro sonríe, pero la micro...

Domingo, 9 de Agosto de 2026

Hay una Argentina que funciona y otra que todavía está esperando que la recuperación llegue a la caja, al mostrador, al taller, a la fábrica y al bolsillo.

El Gobierno puede mostrar equilibrio fiscal, acumulación de reservas, inflación bajando y un sistema financiero mucho más ordenado. Y sería absurdo negar esos avances. El problema es que la macroeconomía todavía no consiguió transformarse en microeconomía.

Los números del INDEC son bastante más elocuentes que cualquier discurso.

En mayo, la actividad económica creció apenas 0,2% interanual y cayó 0,5% contra abril en la medición desestacionalizada. En los primeros cinco meses del año acumula 1,7%, pero ese promedio esconde una realidad muy distinta: la industria manufacturera cayó 5,6% y el comercio 4,3%. Hoteles y restaurantes retrocedieron 1,8% y otros servicios comunitarios 1,3%.

¿Entonces dónde está el crecimiento?

En mayo, minería y canteras aumentaron 15,7%, agricultura 4,6%, intermediación financiera 1,5% y electricidad, gas y agua 8%. Transporte y comunicaciones también avanzaron. Es decir, los sectores vinculados con recursos naturales, energía, exportaciones y finanzas son los que sostienen buena parte del resultado.

Y aquí aparece el verdadero problema.

Si uno quiere saber cómo está la economía que vive del consumo interno, hay que sacar del medio parte de ese efecto extraordinario que generan el agro, la minería, el petróleo y las finanzas. No porque esos sectores no sean economía -por supuesto que lo son- sino porque no reflejan lo que está ocurriendo con la empresa que vende en pesos, paga salarios, enfrenta impuestos, necesita crédito y espera al cliente todos los días.

El propio IAE Business School advertía que los sectores que más crecen -agro, minas y canteras y servicios financieros- representan aproximadamente 15% del PBI y apenas 9% del empleo. La contracara es que el crédito al consumo todavía no crece y la economía real presenta una enorme dispersión entre sectores.

Por eso resulta tan importante lo que dijeron Milei, Caputo y Bausili respecto de los que quedaron atrás.

El mensaje del Gobierno es claro: no habrá una vuelta a los salvatajes generalizados ni una refinanciación indiscriminada de quienes quedaron en mora. Bausili ya había señalado que el Banco Central no tenía previsto impulsar planes generales de refinanciación para familias o individuos que habían caído en mora.

La lógica tiene una explicación: el Gobierno no quiere volver al viejo modelo de patear los problemas hacia adelante, subsidiar deudas y terminar socializando pérdidas privadas.

Pero también hay una pregunta que merece respuesta:

¿Qué hacemos con el empresario que no quebró, pero tampoco puede crecer o subsistir?

Porque hay una diferencia enorme entre rescatar a una empresa inviable y permitir que una empresa viable sobreviva a un ciclo de caída de ventas.

Una pyme que vende menos, paga impuestos, salarios, alquileres y servicios, y además debe financiarse a tasas que todavía son altas, no necesita necesariamente un subsidio. Necesita demanda, crédito razonable, previsibilidad y tiempo.

Y eso todavía no está ocurriendo a la velocidad que necesita la economía.

El dato más brutal está en la industria. En febrero había caído 8,7% interanual; en abril retrocedió 2,9%; y en mayo volvió a caer 5,6%. El comercio pasó de una caída de 7% en febrero a 3,2% en abril y 4,3% en mayo.

Eso no es una recesión clásica, pero tampoco es el boom económico que algunos discursos oficiales parecen insinuar.

Es una economía a dos velocidades.

Arriba están el petróleo, la minería, el agro, parte de la energía y el sistema financiero.

Abajo están buena parte de la industria, el comercio y miles de pequeñas empresas que todavía esperan que el crecimiento deje de ser una estadística y se convierta en clientes.

¿Y el dólar?

Acá tampoco hace falta hacer futurología.

El último REM del Banco Central disponible muestra que el mercado esperaba para diciembre un dólar alrededor de $1.673, mientras que los diez mejores pronosticadores lo ubicaban en aproximadamente $1.621.

