Mendoza Se supo

Café con rosca: "Volvieron"

Eran las siete en punto de la tarde, jueves, no era el primer jueves de 2026 pero el primero en que los muchachos se reunían este año.  

Domingo, 18 de Enero de 2026

La cafetería olía a lo de siempre: café recién molido, medialunas y madera vieja que ya había escuchado demasiadas conversaciones como para sorprenderse de algo. Eran las siete en punto de la tarde, jueves, no era el primer jueves de 2026 pero el primero en que los muchachos se reunían este año.  Afuera, el calor apretaba, pero adentro Aldo había bajado un poco las luces y encendido el ventilador de techo, más por costumbre que por eficacia.

-Arrancamos el año con ausencias -dijo Aldo, secándose las manos con el repasador mientras miraba la mesa del fondo-. Mala señal.

Gastón, el magistrado, ya estaba sentado. Pantalón liviano, chomba y zapatillas de lona. Tenía esa cara de enero en la ciudad: cansancio sin haber trabajado demasiado y una atención flotante, como si la cabeza todavía estuviera en otro lado.

-No exagerés -respondió, acomodando la cucharita sobre el plato-. Enero siempre fue así. La rosca se muda con el calor.

Hernán apareció con un cortado mediano y una soda, que dejó sin preguntar.

-El grandote viene en camino -avisó-. Me mandó un audio, está estacionando. o negociando algo, que para él es casi lo mismo.

Gastón sonrió apenas. Miró la silla vacía del innombrable, como si pudiera adivinarla llena de llamados, mensajes en clave y silencios incómodos. Primero, Punta del Este, pensó. Familias, asados, fiestas de Lino. Después, la costa argentina y todo lo que no figura en ninguna agenda, pero define el año político más que cualquier sesión.

-El innombrable no vuelve igual después del verano -dijo Aldo, bajando la voz-. Nunca vuelve igual.

-Vuelve con más información -corrigió Gastón-. Y con menos paciencia.

La puerta se abrió de golpe y el grandote entró como si siguiera caminando aun cuando ya se había detenido. Camisa abierta en el cuello, piel todavía marcada por el sol caribeño de noviembre, y ese andar seguro del que sabe que, pase lo que pase, alguien va a necesitarlo.

-Feliz año, muchachos -dijo, tomando una silla sin pedir permiso-. ¿Arrancamos o esperamos a que vuelva la democracia?

Hernán volvió a aparecer, esta vez con un café con leche y una medialuna.

-Te lo hice fuerte, por las dudas -le dijo.

-Siempre -contestó él-. Enero no perdona.

Hubo un silencio breve. No incómodo, pero sí cargado. Era la primera vez en meses que estaban así: incompletos. El flaco en Cochoa, mirando el Pacífico y haciendo cuentas en su cabeza; el innombrable cruzando apellidos y futuros en playas privadas; y ellos dos, en la vieja cafetería, como guardianes de una rutina que en enero se siente crujir.

-¿Y? -preguntó Aldo, apoyándose en el mostrador-. ¿Cómo viene la cosa?

El grandote apoyó los codos sobre la mesa y bajó la voz.

-Movida. Más de lo que dicen los diarios, menos de lo que se comenta en los pasillos. La obra pública vuelve a ser palabra permitida. pero con asterisco.

Gastón levantó la vista.

-¿Condicionado?

-Todo lo está -respondió el grandote-. Plata hay, pero hay que saber por dónde entra y, sobre todo, por dónde sale.

Aldo negó con la cabeza, como si ya hubiera escuchado esa frase demasiadas veces.

-Primer jueves del año -murmuró-. Siempre es el más peligroso.

Gastón miró el reloj. Eran las siete y doce. Afuera, el ruido del tránsito subía y bajaba como una respiración agitada.

-Brindemos igual -dijo, levantando la taza-. Por los que están y por los que, aunque no vengan, siempre están jugando la partida.

El grandote apoyó la espalda en la silla, miró alrededor como si estuviera contando a los presentes. y también a los ausentes.

-Hablando de estar y no estar -dijo-, el flaco ahora debe estar en Chile, ¿no?

Aldo levantó una ceja.

-Cochoa -acotó-. Vista plena. Siempre le gustó mirar el agua desde arriba.

Gastón tomó un sorbo de café, sin apurarse.

-Ese departamento tiene más historia que varios ministerios -dijo, casi al pasar.

