Piccirillo no era un marginal del sistema. Todo lo contrario. Se movía cómodo en el submundo de las cuevas, las financieras y los atajos al dólar barato. Un negocio que floreció como nunca durante el gobierno de Alberto Fernández.
Hay historias que parecen sacadas de una serie, pero no: son bien argentinas. Y la de Elías Piccirillo, apodado en los pasillos financieros como "el rey del blue", es una de esas tramas que explican, mejor que cualquier manual de economía, por qué el cepo al dólar terminó siendo un festival para vivos y amigos del poder.
Piccirillo no era un marginal del sistema. Todo lo contrario. Se movía cómodo en el submundo de las cuevas, las financieras y los atajos al dólar barato. Un negocio que floreció como nunca durante el gobierno de Alberto Fernández, cuando el cepo se endurecía para el ciudadano común, pero se ablandaba misteriosamente para algunos pocos con los contactos correctos. Mientras el laburante hacía malabares para ahorrar cien dólares, otros multiplicaban millones gracias a la brecha.
Su nombre saltó a la fama mediática también por su relación sentimental con Jésica Cirio, pero eso es casi un detalle al lado de lo verdaderamente grave: los vínculos con una financiera ligada a la AFA y, sobre todo, los audios que circularon con una funcionaria del Banco Central. Audios que no dejan mucho margen para la interpretación benévola. Ahí se habla, sin pudor, de cupos, de dólares oficiales, de cómo y cuándo acceder a un tipo de cambio privilegiado. Negocios armados desde adentro del Estado.
Y acá está el punto central: Piccirillo no inventó el sistema. Lo aprovechó. El sistema ya estaba diseñado para eso. El cepo, que se vendió como una herramienta para cuidar reservas y proteger la economía, terminó funcionando como una máquina de generar corrupción. Un mecanismo perfecto para que los amigos del poder hagan diferencias siderales mientras el resto paga la fiesta con inflación y devaluación encubierta.
La financiera vinculada a la AFA tampoco es un dato menor. Fútbol, política y finanzas oscuras: un cóctel explosivo que en la Argentina conocemos demasiado bien. Siempre los mismos circuitos, siempre los mismos silencios, siempre la misma impunidad. Porque cuando estos audios salieron a la luz, no hubo explicaciones convincentes, ni renuncias ejemplares, ni una investigación a fondo que despeje dudas. Hubo, como tantas veces, mirar para otro lado.
El caso Piccirillo no es una anécdota de color ni un chimento de revista. Es un símbolo. El símbolo de un país donde el discurso hablaba de "poner a la Argentina de pie", pero en los hechos se arrodillaba ante los negocios de unos pocos. Donde el dólar oficial era para los amigos y el blue, para el resto. Y donde, una vez más, el costo lo terminó pagando la gente común, esa que nunca tuvo un audio, ni un contacto, ni un Banco Central dispuesto a atenderle el teléfono.