Se quedó sin trabajo en pandemia. y creó el primer queso de frutilla
No era el plan. O al menos, no de esa manera. La pandemia le había dado vuelta la vida a Pablo Sebastián Barrio: encierro, incertidumbre y, de golpe, la pérdida de su trabajo. Pero lo que para muchos fue un freno, para él terminó siendo un punto de partida.
Apasionado por la cocina y los sabores fuera de lo común, había pasado años frente a cámaras en Guía Gastronómica TV, viajando, probando, aprendiendo. Incluso había sido parte del primer equipo en transmitir desde las Islas Malvinas. Su vida estaba en movimiento constante. hasta que todo se detuvo.
Sin trabajo y con un contexto que no daba respiro, decidió volver a San Cayetano, su pueblo, para estar cerca de su padre, que atravesaba una enfermedad. Ahí, casi sin buscarlo, apareció la idea que lo cambiaría todo.
"No lo imaginé, simplemente vi que hacía falta un negocio así"
Con pocos recursos, pero con el apoyo incondicional de su familia, nació Pueblito Mío. Al principio, era apenas un intento: quesos prestados, algunos acomodados estratégicamente para disimular la falta de stock y muchas ganas de salir adelante.
"Los primeros pasos fueron con quesos prestados"
Pero algo empezó a pasar. La gente se acercaba, probaba, se sorprendía. Porque Pablo no ofrecía lo de siempre. Su mirada iba por otro lado. Su filosofía era clara:
"La vida es muy aburrida si siempre comemos el mismo queso"
Autodidacta, curioso, inquieto, comenzó a experimentar. Intervenía quesos, jugaba con sabores, rompía reglas. Su paso por fábricas en Suiza también le dio herramientas, pero lo suyo era otra cosa: crear sin miedo.
Así llegaron combinaciones impensadas: menta, café, vainilla con canela. y el que lo cambió todo, el primero en su tipo: el queso sabor frutilla.
La sorpresa fue inmediata. Y la curiosidad, también.
"Es aromático, frutado, equilibrado"
El pequeño almacén dejó de ser pequeño. La demanda creció tanto que tuvo que mudarse a Tres Arroyos. Y lo que había empezado como una salida improvisada, se convirtió en un fenómeno.
Los pedidos comenzaron a cruzar fronteras. Un día, incluso, recibió una videollamada desde una base militar estadounidense en Oceanía. Pensó que era una broma. No lo era.
Todo seguía haciéndose a pulmón, con un equipo chico, con atención personalizada y una sonrisa que se volvió marca registrada.
"Brindamos una experiencia para sorprender al paladar"
Las redes sociales hicieron el resto. Sus quesos coloridos, sus historias y su autenticidad lo volvieron viral. Artistas, curiosos y fanáticos empezaron a llegar desde distintos puntos del país.
Hoy, Pueblito Mío ya no es solo un local. Tiene franquicias en varias ciudades y planes de expansión. Pero, para Pablo, el motor sigue siendo el mismo.
La familia. La pasión. La gente.
El dolor por la pérdida de su padre también forma parte de esa historia. Lejos de apagarse, se transformó en impulso.
"Es mi guía en todo este proyecto"
Pablo no solo reinventó su vida. También reinventó un producto clásico y lo convirtió en experiencia. Porque entendió algo simple: a veces, cuando todo parece terminarse, en realidad está empezando algo completamente distinto.