Hernán, que estaba limpiando una mesa cercana, afinó el oído.

-¿Historia? -preguntó-. Yo siempre escuché que se lo compró en los noventa.

El grandote soltó una risa corta, nasal.

-En los noventa juntó los dólares -corrigió-. Que no es lo mismo. Menemato puro y duro. Cuando nadie miraba, él guardaba.

Gastón asintió.

-Después vino la caída de la Rúa, el caos, Duhalde. y el famoso cuatro a uno. Ahí hizo la diferencia de su vida.

Aldo chistó bajito.

-O sea que Cochoa se pagó con paciencia y timing.

-Como todo lo del flaco -dijo el grandote-. Nunca fue épico, siempre fue rentable.

Hernán dejó el trapo sobre la barra.

-¿Y sigue ahí ahora?

-Sí -respondió Gastón-. Primera quincena con la familia. Yo voy la semana que viene. Diez días, no más. Después él lo empieza a alquilar.

-A chilenos -agregó el grandote-. En pesos chilenos. Cuando lo pasa a argentino, se paga sus vacaciones, y un poco más, sin levantar la voz.

Aldo negó con la cabeza.

-Siempre un paso antes.

El grandote se inclinó hacia adelante. El tono cambió. Ya no era anécdota; era arranque.

-Hablando de anticiparse. yo por eso me fui en noviembre al Caribe.

Gastón lo miró fijo.

-No parecía momento de vacaciones.

-No lo era -dijo el grandote-. Era momento de ordenarse la cabeza. Porque sabía que enero venía pesado.

Hernán volvió con un par de sodas, sin que nadie se las pidiera.

-¿Pesado cómo? -preguntó Aldo.

El grandote apoyó los dedos gruesos sobre la mesa, uno por uno.

-Obra pública. Vuelve en serio. No para la foto, para mover estructura. Se empezó a hablar antes de las fiestas.

Gastón frunció el ceño.

-¿Ya?

-Ya. Tanto que cuando se abrieron los sobres. -hizo una pausa, disfrutándola- .no estaba ni el mandamás local.

Aldo abrió grande los ojos.

-¿Y vos?

-Yo sí -dijo el grandote, sin sonreír-. Desde temprano.

El silencio cayó como una servilleta húmeda sobre la mesa.

-Eso explica las vacaciones en noviembre -dijo Gastón-. Necesitabas llegar a enero limpio.

-Enfocado -corrigió el grandote-. Porque esto no se negocia cansado. Y menos cuando todos vuelven con arena en los zapatos.

Aldo se cruzó de brazos.

-Primer jueves del año -repitió-. Y ya están hablando de sobres abiertos. 

Gastón miró la silla vacía del flaco, después la del innombrable.

-Cuando vuelvan -dijo-, la mesa va a quedar chica.

El grandote levantó la taza.

-Por eso hay que ir calentando -brindó-. Enero no espera. Y el Acceso Este tampoco. Once empresas.

Bastante más de lo que muchos esperaban.

Hernán se apoyó un segundo en la barra.

-Y al otro día los diarios ya sabían quién había ganado -ironizó el magistrado.

El grandote sonrió de costado.

-Ni siquiera al otro día. En el mismo momento.

Gastón levantó la vista.

-¿Cómo que en el mismo momento?

-Tal cual -dijo Aldo-. Yo estaba leyendo el celular mientras cerraba la caja. Notas en tres portales distintos. Todos diciendo más o menos lo mismo.

El grandote continuó:

-Apenas se abrieron los sobres, empezaron a circular notas diciendo cuál era la "oferta más conveniente". Nombre de la empresa, porcentajes, gráficos prolijos. todo muy didáctico.

-Una en particular -agregó Gastón-. La del famoso treinta por ciento.

Aldo, secando una taza, frunció el ceño.

-Treinta por ciento menos que el presupuesto oficial. Eso decían -aclaró Gastón, encogiéndose de hombros. 

-Esa empresa salió a hacer lobby en los medios como si ya estuviera cortando la cinta. Radios, portales, algún que otro diario en papel. El mensaje era claro: "somos los más baratos, somos la solución. Si no nos eligen, por algo.

Gastón apoyó lentamente la cucharita.

-Pero. -dijo, dudando- eso es una licitación. Hay un proceso. Transparencia, pliegos, evaluación técnica. No se puede decidir así nomás. No debería haber margen para preferencias.

El silencio duró apenas un segundo.