La actualización de las expectativas publicada esta semana llevó la expectativa de fin de año a aproximadamente $1.652 por dólar, con una inflación anual proyectada por debajo del 30%.

Mi lectura es algo más incómoda.

No veo un dólar disparándose en el corto plazo, porque el BCRA está acumulando reservas, la oferta de divisas es considerable y el esquema cambiario tiene todavía margen. Las reservas brutas superaron recientemente los US$50.000 millones, mientras el Central viene acumulando compras durante el año.

Pero tampoco veo un dólar congelado eternamente.

Si la inflación continúa cerca del 2% mensual, mientras el tipo de cambio avanza bastante menos, Argentina puede seguir acumulando un problema de competitividad. Y ahí aparecerá nuevamente la discusión que hoy el Gobierno evita: ¿hasta cuándo se puede sostener una economía con un peso relativamente caro?

Mi escenario base para fin de 2026 sería un dólar oficial en torno de $1.600-$1.750, inflación anual alrededor del 25%-30% y una economía creciendo quizás entre 1,5% y 2,5%, pero con una diferencia fundamental: los sectores exportadores y energéticos crecerán bastante más que la economía vinculada al consumo interno.

Y eso significa que probablemente veremos una paradoja.

La Argentina puede terminar 2026 creciendo, pero una parte importante de los argentinos puede sentir que su economía no creció.

Ese es el verdadero desafío de Milei.

Porque estabilizar la macro era indispensable. Nadie puede discutirlo.

Pero estabilizar no es todavía crecer.

Y crecer tampoco alcanza si el crecimiento se concentra en petróleo, minería, agro y finanzas mientras la industria, el comercio, construcción y la pequeña empresa siguen mirando desde la vereda.

La macro ya recibió su tratamiento intensivo.

Ahora falta la micro.

Y ahí, por ahora, el paciente todavía no salió de terapia.

Ahora bien: ¿qué pasaría si disgregamos el agro, la minería, el petróleo y las finanzas?

Acá aparece una cuenta que el Gobierno no suele mostrar en sus discursos.

No existe un "EMAE sin agro, minería, petróleo y finanzas" publicado oficialmente por el INDEC. Pero podemos hacer el ejercicio utilizando las incidencias sectoriales oficiales para aproximarnos a lo que está ocurriendo.

Y el resultado es bastante más incómodo.

En abril, el EMAE mostró un crecimiento interanual de 1,6%. Pero solamente agricultura y minería aportaron conjuntamente 1,8 puntos porcentuales a ese crecimiento. Es decir, sin esos dos sectores, el resto de la economía ya habría mostrado una variación negativa.

No es una opinión. Es matemática estadística.

Y si además incorporamos al ejercicio petróleo -que estadísticamente está incluido principalmente dentro de explotación de minas y canteras- y la intermediación financiera, el cuadro de la economía productiva vinculada al mercado interno se vuelve todavía menos alentador.

Hay que aclarar algo para no hacer trampa con los números: petróleo no puede descontarse nuevamente de minería, porque el INDEC lo contabiliza dentro de ese sector. Por eso, en esta estimación no lo contamos dos veces.

El ejercicio correcto sería entonces:

Argentina total ? menos agro ? menos minería/energía ? menos intermediación financiera.

¿Y qué queda?

Queda fundamentalmente industria, comercio, construcción, hoteles y restaurantes, transporte, servicios empresariales, administración, educación, salud y el resto de los servicios.

Es decir, precisamente la economía donde trabaja y vende la enorme mayoría de las pequeñas y medianas empresas.

Y ahí está el problema.

En 2025 ya se observaba una diferencia enorme entre los sectores. Agricultura creció 6,2%, minería 8% y la intermediación financiera nada menos que 24,7%. En cambio, la industria prácticamente no creció -0,8%- y la administración pública cayó 1%., esto ultimo me parece fantástico.

Por eso no alcanza con decir:

"La economía crece."

La pregunta correcta es:

¿Qué economía crece?

