Es oriundo de Mar de Plata, se formó en la UBA y hace 16 años que ayuda como voluntario en conflictos bélicos. Estuvo en Gaza en 2009, en una ofensiva israelí anterio
A los 82 años, Carlos Trotta no piensa en el retiro. Su horizonte sigue estando a miles de kilómetros, en una de las regiones más golpeadas del mundo. Desde hace más de 16 años, su vida está atravesada por la ayuda humanitaria en contextos de guerra, y hoy mantiene intacto un anhelo: volver a la Franja de Gaza. Confía en que la Flotilla de la Libertad -bloqueada en 2024 cuando intentaba ingresar con alimentos, insumos y medicamentos- finalmente obtenga autorización para llegar. Si eso ocurre, quiere estar allí.
Su historia comienza lejos de los conflictos armados. Hijo de un trabajador ferroviario, se crió en un barrio obrero de Mar del Plata, cerca de la Estación Norte. Se formó como médico en la Universidad de Buenos Aires y dio sus primeros pasos en la medicina rural, en el Ingenio Ledesma, en Jujuy. Esa experiencia marcaría su recorrido: el contacto con trabajadores y condiciones de vida adversas consolidó en él una mirada vinculada a la medicina social. Luego continuó su formación y carrera en distintos centros de salud del país, pasó por el Hospital Eva Perón de San Martín y se especializó como cirujano, incluso con una etapa en la Cleveland Clinic de Estados Unidos. De regreso en Mar del Plata, llegó a ser jefe del Servicio de Cirugía Cardiovascular del Hospital Interzonal Oscar Alende.
Nada en ese recorrido parecía anticipar el giro que daría su vida. Sin embargo, su compromiso lo llevó a integrar durante más de una década la organización Médicos Sin Fronteras, desde donde participó en misiones en distintos escenarios de conflicto, como Yemen, Sudán del Sur y Siria. Fue en ese contexto que llegó a Gaza, una experiencia que -según relata- lo atravesó de una manera distinta a todo lo vivido anteriormente.
En la Franja trabajó como médico en el hospital Al Shifa, hoy reducido a escombros tras los bombardeos. Allí se encontró con una realidad que, asegura, lo impactó profundamente y que aún hoy le duele. Describe un territorio densamente poblado, donde más de dos millones de personas viven en apenas 43 kilómetros de largo por 10 de ancho, sin posibilidad de salir. "Es una cárcel a cielo abierto", resume, al explicar el bloqueo territorial que condiciona todos los aspectos de la vida cotidiana.
Trotta insiste en que lo que ocurre en Gaza no puede analizarse solo en términos geopolíticos. Para él, se trata de una "crisis de humanidad", marcada por la magnitud de las víctimas, la destrucción de infraestructura básica y el impacto permanente sobre la población civil. En su paso por la región atendió a niños con quemaduras graves, pacientes amputados y personas con secuelas físicas y psicológicas que, en muchos casos, serán irreversibles. También fue testigo del contraste entre la devastación dentro de Gaza y el nivel de desarrollo del territorio israelí, una diferencia que describe como "una cachetada".
A pesar de haber trabajado en múltiples escenarios de guerra, sostiene que en ninguno vio un nivel de dolor y violencia comparable. Sin embargo, también destaca otro aspecto que lo marcó: el trato recibido por la población palestina. Habla del afecto, del reconocimiento y de la humanidad que encontró en medio del conflicto, una experiencia que -dice- lo sigue conmoviendo.
Mientras el debate internacional continúa y las gestiones para permitir el ingreso de ayuda humanitaria avanzan con dificultades, Trotta mantiene su decisión. A su edad, lejos de retirarse, sigue dispuesto a volver a una zona de riesgo para ejercer su profesión. No desde una posición política, aclara, sino desde su lugar de médico.
Su historia no está atravesada por la búsqueda de reconocimiento, sino por una convicción sostenida a lo largo del tiempo: que la medicina también implica estar presente donde más se necesita, incluso en los escenarios más adversos. Y, en ese sentido, Gaza sigue siendo, para él, un destino pendiente.