Las escenas se repiten en la provincia: víctimas que necesitan asistencia médica y se cansan de esperar.
Es lunes, son las 7.30 de la mañana y hace frío, mucho frío; un hombre está tirado sobre el asfalto, en la intersección de Joaquín V. González y Cobos, en Guaymallén; lo atropelló un auto mientras circulaba en bicicleta. No puede levantarse; el dolor del impacto es intenso, pero hay algo que empieza a competir con ese sufrimiento: el frío que se le mete en los huesos mientras espera la asistencia médica.
A su alrededor, algunos vecinos intentan contenerlo. Le alcanzan camperas, le hablan, le dicen que aguante un poco más.
-¿Dónde está la ambulancia? -pregunta.
-Ya va a venir, tranquilo -le responden.
Todos saben que es mentira. Hace más de una hora que la están esperando.
Es miércoles. Son las 7.30 de la mañana, otra vez el frío, otra vez el asfalto. Esta vez es una mujer la que está tirada en el suelo después de haber sido atropellada mientras cruzaba la esquina de España y Espejo, en Ciudad.
La escena parece repetida: testigos que ayudan, camperas improvisadas como abrigo, personas intentando calmar a alguien que siente dolor y miedo. Y una pregunta que vuelve a aparecer.
-¿Dónde está la ambulancia?
Algunos recuerdan haber visto la moto ambulancia exhibida en la Plaza Independencia.
-Che, ¿pero no estaba ahí? ¿Por qué no viene?
La pregunta queda flotando en el aire. Sin respuesta.
Es jueves, dos personas resultan gravemente heridas cuando un tren embiste la motocicleta en la que viajaban cerca de la estación Buena Nueva. La situación es crítica y el operativo de emergencia se activa. Pero cuando llegan los recursos disponibles, la realidad vuelve a golpear.
Hay una sola ambulancia. Una sola ambulancia para asistir a dos heridos graves. Suena absurdo. Parece un chiste de mal gusto. Pero ocurrió.
Y estos son apenas algunos ejemplos porque hay cientos. Tal vez miles de historias de personas accidentadas, de familiares desesperados, de vecinos que terminan convirtiéndose en enfermeros improvisados mientras miran el reloj y esperan una asistencia que no llega.
Quien escribe esta columna también tiene una historia propia. También esperó una ambulancia que nunca apareció cuando más la necesitaba y lo comentó en su cuenta de X pensando que era una experiencia aislada. No lo era.
Decenas de personas desconocidas respondieron contando exactamente lo mismo. Esperas interminables, llamados que no obtienen respuesta. Emergencias que dejan de ser una prioridad para transformarse en una prueba de resistencia.
Y entonces la pregunta deja de ser individual para convertirse en colectiva.
¿Cuánto tiempo más vamos a normalizar esto?
Porque detrás de cada demora hay alguien que sufre, alguien que tiene miedo, alguien que necesita atención urgente y porque en una emergencia, una ambulancia no es un lujo, independientemente de si el código es verde o rojo.
Por eso la pregunta sigue vigente. Incómoda. Molesta.
¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando con la vida de la gente?
¿Dónde está esa maldita ambulancia?