Después, la carcajada.

Primero el grandote, profunda, contagiosa. Después Aldo, negando con la cabeza. Hernán se dio vuelta para disimular la risa mientras secaba un vaso que ya estaba seco.

-Perdón -dijo el grandote, cuando pudo recuperar el aire-. No me reía de vos. bueno, un poco sí.
Gastón se quedó mirándolo, genuinamente desconcertado.

-A ver -insistió-, si hay once oferentes, si se abrieron los sobres, si todo es público. ¿dónde entra el lobby?

El grandote se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

-Ahí mismo, hermano mío. En ese espacio gris entre lo técnico y lo conveniente. 

-Y las personas leen diarios -agregó Gastón-. Escuchan radio. Toman café con gente que "opina".

El grandote asintió.

-Yo no digo nombres -aclaró-, pero mi trabajo es que, de esas once empresas, una termine siendo "la que mejor cierra". No la más barata, ni la de mayor estándar técnico, sino la que mejor encaja.

Gastón abrió la boca, la cerró. Negó despacio.

-Pero si los números no dan.

-Los números siempre dan -lo interrumpió el grandote-.

Aldo apoyó los codos en la barra.

-Y mientras tanto -dijo-, los titulares ya instalaron la idea.

-Exacto -cerró el grandote-. Cuando llegue el dictamen técnico, muchos ya van a saber cuál ganará.

Gastón se recostó en la silla, todavía sorprendido.

-Yo pensé que.

-Sé lo que pensaste -lo cortó el grandote, con media sonrisa-. Y por eso, entre otras cosas, te apodamos 'magistrado'. Porque todavía creés que el expediente habla solo.

La risa volvió, más suave esta vez, casi cómplice.

El clima se relajó apenas, como si la risa hubiera servido para cambiar de carril. Aldo aprovechó para bajar un poco más el volumen de la radio y apoyar los antebrazos en el mostrador.

-Igual, si hablamos de internas ridículas. -dijo Gastón- lo del radicalismo ya roza lo teatral.

El grandote levantó la cabeza.

-¿Lo de los radicales con peluca?

-Y los ex radicales que ahora reparten carnets de pureza. Es hermoso -dijo, acomodándose en la sill

-. Porque radicales puros. ya no queda ninguno.

-Exacto -asintió Aldo-. Quedan recuerdos, fotos en blanco y negro y algún discurso viejo.

El grandote sonrió.

-Pero ahora aparecieron los custodios del templo.

-Lustó -dijo Hernán, sin rodeos.

Gastón hizo un gesto ambiguo, como midiendo palabras.

-Ese mismo. Lidera el grupo de diputados que se indignan porque otros radicales acompañan al gobierno de Milei -explicó-. Los famosos "radicales con peluca". Y pide que les saquen el sello. Nada menos.

El grandote soltó una risa incrédula.

-¿A quién se lo pide?

-Al actual presidente del partido -respondió Gastón-. El intendente de Venado Tuerto.

-Mirá vos -dijo el grandote-. Federalismo en estado puro.

Gastón negó despacio.

-Lo que me sorprende es la autoridad moral con la que lo hace.

-Eso es lo mejor de todo -intervino el grandote y apoyó un codo en la mesa-. Porque Martincito fue el que dinamitó el partido desde adentro cuando fue presidente. Hasta dejarlo hecho polvo.

-No fue a ninguna elección con el sello radical -continuó Gastón-. A ninguna.

-Y a la primera de cambio -agregó el grandote- se fue con Provincias Unidas.

-Ni el dos por ciento -respondió Gastón-. Con suerte.

Se hizo un silencio breve, casi respetuoso, como cuando se menciona una cifra incómoda.

-Y ahora -dijo el grandote- mide a los demás con la vara de la pureza radical.

-La paradoja es que los que hoy acompañan a Milei lo hacen diciendo que es para garantizar gobernabilidad. No por amor ideológico -concluyó el grandote.

-Pero eso no entra en la narrativa -dijo su amigo-. Es más fácil decir que "traicionaron el espíritu radical".

El grandote se encogió de hombros.

-El espíritu radical hace rato que no paga alquiler en el Congreso. Lo subalquilan.

Gastón lo miró, serio.

-Igual, la pelea va a escalar.

-Seguro -respondió el grandote-. Porque cuando no hay proyecto, queda la identidad. Y cuando no hay identidad clara, se pelea por el sello.

