Especialistas en psicología explican cómo saber cuándo una meta ya no es saludable y por qué cambiar de rumbo también es crecer.
Con el paso de las semanas, las metas que parecían claras al inicio del año empiezan a chocar con la vida real. Rutinas que no se sostienen, hábitos que se abandonan, objetivos que se sienten cada vez más pesados. Para muchas personas, ese desfasaje no es solo organizativo: también tiene impacto emocional.
La psicología viene observando desde hace tiempo que no todas las metas funcionan igual para todas las personas y que insistir en objetivos poco realistas puede afectar el bienestar mental, las relaciones y la salud.
"Lo que funciona para una persona puede no funcionar para otra", explica Hugh Riddell, profesor de Psicología en la Universidad Curtin, en Australia, que analizó junto a su equipo más de 235 estudios internacionales sobre cómo las personas ajustan -o abandonan- sus objetivos frente a los obstáculos.
Leé también: objetivos imposibles puede tener un costo real. Las investigaciones muestran mayor estrés, menor bienestar e incluso consecuencias físicas", señala. "En cambio, dejar ir una meta y volver a comprometerse con otra puede restaurar el sentido y la motivación".
La evidencia sugiere que soltar no siempre es fracasar: a veces es adaptarse.
"Un objetivo saludable debería ampliar tu vida, no reducirla", sostiene la psicóloga educativa y del desarrollo Anushka Phal. Desde su mirada clínica, hay una señal clara de alarma: "Cuando la persecución constante de un resultado te desconecta del descanso, de los vínculos, de la creatividad o del disfrute, algo necesita cambiar".
Phal explica que muchas personas siguen persiguiendo metas que ya no representan quiénes son hoy, sino versiones pasadas de sí mismas. En esos casos, la rigidez suele generar culpa, autoexigencia extrema y sensación de fracaso permanente.
Modificar una meta -o redefinirla- no implica renunciar al deseo, sino ajustarlo a la etapa de vida actual.
No hay una fórmula exacta, pero los especialistas coinciden en algunos indicadores frecuentes:
La coach de vida Megan Luscombe, que trabaja con mujeres y personas LGBTQIA+, lo ve a diario en consulta: "Los objetivos poco realistas suelen aparecer como burnout, enojo y la sensación de estar atrapado en algo que uno mismo eligió".
Para Luscombe, el punto clave es preguntarse qué función cumple hoy ese objetivo y si sigue alineado con los valores personales.
Otro aspecto central es el peso cultural. Según Phal, muchas metas no nacen del deseo propio, sino de expectativas externas. "En personas de contextos migrantes o colectivistas, los objetivos suelen estar marcados por mandatos familiares o sociales", explica.
"Cuando un sueño empieza a sentirse como una deuda emocional en lugar de una fuente de sentido, vale la pena preguntarse: ¿este objetivo es realmente mío?", agrega.
Reconocer esto no implica desagradecimiento ni rebeldía, sino autenticidad psicológica.
Riddell recomienda elegir metas que estén alineadas con la propia realidad, y no con lo que se ve atractivo en redes sociales.
"Deben ser desafiantes y estimulantes, pero también realistas", afirma. "La investigación muestra que la constancia en pequeños pasos es más efectiva que los grandes saltos".
Una estrategia útil es pensar en versiones alternativas del mismo deseo:
Para Phal, esto no es resignación, sino madurez emocional: "Abandonar una meta no es falta de disciplina. Muchas veces es sabiduría del sistema nervioso. Aferrarse rígidamente a sueños creados por una versión anterior de uno mismo puede impedir crecer".
Más que preguntarse "¿por qué no puedo cumplir mis metas?", los especialistas proponen otra pregunta, más amable y más útil: esta meta, ¿me está ayudando a vivir mejor hoy?
Si la respuesta es no, revisar el camino no es retroceder. Es cuidar la salud mental.