La prensa no debería ser un escudo para esconderse. Debería ser un puente entre la política y la sociedad.
En la enorme estructura que rodea hoy a los políticos existe una figura que ganó poder, influencia y, en muchos casos, soberbia: "el de prensa". Ese comunicador que organiza entrevistas, monitorea medios, revisa portales minuto a minuto y funciona como filtro entre sus jefes y los medios de comunicación.
Son quienes definen qué periodista puede preguntar, qué medio conviene atender y, muchas veces, cuáles son los temas que deben evitarse. El problema no es la existencia de un área de comunicación. Toda gestión necesita orden, estrategia y difusión. El problema aparece cuando esa estructura se convierte en un muro para impedir respuestas incómodas.
Muchos de esos responsables de prensa vienen justamente del periodismo. Salieron de redacciones, radios o canales de televisión. Compartieron cafés, coberturas y cierres con colegas que hoy siguen del otro lado del mostrador. Sin embargo, al encontrar "la veta" dentro de la política, algunos parecen convencerse de que ocupan un escalón superior.
¿Superiores de qué?
¿De elegir quién puede preguntar y quién no? ¿De decidir qué temas merecen respuesta y cuáles deben ser ignorados? ¿De blindar funcionarios para evitar cualquier incomodidad mediática?
Hace semanas que desde este equipo periodístico intentamos obtener una entrevista con los responsables de definir la continuidad o eliminación de la Zona Fría. Un tema que afecta directamente el bolsillo de miles de mendocinos y argentinos. Sin embargo, después de múltiples llamados, mensajes y pedidos formales, la respuesta fue: "te aviso".
Y ahí aparece el verdadero problema.
Porque los funcionarios parecen olvidar algo básico: no le deben explicaciones a los periodistas; le deben explicaciones a la ciudadanía. Los medios simplemente cumplen el rol de preguntar lo que mucha gente quiere saber.
La política moderna parece haberse enamorado de los anuncios en redes sociales, de los videos editados y de los discursos sin repreguntas. Pero gobernar también implica dar la cara cuando hay temas sensibles, incluso cuando las preguntas molestan.
No alcanza con aparecer cada cuatro años para pedir el voto. La representación democrática exige diálogo constante, rendición de cuentas y capacidad de explicar decisiones que impactan en la vida cotidiana.
La prensa no debería ser un escudo para esconderse. Debería ser un puente entre la política y la sociedad. Y cuando ese puente se rompe, lo que termina deteriorándose no es solamente la relación con los medios, sino también la confianza pública.