Hernán apoyó una taza limpia en la mesa.

-Y mientras tanto -dijo Aldo-, el gobierno agradece.

Gastón miró el reloj.

-Y como todas esas peleas -dijo-, va a hacer ruido. pero no va a cambiar nada.

-Todo es ruido últimamente -dijo-. En el Congreso, en los partidos. y hasta en Tribunales, parece. -lanzó el grandote, mirando a Gastón-. Che, ¿Qué es ese quilombo que se armó en el Poder Judicial por un premio?

Gastón suspiró antes de responder, como si ya supiera que esa historia no tenía épica posible.

-El "empleado del año" -dijo-. Sí, hizo bastante ruido.

Hernán se acercó con curiosidad.

-¿Y? ¿Qué pasó? ¿Se lo dieron a uno que no gustó?

-Peor -respondió Gastón-. Se lo dieron a alguien que hizo su trabajo.

El grandote largó una carcajada corta.

-Eso siempre molesta.

Gastón continuó:

-Fue una pasante. Una chica joven, estudiante de Derecho. Entró como cualquier otra, sin padrinos, sin apellido pesado.

Ahora fue el grandote el que frunció el ceño.

-¿Y eso generó lío?

-Lo que generó lío fue lo que hizo -aclaró Gastón-. Llegó a un área de los juzgados provinciales que estaba. digamos. en pausa prolongada.

El grandote sonrió, ya imaginando.

-Expedientes durmiendo.

-Durmiendo es una forma amable de decirlo -corrigió Gastón-. Encontró pilas de expedientes en un baño clausurado. Otros abajo de una cafetera que nadie usaba. Algunos servían de apoyo para monitores, para que no quedaran torcidos.

Hernán abrió grande los ojos.

-¿En serio?

-En serio -asintió Gastón-. Eran expedientes que nadie había vuelto a mirar. Estaban ahí, apuntalando escritorios, sosteniendo cosas. Pero no avanzaban.

Aldo negó con la cabeza.

-Clásico.

-La chica los sacó de ahí -siguió Gastón-. Los limpió, los ordenó, los clasificó. Y empezó a darles movimiento.

El grandote chasqueó la lengua.

-Error de principiante.

-O virtud -dijo Gastón-. Porque además hizo algo imperdonable para algunos.

-¿Qué? -preguntó Hernán, cada vez más cerca de la mesa.

-Les enseñó a sus compañeros a usar Google Drive.

La risa fue general.

-No, bueno. -dijo Aldo-. Eso ya es provocación.

-Tal cual -respondió Gastón-. Les armó carpetas, les explicó cómo cargar datos, cómo compartirlos. Para que dejaran de imprimir hojas, poner una tilde, una firmita, volver a imprimir.

El grandote se secó una lágrima imaginaria.

-Una revolucionaria.

-Para algunos, sí -dijo Gastón-. Para otros, una amenaza. Porque dejó en evidencia que muchas demoras no eran por falta de recursos. sino por vag. por costumbre.

Hernán se cruzó de brazos.

-¿Y por eso el premio?

-Por eso mismo -asintió Gastón-. Porque en un año avanzó más expedientes que en los últimos cinco.

Aldo chistó.

-Y ahí se armó el ruido.

-Claro -cerró Gastón-. Empezaron los comentarios: que era joven, que era pasante, que "no entendía los tiempos del Poder Judicial".

El grandote se recostó en la silla.

-Los tiempos. -repitió-. El eufemismo más caro del país.

Gastón tomó un trago de soda.

-El problema no fue el premio -dijo-. El problema fue que alguien mostró que se podía trabajar distinto. o, simplemente, trabajar.

El grandote se estiró, hizo crujir el cuello y sonrió como quien entra en terreno amigo.

-Bueno. basta de Congreso, Tribunales y licitaciones -dijo-. Hablemos de lo importante.

Aldo levantó la vista, cómplice.

-¿Farandulita?

-Los puros -corrigió el grandote-. La verdadera política.

Hernán se rió mientras apoyaba otra ronda.

-La rosca que no figura en el Boletín Oficial.
Gastón aflojó el gesto serio por primera vez en un rato.

-¿Radios?

-Radios -confirmó el grandote y se inclinó hacia adelante -. Mendoza está que arde. Volaron a un histórico de la primera mañana. Al de siempre. Años despertando a media provincia.

Gastón arqueó las cejas.

