Durante los primeros minutos hablaron de fútbol, del precio del café y de una obra pública que llevaba tres intendentes prometiéndose.
El lugar estaba en una esquina que había visto pasar demasiados gobiernos y demasiadas promesas. Tenía las mismas mesas de fórmica desde hacía treinta años, las mismas sillas que crujían cuando uno se sentaba y una máquina de café que resoplaba como si también tuviera opinión sobre la política nacional.
Todos los jueves a las siete de la tarde, como si obedecieran a una liturgia secreta, los cuatro amigos cruzaban la puerta de la vieja cafetería de Aldo y él levantaba apenas la vista cuando entraban.
-La mesa de siempre -decía, aunque nadie hubiera preguntado.
Hernán, el mozo histórico, ya sabía el protocolo: dos cortados en jarrito, un café chico bien cargado y un café con leche con una medialuna.
El primero esta vez fue el grandote. Empujó la puerta con su manera de entrar a los lugares como si ya fuera dueño de la conversación.
-Hola Hernán. Hoy vengo temprano.
-Eso es porque hoy hay tema -dijo el mozo.
El grandote sonrió.
-Siempre hay tema.
El grandote sostenía que era asesor legislativo. Lo decía con un tono tan serio que cualquiera podría creerle. durante los primeros veinte segundos.
Después se hacía evidente que no asesoraba a nadie.
Más bien gestionaba. Gestionaba reuniones, contactos, silencios. Tenía un talento natural para aparecer justo donde se discutía algo importante.
Tras él, llegaron los demás:
Gastón, "el magistrado". No era juez, ni mucho menos. Era secretario en un juzgado, pero su juez tenía la saludable costumbre de no aparecer nunca. Así que, en la práctica, Gastón firmaba, ordenaba, dictaba y resolvía media vida judicial de la provincia.
El sobrenombre se lo había puesto el grandote una noche de invierno. Y quedó.
Cinco minutos después apareció el flaco, hablando por teléfono.
-No, no, no... eso se vota recién la semana que viene -decía mientras entraba-. Sí, sí, quedate tranquilo.
Cortó. Se sentó.
-Este país no descansa.
-Vos tampoco -dijo el grandote.
El flaco es el político profesional del grupo. Un espécimen raro: ha pasado por tantos partidos que a veces mezcla los slogans.
-Yo tengo convicciones -decía siempre-. Pero las convicciones también evolucionan.
Y después, el innombrable.
Todos saben cómo se llama. Pero nadie lo dice. Es una regla tácita.
El innombrable hablaba poco, escuchaba mucho y tenía la extraña capacidad de saber cosas que todavía no habían pasado. No ocupaba cargos visibles, pero cuando mencionaba un nombre o una oficina, todos entendían que se trataba de política pesada, de esa que no sale en los diarios.
Durante los primeros minutos hablaron de fútbol, del precio del café y de una obra pública que llevaba tres intendentes prometiéndose.
Después, inevitablemente, la conversación giró hacia el tema político de la semana.
El flaco no esperó.
-Bueno, muchachos. El discurso del presidente en el Congreso fue cualquier cosa menos un discurso. Esto no puede ser.
El grandote lo miró.
-¿Qué cosa?
-La falta de institucionalidad -dijo el flaco, acomodándose en la silla como si estuviera a punto de dar una conferencia-. El presidente es el presidente. No puede ponerse a gritarle a la oposición como si fuera un panelista de televisión.
Gastón levantó la vista del café. El grandote empezó a sonreír.
-¿De qué se ríen? -preguntó el flaco.
El grandote apoyó los codos en la mesa.
-Vos hablás de institucionalidad como si fueras Montesquieu.
Gastón agregó:
-O Alberdi.
El flaco levantó las manos.
-Bueno, pero alguien tiene que decirlo. No se puede gobernar a los gritos. No es gracioso. Es grave.
-Grave es que algunos de esos tipos estén ahí -respondió el grandote-.
-Si yo me los cruzo en la calle les digo cosas peores -dijo Hernán, que seguía de pie junto a la mesa-.
Gastón levantó el pocillo.
-Yo también.
