Cuando con sus amigos vieron que El Bolsón se estaba incendiando, no dudaron en viajar desde Bariloche para ayudar. Gracias a su aporte.
Mientras el fuego avanzaba sin freno sobre los bosques de la Patagonia, consumiendo hectáreas enteras y dejando familias enteras al borde de perderlo todo, Ana Escobar sintió que no podía quedarse quieta.
No era brigadista, ni bombera, ni rescatista profesional. Era diseñadora freelance, trabajaba entre montañas y lagos, y llevaba años construyendo una vida en el sur argentino. Pero cuando los incendios arrasaron la zona de El Bolsón, entendió que había momentos en los que ayudar era la única opción posible.
Ana vive desde hace ocho años en la Patagonia y divide su vida entre Bariloche y El Chaltén. Había dejado atrás el mundo corporativo en Buenos Aires para buscar una vida distinta, más cerca de la naturaleza y con tiempos propios. Aunque el trabajo freelance le permitía vivir rodeada de montañas, también conocía de cerca las dificultades del sur: el aislamiento, el frío extremo, la nieve, los cortes de ruta y una vida muchas veces solitaria. Sin embargo, aprendió algo esencial: en la Patagonia las redes de vecinos y amigos funcionan como una verdadera familia cuando llega la emergencia.
Y la emergencia llegó.
El incendio comenzó el 30 de enero y, apenas unos días después, Ana tomó una decisión impulsiva pero inevitable: compró un pasaje a El Bolsón y apareció de sorpresa en la casa de una amiga, mochila al hombro y lista para ayudar. "Yo sabía que ibas a venir", fue la respuesta que recibió apenas abrió la puerta.
Ese mismo día salió rumbo a Mallín Ahogado para colaborar como pudiera. Lo que encontró fue devastador. Vecinos intentando salvar sus casas con baldes, refugieros peleando contra el fuego con palas y ramas, brigadistas desbordados y una sensación general de abandono. En zonas como Los Pozones, el fuego avanzaba peligrosamente mientras faltaban herramientas básicas para combatirlo.
Ana y un grupo de amigos decidieron entonces organizarse por su cuenta. Lo hicieron sin estructura, sin financiamiento estatal y prácticamente a puro pulmón. A través de colectas entre vecinos y conocidos consiguieron motobombas, motosierras, cadenas, acoples y más de 150 metros de manga para llevar agua a las zonas más críticas.
Aquella red improvisada terminó siendo clave para contener el fuego desde abajo. También se transformaron en puente solidario para trasladar viandas y alimentos a policías de montaña, voluntarios y refugieros que pasaban jornadas enteras sin comer mientras combatían las llamas.
Durante casi un mes, el grupo trabajó sin descanso. Y aunque el dolor era enorme, Ana recuerda algo que todavía la conmueve: nadie lloraba. "Se te partía el corazón, pero no llorabas. Porque si la gente que perdió todo no lloraba, ¿por qué ibas a llorar vos?", contó tiempo después.
La experiencia dejó marcas profundas. También reforzó su mirada sobre el territorio y el impacto humano sobre la naturaleza. Desde sus redes sociales comenzó a documentar el desastre y a impulsar campañas de concientización ambiental. Como diseñadora, sostiene que cada decisión sobre el espacio que habitamos tiene consecuencias. "El diseño puede sanar o dañar", suele repetir.
Hoy, mientras muchos focos permanecen controlados, la reconstrucción recién empieza. Ana continúa trabajando junto a redes de voluntarios para conseguir ayuda, materiales y viviendas de emergencia para las familias afectadas antes de la llegada del invierno.
Su historia no habla solamente de incendios. Habla de comunidad, de solidaridad y de personas comunes que, en medio del desastre, deciden hacer algo extraordinario.