Argentina Historia de vida

La historia de la gimnasta que dejó los podios para denunciar las exigencias del deporte

Gabriela Parigi fue una gimnasta argentina que tuvo un largo paso por la Selección Nacional.

Lunes, 18 de Mayo de 2026

Durante gran parte de su infancia y adolescencia, la vida de Gabriela Parigi estuvo atravesada por la gimnasia artística. Entrenamientos agotadores, exigencia extrema, lesiones, viajes internacionales y una rutina marcada por la competencia formaron parte de su día a día desde que tenía apenas cuatro años.

A los cinco se federó en la disciplina y a los ocho ya integraba la Selección Argentina de Gimnasia Artística. Su talento la llevó a competir en torneos sudamericanos, panamericanos e internacionales, incluyendo los Juegos Mundiales de la Juventud de Rusia en 1998. Desde afuera, parecía la historia de una deportista exitosa. Pero por dentro, algo empezaba a romperse.

Hoy, años después de dejar atrás las vigas, barras y potros, Gabriela convirtió esa experiencia en una obra teatral autobiográfica que pone en discusión el lado más oscuro del deporte de alto rendimiento.

"Muchas de las personas que llegamos a esos podios terminamos rotas y solas", sostiene.

La obra se llama "Consagrada, el fracaso del éxito" y nació como una manera de ponerle palabras a todo aquello que durante años permaneció naturalizado y silenciado dentro del deporte competitivo: la presión, el sacrificio extremo, la exigencia desmedida y el dolor físico y emocional.

Su historia no estuvo marcada solamente por medallas y competencias. Una lesión de espalda terminó alejándola de la gimnasia y aceleró una crisis interna que venía creciendo hacía tiempo. Aunque había logrado llegar a la élite deportiva, nunca terminó de sentirse cómoda dentro de un ambiente que describe como feroz y poco saludable.


"Era más sensible, más vulnerable y tuve que adaptarme al sistema que reina en el ambiente", recordó.


La transición después del retiro tampoco fue sencilla. Primero estudió para convertirse en entrenadora porque quería cambiar las cosas desde adentro de la gimnasia artística. Sin embargo, con el tiempo entendió que las contradicciones entre ese mundo y sus propios valores eran demasiado profundas.


Entonces apareció el arte.


Comenzó dando clases de acrobacia y circo, y descubrió que esos espacios conectaban mucho más con su forma de entender el cuerpo, el movimiento y los vínculos humanos.


"Encontré más resonancia con lo que yo creo en los espacios artísticos que en los deportivos", explicó.

Sin embargo, cargar con años de exigencia extrema dejó marcas difíciles de borrar. Gabriela reconoce que tuvo que "deconstruir" muchas ideas aprendidas dentro del deporte competitivo. El miedo a lastimarse, la presión constante y las lógicas de sacrificio siguieron acompañándola incluso en sus primeros pasos en el teatro.

Después de pasar por academias de danza y comedia musical donde volvió a encontrarse con ambientes competitivos, una experiencia terminó cambiándole la cabeza: ver a una compañera hacer una muestra de acrobacia.

"Esa exhibición me hizo darme cuenta de que existía otra forma de habitar el circo", contó.

A partir de allí inició una formación profesional en circo y teatro, primero en La Arena y luego en el Centro de Artes del Circo Le Lido, en Toulouse, Francia, gracias a una beca.

Desde hace más de diez años forma parte de Proyecto Migra, un espacio cooperativo de producción artística y cultural, donde terminó consolidando su camino en escena.

Pero fue con "Consagrada" donde logró unir definitivamente sus dos mundos: el deporte y el arte.

La obra, escrita junto a Flor Micha, no busca dar respuestas cerradas ni señalar culpables. El objetivo es abrir preguntas sobre la obsesión por el rendimiento, la idealización del éxito y el costo emocional que muchas veces se esconde detrás de los podios.

"Buscamos poner luz sobre lugares legitimados y callados que rompen y lastiman", explicó.

Desde su estreno en 2021, el unipersonal ya tuvo más de 180 funciones y se convirtió en un espacio de identificación para deportistas, artistas y personas que atravesaron experiencias similares vinculadas a la presión y la autoexigencia.

En cada función, Gabriela revive parte de su historia arriba del escenario, pero también transforma el dolor en otra cosa.

"Me interesa expresar que el dolor se puede reciclar y resignificar junto con otra gente", reflexionó.

Uno de los temas centrales que atraviesa la obra es la falsa asociación automática entre deporte y salud. Gabriela cuestiona las prácticas abusivas que muchas veces se naturalizan dentro del alto rendimiento y advierte sobre los efectos psicológicos y físicos que generan esas dinámicas.

También pone el foco en las infancias y en cómo muchos adultos proyectan frustraciones y exigencias sobre niños y adolescentes.

"La exigencia en la infancia sigue presente y cada vez les pedimos más", señaló.

En ese contexto, destaca la importancia de entrenadores preparados pedagógicamente y capaces de transmitir valores más allá de ganar o perder.

Para Gabriela, el verdadero desafío es construir espacios donde competir no implique destruirse física o emocionalmente.

Con el paso de los años, encontró en el teatro una manera de sanar, de resignificar su historia y de transformar experiencias dolorosas en preguntas colectivas.

Y aunque durante mucho tiempo sintió que el deporte la había quebrado, hoy entiende que también le dio herramientas para reconstruirse desde otro lugar.