Analistas Editorial Mnews Por Mateo Coria

Cornejo, cuando el desgaste deja de ser político y pasa a ser social

Alfredo Cornejo ha consolidado, a lo largo de una década, un liderazgo de una centralidad indiscutible en la historia reciente de la provincia.

Domingo, 31 de Mayo de 2026

Mendoza asiste al agotamiento de un método. Alfredo Cornejo construyó, durante una década, un dispositivo de poder de una centralidad casi inédita para la tradición institucional de la provincia. Disciplinó la interna radical, domesticó a los socios de Cambia Mendoza y redujo a la oposición a un rol meramente decorativo. Pero el cornejismo hoy padece su propio éxito: la falta de una línea sucesoria natural dentro de su propio riñón y el implacable desgaste de una sociedad fatigada. El poder mendocino empieza a chocar contra un límite invisible. Ya no es la resistencia de sus rivales, sino el aburrimiento y la asfixia de sus gobernados.

Existe una hendidura cada vez más expuesta entre la Mendoza de los balances oficiales y la Mendoza de las mesas familiares. El oficialismo exhibe con orgullo monacal un orden fiscal inmaculado y cuentas públicas equilibradas. Sin embargo, para la clase media mendocina, ese orden se ha transformado en una jaula de cristal. El progreso se ha vuelto una cuesta arriba invisible: los costos energéticos se multiplican, las tasas municipales muerden los ingresos con voracidad y la vida cotidiana exige un cálculo de subsistencia que erosiona el humor social. Hay un divorcio flagrante entre los balances limpios de las empresas reguladas y las quejas de los usuarios que pagan más por prestaciones deficientes.

El drama de fondo es estructural y excede las fronteras locales: Mendoza se ha encogido en el mapa argentino. Mientras otras jurisdicciones expandieron su densidad demográfica y traccionaron inversiones, la provincia andina cedió peso relativo. Este repliegue se traduce de manera matemática en un goteo menor de la coparticipación federal y en una evidente pérdida de musculatura política en el puerto de Buenos Aires. El Gobierno intenta ahora un shock de optimismo con la promesa minera, pero choca contra el escepticismo crónico de una ciudadanía inmunizada contra los anuncios grandilocuentes que suelen empantanarse en la burocracia local.

El verdadero peligro para un régimen político prolongado ocurre cuando los errores propios dejan de ser interpretados como meros accidentes de gestión para convertirse en síntomas morales. La imputación judicial de Humberto Mingorance por la crisis cloacal en Los Corralitos representa una fisura irreparable en el histórico blindaje del oficialismo. Mingorance no es un fusible de la periferia; es un cuadro histórico, un cruzado de la primera hora del modelo de eficiencia. Que el colapso de la infraestructura básica arrastre al núcleo duro del poder devela el lado B de la austeridad: el déficit de inversión real.

Esta degradación del espacio público convive con una percepción de endogamia institucional que comienza a incomodar a los propios. La sociedad observa con fastidio un Elíseo cerrado donde los mismos nombres -empresarios cortesanos, funcionarios de carrera eterna y consultores todoterreno- orbitan siempre en torno a las grandes decisiones y los negocios estratégicos de la provincia. Cuando la ciudadanía percibe que las estructuras del poder solo trabajan para su propia conservación, el desgaste deja de ser electoral y pasa a ser un estado de ánimo social.

Este paisaje de parálisis económica y saturación institucional proyecta una sombra directa sobre el tablero político, donde la fragmentación ya es subterránea. Mientras el gobernador medita su encrucijada, figuras como Luis Petri y Ulpiano Suárez han comenzado a ensayar coreografías de diferenciación explícita, posicionándose como los auténticos animadores del escenario que viene.

En ese tablero congelado, la figura de Javier Milei emerge como el gran elector externo. En una provincia que supo ser el laboratorio del voto libertario, una eventual bendición de la Casa Rosada hacia alguno de los herederos en pugna tiene el potencial de dinamitar el esquema de control que el cornejismo diseñó con paciencia de orfebre. El dilema de Cornejo ya no es cómo ganar la próxima elección, sino cómo convencer a una sociedad desencantada de que el modelo que la trajo hasta aquí todavía tiene algo nuevo que ofrecer. En política, el verdadero poder no radica en la capacidad de control, sino en la capacidad de renovar la esperanza. Y ese es un activo que el laboratorio oficialista parece haber agotado.