Argentina Historia de vida

En la montaña del Líbano, el argentino que convirtió su vida en refugio de guerra

En las afueras de Beirut, en una zona de montaña del Líbano, el sacerdote argentino Luis Montes lleva adelante una misión silenciosa.

Miercoles, 22 de Abril de 2026

En las afueras de Beirut, en una zona de montaña del Líbano, el sacerdote argentino Luis Montes lleva adelante una misión silenciosa que se sostiene lejos de los focos, pero en el centro mismo de una crisis humanitaria. Misionero del Instituto del Verbo Encarnado, hace más de treinta años que vive en Medio Oriente, dedicado a asistir a personas desplazadas por la guerra.

Su trabajo se desarrolla en un entorno pequeño y relativamente seguro, alejado de los grandes centros urbanos, donde la violencia no llega con la misma intensidad pero las consecuencias de la guerra sí. Allí funciona una obra de misericordia que recibe a quienes lo han perdido todo: ancianos, niños, mujeres golpeadas, familias desplazadas y personas perseguidas por su religión provenientes de Siria, Irak y distintos países de África.

"Aquí hay que distinguir en el sentido de que yo estoy en una zona segura. Tenemos una obra de misericordia para gente abandonada", explicó Montes, describiendo el lugar donde la urgencia cotidiana convive con la fragilidad permanente.

La casa que dirige no es un refugio en términos formales, sino un espacio de contención que se fue construyendo con el tiempo y la necesidad. Allí llegan personas derivadas por organismos sociales o por contactos informales, casos que circulan de boca en boca entre quienes no tienen otro lugar a dónde ir. "El que tiene una necesidad y no tiene quien lo ayude, estamos nosotros para ello", resumió.

El sacerdote detalló que el lugar recibe perfiles muy distintos: familias enteras, personas con discapacidad, mujeres solas con hijos, y refugiados que escaparon de bombardeos en el sur del país o de conflictos en sus países de origen. Durante los momentos más críticos de la guerra, llegaron a alojar a más de 150 personas, y actualmente conviven más de cien entre residentes y recién llegados.

La vida en ese espacio es intensa y desordenada. Falta agua, los recursos son limitados y la logística cambia constantemente. La casa donde funcionaba la obra fue prestada por un tiempo determinado y ya debe ser abandonada. Un nuevo espacio, más grande, fue donado en el norte del país, y allí planean trasladarse, aunque el desafío principal es reorganizar la vida de quienes dependen de esa estructura.

"Tenemos más de cien personas, es un caos, nos falta agua, un montón de incomodidades, pero es la guerra y hay que hacer todo el bien que se pueda", describió.

Montes lleva tres décadas en la región y atravesó múltiples conflictos armados. Su mirada está atravesada por la experiencia directa de la guerra y sus consecuencias invisibles. No solo habla de muertos, sino de heridos y de traumas que permanecen mucho después de que cesan los bombardeos. "Mucha gente nunca vuelve a tener una vida normal", señaló.

El funcionamiento del hogar se sostiene sobre una lógica simple: puertas abiertas para entrar y salir, sin obligación de permanencia. "La única condición es que la gente quiera quedarse", explicó. En muchos casos, quienes llegan desde la calle eligen permanecer; otros, en cambio, prefieren volver a la incertidumbre de la intemperie.

El acompañamiento no es solo material. La contención emocional ocupa un lugar central en la dinámica diaria. Jugar con los niños, escucharlos, generar vínculos cotidianos y reconstruir rutinas mínimas forma parte del trabajo tanto como alimentar o dar techo. "Cuando la gente se siente querida, empieza a recuperarse", resumió.

Los niños, según cuenta, suelen adaptarse con rapidez. En pocos días transforman el dolor en juego y la desconfianza en vínculo. En los adultos, en cambio, el proceso es más lento, especialmente en los hombres que cargan con la imposibilidad de sostener a sus familias. Sin embargo, el acompañamiento constante genera pequeñas reconstrucciones invisibles.

La vida en comunidad se organiza como una gran familia improvisada, donde todos colaboran dentro de sus posibilidades. La pobreza es estructural, pero también compartida. Comen lo mismo, viven en las mismas condiciones y resuelven los conflictos a través del diálogo cotidiano.

Entre refugiados cristianos y musulmanes, entre personas de distintos países y trayectorias, la convivencia se sostiene en una lógica de supervivencia compartida más que en diferencias religiosas o culturales. La ayuda no distingue origen, sino necesidad.

Hoy, el hogar alberga más de cien personas en distintas situaciones de vulnerabilidad. Algunas logran reinsertarse, otras fallecen, y muchas llegan en condiciones críticas directamente desde la calle o derivadas por hospitales.

En medio de ese escenario, Montes sostiene una reflexión que atraviesa toda su misión: la experiencia de haberlo perdido todo también puede convertirse en una forma distinta de vida. Personas que han atravesado la guerra, el desplazamiento y la pérdida absoluta, encuentran en ese espacio una forma de paz inesperada.

Desde su lugar, el sacerdote insiste en la importancia de la ayuda constante y de la colaboración externa para sostener la obra. El funcionamiento depende de donaciones y de la providencia, en un contexto donde cada aporte, incluso pequeño, se vuelve significativo.

En un rincón de la montaña libanesa, lejos de cualquier estadística, Luis Montes continúa una tarea diaria que no busca visibilidad, sino presencia. Una vida dedicada a acompañar a quienes quedaron fuera de todo mapa.