-¿Cansancio?

Aldo soltó una carcajada.

-Eso dicen.

-Pero en realidad -continuó el grandote- fue una jugada quirúrgica del nuevo director del medio.

-Que hace rato quería ese micrófono -sumó-. El prime time de la mañana.

Gastón asintió lentamente.

-¿Y cómo lo hizo?

-Como siempre -respondió el corpulento-. Entre las sombras. Llamaditas, versiones, desgaste. Manual viejo.

-Toda la vida se movió así -dijo el magistrado, y preguntó - ¿Y los oyentes?

-Ahí está el detalle -dijo el grandote-. No es precisamente el más querido.

Aldo se frotó las manos.

-Por eso en los otros medios están haciendo cuentas. Creen que es el momento para disputarle la primera mañana. Están todos rearmándose. Moviendo piezas, tanteando conductores.

Gastón tomó un sorbo de café.

-Conductores, sin micrófono en este momento, hay pocos. Te diría que uno solo. Escuché que en otro medio también hay ruido y que irían por ese.

El grandote asintió.

-Sí. Uno de los fundadores se corrió de ese horario a mitad de año para dejarle lugar a uno que pegó un portazo en otro lado. Una apuesta fuerte. Pero parece que no estaba convencido del todo y se fue.

Gastón se rió.

-O sea, ruido por todos lados.

-Tal cual -dijo Aldo-. Micrófonos calientes, egos sensibles y números que no cierran.

Gastón miró alrededor, divertido.

-Y todo eso se define ahora.

-Enero es el mes de las puñaladas silenciosas -sentenció el grandote-. En febrero ya aparecen las grillas cerradas.

Hernán levantó una taza a modo de brindis.

-Para competir todo el año.

-Antes de que levantemos campamento -dijo Gastón-, falta el broche de oro.

El grandote levantó la vista, curioso.

-A ver.

-El cierre definitivo de Acequia.

Hubo un segundo de silencio. y después una mezcla de suspiros y sonrisas cansadas.

-Ah. Acequia -dijo el grandote-. El canal que nació con vocación de recuerdo.

Hernán apoyó la bandeja en la mesa.

-Ahora sí, eh. Fideicomiso cerrado. Final, final.

El grandote negó despacio.

-Ese canal tuvo más gobernadores que rating.

Aldo se rió.

-Lo inauguró Paco, con bombos y platillos. Estudios flamantes, equipos nuevos, discurso épico, la televisión pública mendocina, plural, moderna.

-Después vino el mandamás -agregó Gastón- y lo cerró. Después vino el Rody.

-Y ahora -remató Gastón-se dio por terminado el fideicomiso. Acta, firma y a otra cosa.

El grandote apoyó los dedos sobre la mesa.

-¿Sabés cuánto nos costó cerrarlo? Más de doscientos millones de pesos -preguntó y respondió Gastón-. Solo cerrarlo.

Aldo levantó las cejas.

-Sin contar lo que costó montarlo. Ni los sueldos -sumó el grandote-. Sueldos saliendo del Estado para sostener un capricho. O sea, pagamos para abrirlo, pagamos para mantenerlo y pagamos para cerrarlo.

-Eficiencia estatal en estado puro -ironizó Gastón, tomando aire -Lo peor es que nunca terminó de cumplir ninguna función clara. Ni competencia real, ni voz alternativa, ni audiencia sostenida.

-Era un canal que existía -dijo-. Nada más.

El grandote sonrió, malicioso.

-Por algo se llamaba Acequia.

Aldo se rió antes de que terminara la frase.

-Claro. porque no llegaba a ser canal.

La carcajada fue general, larga, liberadora.

Aldo se cruzó de brazos.

-Más de doscientos millones para tapar una acequia. Hay obras hidráulicas más baratas. -dijo Gastón, ya poniéndose de pie -.  Y los contribuyentes, siempre pagando la fiesta, aunque no estén invitados.

-Al final -dijo Hernán-, la farándula de los medios se parece mucho a la política.

El grandote negó con la cabeza, entre risas.

-No. Es peor. Porque acá nadie finge que lo hace por la gente.

Rieron los cuatro. Afuera, la noche de verano seguía su curso. Adentro, en la vieja cafetería, habían dejado por un rato las preocupaciones serias para entregarse a ese vicio delicioso que nunca falla: hablar de los demás, sabiendo que, en el fondo, todo también hablaba de ellos.