Argentina Contundente

El testimonio del sanjuanino que compartió celda con Nahuel Gallo en una cárcel de Maduro

A doce días de haber recuperado la libertad, Yaacob Harary vuelve sobre los 15 meses y tres días que pasó detenido en la cárcel El Rodeo I.

Domingo, 25 de Enero de 2026

A doce días de haber recuperado la libertad, Yaacob Harary vuelve sobre los 15 meses y tres días que pasó detenido en la cárcel El Rodeo I, en Venezuela, bajo el régimen de Nicolás Maduro. Arquitecto y productor de alimentos, de 71 años, asegura haber salido "más sensible" y con secuelas físicas severas, especialmente en los pulmones, producto de las condiciones de encierro. Durante parte de su cautiverio compartió pabellón y celda con el gendarme argentino Nahuel Gallo, a quien describe como físicamente fuerte, pero profundamente afectado en lo anímico.

Harary relata que Gallo fue trasladado al pabellón C y permaneció una semana con él en la misma celda. Según contó, el gendarme tenía dificultades para dormir y mostraba un alto nivel de ansiedad. "Lo único que le interesaba era mantenerse activo, correr, hacer ejercicio", recordó. Cuando podían salir al patio, Gallo corría o jugaba al básquet. También habló reiteradamente de su esposa y de su hijo, con el deseo constante de salir y reencontrarse con su familia. Harary asegura que fue el único preso al que filmaban de manera regular mientras le entregaban la comida, lo que él interpretó como pruebas de vida solicitadas desde el exterior.

Sanjuanino de origen, Harary fue detenido el 8 de octubre de 2024 cuando ingresó a Venezuela desde Arauca, Colombia, junto a su socio venezolano Douglas Javier Ochoa, de 44 años, quien continúa preso. Ambos habían llegado con la intención de instalar una fábrica de productos lácteos, similar a una que Harary tenía en Panamá, y desarrollar un emprendimiento agropecuario. Ochoa, según su testimonio, sufrió un deterioro psicológico progresivo y llegó a intentar suicidarse durante el cautiverio.

Acusado sin pruebas de terrorismo y financiamiento del terrorismo, Harary sostiene que los presos políticos extranjeros eran utilizados como "prendas de cambio" en negociaciones con otros gobiernos. Afirma que nunca se les explicó formalmente el motivo de la detención y que el proceso judicial fue una puesta en escena, sin garantías legales ni derecho a defensa efectiva. Incluso denuncia que dentro de la prisión les asignaron identidades falsas y los obligaron a firmar con esos nombres para cualquier trámite, atención médica o entrega de alimentos.

Las condiciones de detención, según describe, eran extremas: celdas de poco más de un metro y medio por cuatro, sin luz ni agua corriente, con una letrina en el piso y una cama de cemento con una colchoneta mínima. El lugar estaba infestado de insectos y el agua potable debía racionarse para todo el día. Harary asegura haber sufrido diarrea durante meses, crisis respiratorias sin atención adecuada y exámenes médicos falsos, cuyos resultados nunca fueron analizados.

La alimentación, señala, era deficiente y repetitiva, basada en arepas, arroz bañado en aceite y porciones mínimas de proteínas, lo que le generó problemas gastrointestinales severos. Aun así, remarca que lo más grave no fue el maltrato físico, sino el psicológico: la incertidumbre permanente, la despersonalización y la sensación de ser reducido a un número.

Pese a que al ser excarcelado le impusieron restricciones para hablar con la prensa, Harary decidió contar su historia con un objetivo claro: visibilizar la situación de quienes siguen detenidos. "Hablo por Nahuel Gallo, por mi socio Ochoa y por todos los que todavía están ahí. Hay gente que está perdiendo la cabeza", afirmó. Según su relato, en la prisión convivían detenidos de más de 45 nacionalidades distintas, muchos con más de un año y medio de encierro sin condena.