Tomás jamás imaginó que el momento más importante de su vida iba a comenzar incluso antes de llegar a destino.
En 1990, Tomás tenía 18 años y una mezcla de miedo y entusiasmo atravesándole el cuerpo. Por primera vez dejaba su pueblo para mudarse a Córdoba capital y comenzar sus estudios universitarios. Hasta entonces, conocía poco del mundo y aquel viaje en micro representaba el inicio de una aventura enorme, una especie de salto hacia la adultez.
Pero jamás imaginó que el momento más importante de su vida iba a comenzar incluso antes de llegar a destino.
Apenas subió al micro, vio a la joven que ocuparía el asiento junto al suyo. Se llamaba Carla. Tenía ojos azul pálido, cabello castaño y una sonrisa que, según recuerda él mismo más de tres décadas después, lo dejó completamente paralizado.
"Me quería morir", recuerda entre risas.
Los nervios aparecieron de inmediato. Tomás intentó refugiarse en un libro de Ken Follett para disimular la ansiedad, pero nada funcionaba. Las palabras se desdibujaban frente a sus ojos mientras sentía cómo le transpiraban las manos cada vez que la miraba de reojo.
El silencio parecía interminable hasta que un detalle despertó todavía más su atención: Carla sacó un walkman Sony negro y colocó un cassette de Soda Stereo. Sonaba "En la ciudad de la furia".
"Amaba ese cassette", recuerda Tomás.
Para él, esa coincidencia era la excusa perfecta para iniciar una conversación. Sin embargo, la timidez volvió a ganarle la pulseada. No pudo decir nada.
El giro inesperado llegó cuando fue ella quien rompió el hielo.
"Me llamo Carla. ¿Querés una?", le dijo mientras le ofrecía una galletita.
Tomás apenas logró responder un tímido "no gracias". Minutos después, el viaje terminó y él quedó convencido de que había desperdiciado la oportunidad más importante de su vida.
Sin embargo, el destino todavía tenía preparada otra sorpresa.
Cuando llegó a la residencia universitaria donde iba a vivir, un coordinador lo acompañó hasta su habitación y luego lo convocó a una reunión con los nuevos estudiantes. Allí ocurrió algo que Tomás todavía recuerda como una escena imposible: sintió una mano sobre el hombro, giró y volvió a encontrarse con Carla.
"¡Nos conocemos!", le dijo ella sonriendo.
A partir de ese momento comenzaron a cruzarse cada vez más seguido en la residencia, en la biblioteca y en las salas de estudio. Pero lejos de facilitarle las cosas, la presencia de Carla lo dejaba completamente inmóvil.
"Creo que ahí me di cuenta de que era amor a primera vista", admite.
Las noches se transformaron en insomnio constante. Tomás apenas podía dormir pensando en ella y en todo lo que no se animaba a decirle. Finalmente, después de varios días de nervios y silencios, reunió valor para acercarse.
"Soy Tomi, no conozco a nadie acá y me encantaría que seamos amigos", le dijo.
Carla aceptó encantada, pero para él eso ya no era suficiente. Sabía que sentía algo mucho más profundo.
Días después, mientras caminaban por la peatonal de Córdoba, Tomás se detuvo, la tomó del hombro y volvió a quedarse sin palabras. Entonces hizo lo único que pudo: la besó.
Y ella respondió.
"Así empezó mi historia de amor", cuenta hoy, más de treinta años después.
Aquella chica que conoció en un micro rumbo a Córdoba terminó convirtiéndose en su compañera de vida, la madre de sus hijos y el gran amor de su historia.
"Jamás sentí por nadie lo que sentí por ella cuando la conocí", asegura.