-Eso es populismo -dijo el flaco.
-Eso es sinceridad -respondió el grandote.
Durante unos segundos se quedaron en silencio.
El único que no había hablado era el innombrable.
Revolvía el café con una lentitud pensada, como si cada vuelta de la cucharita fuera una frase que todavía no decía. Dejó la cucharita en el plato. Apoyó las manos en la mesa. Miró a los cuatro, incluido Hernán.
-La cosa es así, muchachos -dijo con calma- Ustedes lo están mirando desde la política.
El flaco cruzó los brazos.
-¿Y desde dónde hay que mirarlo?
El innombrable respondió sin levantar la voz.
-Desde la gente.
Nadie habló.
-La mayoría de las personas -continuó- no mira el Congreso como una institución sagrada. Lo mira como un antro lleno de sinvergüenzas que discuten entre ellos mientras la vida pasa afuera. Cuando el presidente les grita, no está rompiendo una ceremonia. Está diciendo en voz alta lo que mucha gente quisiera decirles en la cara a esos políticos. La gente siente que ahí adentro hay una casta que vive discutiendo poder, cargos, lugares en las listas. Y de repente aparece alguien que no les habla con protocolo. sino con bronca.
Silencio.
-Y eso -dijo finalmente- a muchos les gusta.
El grandote apoyó la espalda en la silla.
-O sea.
El innombrable terminó la idea.
-El presidente no está perdiendo autoridad.
Hizo una pausa breve.
-Está prestándole su voz a un montón de gente que no puede entrar al Congreso a decir lo que piensa.
En la barra, Aldo dejó el repasador sobre el hombro.
-Este -dijo- siempre termina cerrando la discusión.
Hernán asintió.
-Por eso nadie dice su nombre.
Afuera, la ciudad empezaba a entrar en ese clima particular que aparece todos los años a comienzos de marzo.
El grandote miró por la ventana.
-Listo -dijo-. Arrancó el circo.
Gastón giró la cabeza. El flaco suspiró.
-Semana de vendimia.
El grandote tomó un sorbo de café.
-En unas horas tenés la ciudad cortada por todos lados. Cortes de calles, colectivos desviados, autos tocando bocina.
-Y gente corriendo atrás de los carros -agregó el Magistrado.
El flaco hizo un gesto resignado.
-Con los palos.
-Los palos, los canastos, los baldes. -siguió el grandote-. Parecen pescadores en temporada de uva.
Gastón sonrió.
-Y gritando.
-¡Tirá la uva! -dijo el grandote imitando el grito.
El flaco negó con la cabeza.
-Después queda la ciudad hecha un chiquero.
-Eso es lo mejor -dijo el grandote-. Terminás con uva pisada en las veredas, bolsas por todos lados, botellas, papeles.
Gastón agregó:
-Y los cortes de calles que duran tres días más de lo que deberían.
Aldo desde la barra intervino:
-Pero ojo. después en la tele todos dicen que fue una fiesta maravillosa.
El flaco se acomodó en la silla.
-Vendimia es intocable.
El grandote levantó una ceja.
-No tan intocable.
Gastón lo miró.
-¿Por?
El grandote apoyó los codos en la mesa.
-Porque después aparece lo de siempre: El llanto.
Gastón ya sabía por dónde venía.
-Ah. los bodegueros. Todos los años es igual. Llega vendimia y aparecen los empresarios vitivinícolas diciendo que el sector está en crisis, que necesitan ayuda, que el Estado tiene que acompañar.Que el dólar, que los impuestos, que el mercado.
El flaco intentó defender la postura.
-Bueno, pero el vino está complicado en el mundo.
-Claro que está complicado -dijo el grandote-. Pero eso pasa en todos lados.
Gastón asintió.
-En Francia están arrancando viñedos. En España también. En Estados Unidos, en Napa Valley, están reconvirtiendo miles de hectáreas. Incluso San Juan está armando planes para reconvertir parte de la producción.
El flaco frunció el ceño.
-Bueno, pero Mendoza tiene otra estructura productiva.
El grandote soltó una carcajada.
-No, Mendoza tiene otra estructura de lobby.
