Hoy se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del "Poeta del rock argentino"
Luis Alberto Spinetta no fue solo un músico: fue una forma de mirar el mundo. Nació en Buenos Aires en 1950, en una casa donde los discos giraban como planetas cercanos y la poesía se respiraba sin esfuerzo. Desde muy joven entendió que el arte no era un adorno sino una necesidad, un lenguaje propio para decir lo que a veces no encuentra palabras. En esa intuición temprana se gestó una sensibilidad única, capaz de unir rock, literatura y una ética profunda de la belleza.
A fines de los años sesenta irrumpió con Almendra y cambió para siempre el mapa del rock argentino. Sus canciones no buscaban el golpe fácil ni la consigna de moda: proponían imágenes, preguntas, climas. "Muchacha (ojos de papel)" fue apenas una puerta de entrada a un universo lírico que invitaba a escuchar con atención y a sentir sin apuro. Spinetta se plantó desde el inicio en un lugar incómodo y valiente: el de quien no negocia su voz para encajar.
Después de Almendra vinieron Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade y una obra solista tan vasta como coherente. Cada etapa fue una mutación consciente, un riesgo asumido. Mientras otros repetían fórmulas, él avanzaba hacia territorios nuevos, mezclando jazz, rock, psicodelia y una poesía cada vez más introspectiva. No le interesaba la comodidad del éxito sino la honestidad del camino. Para Spinetta, crear era un acto de responsabilidad.
Su relación con la palabra fue tan intensa como con la música. Leía a Artaud, a Rimbaud, a Girondo, y esos ecos se filtraban en letras que no explicaban: sugerían. El Flaco confiaba en la inteligencia sensible de quien escucha. Creía que una canción podía ser un espacio de encuentro, un refugio, una pregunta abierta. En tiempos de ruido, defendió el derecho a la profundidad.
También fue un referente ético. En un país atravesado por la violencia y la censura, sostuvo una postura firme contra la banalización, el autoritarismo y la crueldad. Su célebre "Mañana es mejor" no fue ingenuidad: fue una declaración de principios. La esperanza, para Spinetta, era una forma de resistencia.
Padre, amigo, artista incansable, atravesó la vida con una coherencia poco común. Incluso en los momentos más duros, eligió la creación como respuesta. Cuando se despidió en 2012, dejó algo más que discos memorables: dejó una manera de estar en el mundo. Escuchar a Spinetta hoy es volver a esa invitación permanente a cuidar la sensibilidad, a defender la belleza y a creer -sin cinismo- que la música puede ser un acto de amor.