Sociedad Tendencia

El cambio demográfico ya llegó a Argentina: "Nos quedan 10 años"

La caída de los nacimientos en el país acelera el desafío: aún existe una ventana favorable para impulsar los ingresos, pero el envejecimiento exige más inversión, empleo femenino, formación y adaptación tecnológica. El fin gradual del llamado bono demográfico. ¿Qué es la resiliencia demográfica? La opinión de expertos

Viernes, 23 de Octubre de 2026

Argentina registró 413.135 nacimientos en 2024, un 46% menos que en 2015, según datos citados durante el XXII Congreso Argentino de Medicina Reproductiva. La caída acelera una transformación que excede la discusión sobre la natalidad: cambia de forma directa y profunda la relación entre trabajadores, niños y adultos mayores, y plantea desafíos para el empleo, las jubilaciones, la salud y la educación del futuro.

En 2015 hubo 770.040 nacidos vivos. La cifra descendió a 460.902 en 2023 y volvió a bajar en 2024. En menos de una década, el país pasó a registrar cerca de 357 mil nacimientos menos por año.

Los próximos 10 años son clave

El fenómeno forma parte de una transición que atraviesa a América Latina, aunque con ritmos diferentes entre los países.

Un informe del economista Eduardo Levy Yeyati, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella y ex economista jefe del Banco Central, junto con el demógrafo Rafael Rofman, investigador principal de Cippec, señala que Argentina todavía contaría con una década de impulso demográfico antes de que la proporción de población en edad de trabajar deje de crecer.




La caída de los nacimientos modifica la relación entre población en edad de trabajar, niños y adultos mayores, con efectos sobre el empleo, las jubilaciones, la salud y la educación

Esa ventana es limitada y está en crisis. Durante décadas, América Latina se benefició del llamado bono demográfico: aumentó la proporción de personas en edad de trabajar respecto de la población dependiente. Esto favoreció el ingreso por habitante, incluso sin mejoras de productividad, explicaron Levy Yeyati y Rofman en el informe al que tuvo acceso Infobae.

América Latina: el bono demográfico tiene fecha de vencimiento


El ingreso por habitante en América Latina y el Caribe pasó de USD 3.336 en 1960 a poco más de USD 9.000 en el último año relevado, según los datos incluidos en el análisis Levy Yeyati y Rofman. Parte de ese avance se vinculó con la mayor proporción de trabajadores, aunque los autores advierten que ese efecto no reemplaza las mejoras de productividad, empleo e inversión.

Argentina todavía cuenta con una ventana demográfica, pero el margen para transformar ese impulso en productividad es limitado 

Este mecanismo recibe el nombre de primer dividendo demográfico. Cuando crece la población en edad laboral y se mantiene estable la productividad, aumenta el Producto Bruto Interno (PBI) por habitante, porque cada trabajador sostiene, en promedio, a menos personas dependientes.


El envejecimiento de la población reducirá de forma gradual la proporción de personas en edad laboral, una de las postulaciones del informe de Levy Yeyati y Rofman

El primer dividendo demográfico termina cuando las generaciones menos numerosas, nacidas después de la reducción de la fecundidad, llegan a la edad de trabajar y aumenta el peso de la población mayor.

Japón muestra una fase avanzada de ese proceso. Entre 2000 y 2025, el cambio demográfico restó cerca de 0,57 puntos porcentuales por año al crecimiento económico, según el trabajo citado por los autores. China ya superó el máximo de su población en edad laboral y Corea del Sur avanza hacia una situación comparable.

En América Latina, Brasil, Chile, Colombia y Costa Rica ya alcanzaron el punto máximo de ese impulso. "Los países atraviesan etapas diferentes. Brasil, Chile, Colombia y Costa Rica ya alcanzaron su máximo impulso. Argentina tendría aproximadamente una década de dividendo demográfico creciente", explicaron Levy Yeyati y Rofman a Infobae.

Además de Argentina, Ecuador, México, Panamá, Perú y Uruguay conservarían cerca de una década antes de llegar a esa instancia. En el resto de la región, el margen sería algo mayor, aunque con diferencias según la evolución de la fecundidad, la longevidad y la participación laboral.

Los autores advierten que el cambio puede tener un impacto más amplio que el que surge de medir solo la cantidad de personas en edad de trabajar. Si el aporte de la estructura demográfica al crecimiento fuera superior al estimado, el desafío para compensar su agotamiento mediante empleo, productividad e inversión también será mayor.

La caída de los nacimientos se refleja en la tasa global de fecundidad. Los datos citados ubican a Argentina en torno a 1,2 hijos por mujer, lejos de los 2,1 necesarios para sostener el reemplazo poblacional en ausencia de migración. Las estimaciones pueden variar según la fuente y el período: en 2023 se informó una tasa de 1,33 hijos por mujer, mientras que mediciones anteriores la situaban cerca de 1,4.

El fenómeno excede al país. La revisión 2024 de World Population Prospects, elaborada por Naciones Unidas, estimó una fecundidad mundial de 2,25 hijos por mujer, frente a 3,31 en 1990. Más de la mitad de los países y territorios ya se encuentra por debajo del nivel de reemplazo, y cerca de uno de cada cinco registra una tasa inferior a 1,4 hijos por mujer.

China, Italia, Corea del Sur y España integran este último grupo. La velocidad de la transición en América Latina, China y Corea del Sur suma un desafío: procesos que, en algunos países desarrollados, se extendieron durante cerca de un siglo se concentran aquí en apenas unas décadas.

Para Levy Yeyati y Rofman, el dato central no es solo la disminución de los nacimientos, sino el tiempo disponible para adaptar la economía y las instituciones. "Aprovechar ese tiempo exige generar un segundo dividendo: invertir parte de los recursos actuales para elevar la productividad futura. El desafío consiste en equilibrar las necesidades de consumo inmediato con el ahorro y la inversión", explicaron a Infobae.

El agotamiento del dividendo demográfico no implica una caída inevitable de la actividad económica. Un estudio de Daron Acemoglu, David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott plantea que una menor disponibilidad de trabajadores puede impulsar respuestas que eleven la productividad.