El flaco seguía serio.
-No es tan fácil reconvertir una provincia.
-No -dijo el grandote-. Pero alguien tiene que empezar a decirlo.
Gastón agregó con tono calmo:
-Miles de hectáreas que ya no cierran económicamente.
El flaco miró el café.
-Eso sería un escándalo político.
-Peor va a ser cuando la crisis pegue fuerte -respondió el grandote.
El innombrable levantó la vista.
-El problema no es la vendimia -dijo tranquilo.
Los otros esperaron.
-El problema es creer que la vendimia es suficiente. El consumo de bebidas alcohólicas, principalmente el vino, está cambiando en el mundo. El consumo baja, los mercados se transforman, aparecen otras bebidas, otros hábitos. Los países que entendieron eso están reconvirtiendo producción. Arrancan viñedos donde ya no es negocio. Cambian variedades. Pasan a otros cultivos. Diversifican.
Gastón murmuró:
-Plan estratégico.
-Exacto -dijo el innombrable.
Miró hacia la ventana donde todavía se veía gente caminando con canastos.
-Acá seguimos discutiendo la fiesta.
El flaco suspiró.
-Porque políticamente es más fácil.
El innombrable terminó el café.
-Mientras tanto el mercado mundial sigue girando.
Se acomodó en la silla.
-Y si Mendoza no empieza a pensar en serio qué hacer con parte de sus hectáreas.Vamos a terminar mirando desde la tribuna cómo otros se reconvierten mientras nosotros seguimos esperando que el Estado nos salve.
-Ah. y el acto central. -dijo el grandote- El espectáculo más caro que tiene Mendoza después de la política.
Gastón levantó una ceja.
-Sí, pero capaz que se suspende.
Los otros dos lo miraron.
-¿Cómo que se suspende? -preguntó el flaco.
El grandote bajó la voz con aire de conspiración.
-Tormenta.
Gastón frunció el ceño.
-¿Qué tormenta?
-Los pronósticos.
Se inclinó un poco hacia adelante.
-En Cultura ya están mirando todos los modelos meteorológicos.
El flaco sonrió.
-Eso pasa todos los años.
-No, pero este año parece que viene fuerte -dijo el grandote-. Tormentas severas el sábado a la noche.
Gastón hizo un gesto de duda.
-¿Y?
El grandote respondió:
-Y si se confirma. el acto central se pasa al domingo - y miró alrededor como si alguien pudiera escucharlo - Hay alguien que está rezando para que llueva.
El flaco se rió.
-¿Quién?
El grandote respondió despacio.
-La vice. Porque si el acto central se pasa al domingo. el gobernador no está. Se va a Estados Unidos, al Argentina Week, con la comitiva presidencial. Entonces queda ella. Gobernadora el día del acto central de vendimia. Primera mujer al frente del Poder Ejecutivo encabezando el acto central. Una foto histórica.
-A propósito -dijo el flaco-, hablando del viaje.
El grandote hizo un gesto con el celular.
-Cancillería armó la comitiva.
-Con el presidente, van diez gobernadores -agregó Gastón-Y el local está en la lista.
El flaco sonrió con ironía.
-Cómo no iba a estar.
El grandote se inclinó hacia adelante.
-Porque tiene una particularidad. Es el único aliado electoral real del presidente. El único que firmó un acuerdo en su provincia que hay que ver cómo termina.
-Exacto. los demás. -dijo Gastón -van por conveniencia circunstancial o cortesía institucional. Algunos de ellos, vienen acompañando algunas leyes en el Congreso.Otros negocian artículos.
-Y algunos directamente critican al gobierno todos los días -agregó el flaco.
El grandote levantó las cejas.
-Incluso hay un par de Provincias Unidas.
Gastón soltó una risa corta.
-Que viven diciendo que el Ejecutivo está equivocado.
El flaco agregó:
-Pero después acompañan algunas votaciones.
El grandote se encogió de hombros.
-La política argentina en su máxima expresión.
Gastón miró el café que ya no estaba.
Hubo un pequeño silencio.
Después Gastón sonrió con una mezcla de admiración y sarcasmo.
