Analistas Por Nicolás Bottini - El Observador

Corrupción: déjà vu cívico

En los casos de corrupción, la discusión pública parece atrapada en un loop: se habla cada vez más, pero se dice cada vez menos. Cada escándalo promete novedad, pero repite el mismo sonido.

Martes, 5 de Mayo de 2026

Hay algo hipnótico en prender la tele, o peor aún, abrir X (antes Twitter), y sentir que ya vimos todo eso antes. No los hechos, que cambian de nombre y de protagonista, sino la secuencia. La coreografía del gesto, de la frase, del "dato" que escala. Después vienen las cejas levantadas, los "esto es gravísimo", los hilos explicativos, los recortes de video, los memes. Y en algún punto, mientras todo eso ocurre, aparece una sensación más difícil de nombrar. No es la sorpresa, no es la indignación, sino una especie de déjà vu cívico. Como si la realidad política argentina se hubiera convertido en una serie que ya estamos mirando por segunda vez.

En estos días, el nombre de Manuel Adorni ocupa ese lugar central que antes ocuparon otros y que mañana ocuparán nuevos. Detenerse demasiado en él sería, de algún modo, perder el punto. Porque el problema no es el contenido del escándalo, sino su forma. Su previsibilidad. Antes, un escándalo era una ruptura, algo que desordenaba el tablero, que obligaba a recalcular. Hoy parece más bien un formato, casi un género narrativo con reglas propias. Sabemos cómo empieza, cómo escala y cómo termina. Lo consumimos como quien pone play sin esperar demasiadas sorpresas.

Hay una inflación del escándalo. Y como en toda inflación, el efecto no es solo que haya más, sino que cada unidad vale menos. Las palabras que usamos para nombrarlo, "grave", "escandaloso", "inadmisible", suenan cada vez más livianas; como billetes gastados que pasan de mano en mano sin que nadie se detenga a mirarlos demasiado. No es que hayamos dejado de indignarnos; es que nos indignamos en serie. La indignación se volvió un reflejo condicionado, una respuesta automática que ya no necesita procesamiento.

En ese contexto, decir algo nuevo se vuelve una rareza en extinción. No porque falten hechos, sino porque sobran interpretaciones prefabricadas. Cada acontecimiento viene con su propio kit de lectura: quiénes van a estar a favor, quiénes en contra, qué argumentos se van a repetir, qué ironías van a circular. Es posible, incluso, anticipar el recorrido completo de una polémica sin conocer demasiado los detalles . Como si la discusión pública se hubiera transformado en un guion que todos conocemos de memoria y ante el cual seguimos actuando igual.

Este es el punto en que aparece esa frase incómoda, casi culposa: ¿no hay nada nuevo para decir? Y lejos de ser una denuncia, tal vez sea el diagnóstico más honesto del momento. El problema no es la falta de temas, sino la dificultad para producir sentido a partir de ellos. Probablemente lo que está en crisis no es la realidad, sino el lenguaje con el que intentamos describirla, capturarla, nombrarla.

El escándalo de fondo

Hay algo sumamente paradójico en todo este fenómeno. Nunca se habló tanto de política y, sin embargo, pocas veces pareció decirse tan poco. Los voceros hablan, los periodistas hablan, los analistas hablan, nosotros hablamos. Pero en esa proliferación de voces hay una saturación que termina funcionando como ruido blanco. Todo suena al mismo tiempo, todo compite por atención y, al final, nada termina de destacarse del todo. El escándalo, que alguna vez fue un pico en la conversación, se vuelve el fondo constante sobre el cual ocurre todo lo demás.

Por eso algunos detalles mínimos como un objeto, una frase lateral, un gesto casi irrelevante, logran captar más atención que cuestiones estructurales. No porque sean más importantes, sino porque son más manejables. Más fáciles de narrar, de opinar, de convertir en contenido. Lo complejo, lo sistémico, lo que requiere tiempo y contexto, queda desplazado por lo inmediato y lo digerible. Y así, sin darnos cuenta, terminamos discutiendo la superficie de las cosas mientras el fondo sigue corriendo en silencio.

¿Qué hacer, entonces, con esa sensación de repetición? Tal vez lo primero sea no esquivarla. No disimularla con giros ingeniosos ni con indignaciones impostadas. Aceptar que hay algo del orden del agotamiento, una fatiga narrativa, que atraviesa la conversación pública. Y que ese cansancio, lejos de ser un defecto individual, es un síntoma colectivo.

En el fondo, lo verdaderamente inquietante no es que haya escándalos. Siempre los hubo y siempre los habrá. Lo inquietante es que hayan dejado de sorprendernos y, al mismo tiempo, no dejen de ocuparlo todo. Funcionan como un loop: una secuencia que se repite con pequeñas variaciones, lo suficiente como para parecer nueva, pero no tanto como para obligarnos a pensar de nuevo.

Esto nos lleva a pensar que tal vez el verdadero escándalo, ese que todavía no terminamos de nombrar, no esté en lo que pasó, ni en quién lo dijo, ni en cómo se difundió. Probablemente esté en la dificultad creciente para encontrar palabras que no suenen a eco. Seguramente esté en esa sensación de déjà vu que dejó de ser una rareza para volverse persistencia. No es que lo hayamos visto antes; es que lo estamos viendo todo el tiempo.

Entonces la pregunta deja de ser "qué hizo alguien" o "qué dijo el otro". Pasa a ser otra cosa más incómoda. Si todo nos resulta familiar antes de entenderlo, si todo se parece a algo que ya vimos, ¿en qué momento dejamos de mirar con conciencia? Tal vez ahí, en esa repetición que anestesia, esté el único escándalo que todavía no sabemos cómo explicar.

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