Porque una Argentina que aumenta la producción de petróleo, litio, oro, cobre, soja y servicios financieros puede mejorar sus dólares, sus reservas y sus cuentas externas sin que necesariamente aumente al mismo ritmo el consumo de una familia mendocina, las ventas de un comercio, la producción de una fábrica o la actividad de una constructora.

Ese es el punto que debería discutirse mucho más.

Hagamos la cuenta brutal

Si tomamos el crecimiento general esperado para 2026, alrededor del 1,5%-2,5%, y suponemos que los sectores exportadores y financieros continúan creciendo por encima del promedio mientras la industria, comercio y construcción permanecen estancados o con crecimiento muy bajo, la economía verdaderamente vinculada al mercado interno podría terminar el año alrededor de 0% o incluso levemente negativa.

No significa que el PBI oficial vaya a ser negativo.

Significa algo mucho más importante para la vida cotidiana: el PBI puede crecer 2% mientras la economía que genera empleo masivo, consumo y movimiento comercial puede crecer 0%.

Y ahí está la trampa de los promedios.

Dos economías pueden convivir dentro del mismo país.

Una genera dólares.

La otra genera empleo.

Una mejora las reservas.

La otra necesita crédito.

Una vende al mundo.

La otra necesita que el argentino vuelva a comprar.

Una puede crecer con enormes inversiones y relativamente pocos trabajadores.

La otra necesita millones de consumidores con ingresos disponibles.

El problema es que la primera puede sostener la macro durante bastante tiempo, pero la segunda es la que termina definiendo el humor social.

Y acá aparece otra señal que deberían mirar.

En el primer trimestre de 2026 el desempleo llegó al 7,8%, mientras la informalidad alcanzó 44,2%. Es decir, incluso con sectores exportadores creciendo, el mercado laboral todavía no está acompañando con la misma fuerza.

Entonces la pregunta deja de ser si Milei consiguió estabilizar la economía.

Sí, consiguió estabilizar una parte fundamental de ella.

La pregunta ahora es otra:

¿Cuándo empieza a crecer la economía de todos los días?

Porque el dueño del comercio no vive de las reservas del Banco Central.

El industrial no paga sueldos con el superávit comercial.

El constructor no vende petróleo.

Y la pyme que está morosa no se salva porque el BCRA tenga más dólares.

Ahí es donde la decisión de Milei, Caputo y Bausili de no rescatar indiscriminadamente a los morosos puede ser económicamente coherente, pero también puede transformarse en un problema si el crédito, el consumo y la actividad privada no empiezan a reaccionar. Y mucho mas si el estado cada vez que renueva vencimientos toma mas plata de la que se vence, con el único motivo de que la misma no se vaya a la compra de dólares, eso no ayuda al crédito y si a los bancos (que han vuelto a NO trabajar de banco). Porque mire Ud algo muy simple, si tengo la posibilidad de prestarle a una sola persona(Estado) el total de lo que quiero dar en créditos y se que me va a cumplir, para que carajo voy a ir a buscar a 100.000 (Pymes, personas etc) con lo difícil que es encontrarlas, hacer que paguen y lograr que cumplan los requisitos esa cantidad de personas y empresa. Simple no.

Tampoco se trata de volver al populismo corrupto del salvataje permanente.

Se trata de conseguir que la empresa que sobrevivió al ajuste tenga una oportunidad real de crecer.

Porque si solamente crecen el petróleo, la minería, el agro y las finanzas, Argentina puede presentar excelentes números macroeconómicos y, al mismo tiempo, tener una microeconomía preguntándose:

"¿Y cuándo me toca a mí?"

Ese es, probablemente, el verdadero examen de Milei para 2027.

No será demostrar que pudo ordenar la macro.

Eso ya lo hizo y extremadamente bien.

Será demostrar que puede convertir ese orden macroeconómico en crecimiento masivo de la economía real.

Porque si no lo consigue, puede ocurrir algo políticamente peligroso: que el Gobierno tenga razón en los números y pierda la discusión en la calle. 

Esto ultimo seria lo peor que le pueda pasar a este país, después de haber logrado avances muy claros y excelentes por parte de este gobierno.

A pensar entonces y no encerrarse en cliché por el bien de todos.