-Igual hay que reconocerle algo.
-¿Qué cosa? -preguntó el flaco.
Gastón enumeró con los dedos.
-Estuvo con Néstor.
El grandote levantó otro dedo.
-Armó la estructura de Cristina y Cobos para aquella presidencia.
El flaco agregó otro.
-Después fue aliado de Macri.
El grandote levantó el último.
-Y ahora aliado de Milei.
Los tres se miraron.
El flaco soltó una carcajada.
-Eso no es versatilidad política.
Gastón terminó la frase.
-Es gimnasia olímpica.
El grandote levantó el vaso vacío como si brindara.
En la barra, Aldo negó con la cabeza mientras limpiaba un vaso.
En la mesa el flaco todavía sonreía.
-Igual es inteligente ir a ese viaje.
-Claro que es inteligente -dijo el grandote-. Estados Unidos, empresarios, inversiones, foto internacional.
Gastón agregó:
-Y al lado del presidente.
El flaco se acomodó en la silla.
-Eso siempre suma.
Todos miraron al innombrable.
Que, como siempre, había escuchado todo sin intervenir.
Aldo lo vio desde la barra.
-Ahora viene la parte filosófica.
El innombrable apoyó lentamente las manos en la mesa.
-No es filosofía -dijo.
Los otros esperaron.
-Es supervivencia.
El flaco lo miró.
-¿Cómo?
El innombrable habló con calma.
-La mayoría de los gobernadores se adapta al poder nacional. Pero este hombre hace algo distinto. No se adapta. Se adelanta a quién va a tener el poder.
El innombrable lo miró con una media sonrisa.
-O no creer demasiado en las etiquetas.
El flaco levantó el dedo.
-Perdón. pero me causa gracia una cosa.
-¿Cuál? -dijo Gastón.
El flaco se acomodó en la silla.
-Que ustedes hablen de eso. Porque cada vez que alguien cambia de partido. ¿a quién miran?
Gastón levantó la mano como en un juicio.
-A vos.
-Exacto -dijo el flaco.
Se reclinó en la silla.
-Siempre es el flaco el oportunista. El flaco el que cambia. El flaco el que "corta por donde ve los dedos".
El grandote se rió.
-Bueno. tampoco es una calumnia.
-¡Claro! -dijo el flaco levantando las manos-. Pero escuchen una cosa.
Se inclinó hacia adelante.
-Yo cambié de partido, sí.
Hizo una pausa.
-Pero siempre dentro de la política.
Gastón frunció el ceño.
-¿Y lo otro qué es?
El flaco dijo
-Eso es otra categoría. Muchachos. eso no es cambiar de partido. Eso es ponerse a la sombra del árbol que da sombra.
El grandote soltó una carcajada.
Gastón también.
-¡Es buenísima esa! -dijo el grandote.
El flaco siguió embalado.
-Yo por lo menos me peleo, discuto, pierdo internas, armo listas.
Se señaló el pecho.
-Pero lo hago dentro de la política.
Señaló hacia arriba otra vez.
Gastón murmuró:
-Una especie de satélite.
-Exacto -dijo el flaco-. Si gobierna uno, está ahí. Si gobierna otro, también.
El grandote lo miró con picardía.
-Igual. vos también sabés acomodarte.
El flaco levantó el mentón con orgullo fingido.
-Pero con estilo. Yo cambio cuando cambia la política. Él cambia cuando cambia el poder
La mesa estalló en risas.
El innombrable apoyó los dedos en la mesa y miró al flaco.
-Igual -dijo con calma- hay una diferencia entre vos y él. Vos cambias para seguir jugando. Él cambia para intentar seguir mandando.
Hubo un segundo de silencio.
El grandote se recostó en la silla.
-Eso. duele.
En la barra, Aldo negó con la cabeza.
-Este flaco es un caradura.
-Pero por lo menos lo admite. -respondió Hernán.
En la mesa, el flaco seguía defendiendo su tesis.
-Estos cuatro deberían cobrar entrada. -reflexionó Aldo.
Hernán miró la mesa del fondo.
-No hace falta.
Sonrió.
-La política ya paga el espectáculo.