La economía argentina enfrenta un problema que no depende solo de Milei, Caputo o del Banco Central: la creciente inestabilidad de Brasil, nuestro principal socio comercial.
El creciente deterioro financiero brasileño, las elevadas tasas de interés, el endeudamiento público y la devaluación del real representan una amenaza concreta para la economía argentina. Mientras Lula enfrenta las consecuencias de su política de gasto, nuestro país corre el riesgo de perder competitividad, exportaciones y actividad industrial.
La economía argentina enfrenta un problema que no depende solo de Milei, Caputo o del Banco Central: la creciente inestabilidad de Brasil, nuestro principal socio comercial.
A las turbulencias internacionales vinculadas con la inteligencia artificial, la caída de las materias primas y la volatilidad de las bolsas, se suma ahora un frente regional especialmente delicado.
Brasil combina un Estado fuertemente endeudado, tasas de interés extraordinariamente altas y una creciente desconfianza de los mercados.
La inflación brasileña se ubica en torno al 5% anual, mientras la tasa Selic ronda el 13% y los bonos públicos a diez años llegaron a ofrecer rendimientos cercanos al 15%.
Es una combinación peligrosa. El Estado debe pagar intereses muy superiores a la inflación para conseguir financiamiento, mientras el elevado costo del dinero desalienta la inversión y el consumo.
El aumento del gasto público, los programas de asistencia, los beneficios fiscales y las medidas electorales tienen consecuencias presupuestarias que Brasil deberá afrontar.
El déficit nominal, que incluye los intereses de la deuda, refleja una presión financiera considerable. No debe confundirse con el déficit primario, pero ambos indicadores permiten evaluar la sostenibilidad de las cuentas públicas.
El problema se agrava cuando el Estado necesita emitir más deuda para afrontar sus compromisos y los inversores exigen rendimientos cada vez mayores.
Una tasa de financiamiento del 15% anual en moneda local no es una señal de tranquilidad. Es el precio que el mercado exige para asumir el riesgo brasileño.
Y mientras Brasil intenta sostener su actividad económica, la depreciación del real comienza a trasladar sus problemas al resto del Mercosur.
Brasil es el principal destino individual de las exportaciones argentinas, con especial importancia para automóviles, autopartes, productos químicos, plásticos y manufacturas industriales.
Cuando el real pierde valor frente al dólar y el peso argentino permanece relativamente estable, los productos argentinos se encarecen para los compradores brasileños.
El resultado es sencillo: Argentina pierde competitividad frente a Brasil sin necesidad de que aumenten sus costos internos.
La situación también funciona en sentido contrario. Los productos brasileños se abaratan en dólares y pueden ingresar a nuestro mercado con precios que complican todavía más a la industria nacional.
Para una economía argentina que intenta recuperar el crédito, la inversión y el consumo, este deterioro externo aparece en un momento particularmente inoportuno. Y esta vez no fue generada por nosotros, solo por el plan patota de un Lula desesperado por ganar.
La devaluación brasileña vuelve más atractivos destinos como Florianópolis, Camboriú y Río de Janeiro frente a Mar del Plata, Pinamar y otros centros turísticos argentinos.
Con costos internos elevados, impuestos importantes y servicios cada vez más caros, la Costa Atlántica enfrenta una competencia que no puede resolver solamente con promociones.
Un Brasil más barato puede captar una parte significativa del turismo argentino durante el próximo verano, afectando hotelería, gastronomía, comercio y empleo estacional.
A pesar del contexto internacional, el dólar argentino y los bonos soberanos mostraron una resistencia relativamente mayor que las acciones locales.
Sin embargo, la caída de las cotizaciones bursátiles refleja que los inversores siguen observando dificultades para transformar la estabilidad macroeconómica en mayores ganancias empresariales.
La Argentina necesita recuperar inversión privada, producción y ventas. Y un Brasil debilitado representa un obstáculo adicional.
En este escenario, la salida de Flávio Bolsonaro de Brasil abrió otro conflicto político.
La cuestión central es determinar cómo pudo abandonar territorio brasileño frente a las restricciones judiciales dispuestas en su país. Esa responsabilidad corresponde solo a las autoridades de Brasil.
Argentina sostiene que su ingreso se produjo con documentación válida y sin una orden internacional de captura vigente. Garantizar su integridad física durante su permanencia en el país no demuestra, una participación irregular en su salida.
Las acusaciones sobre una intervención personal de Lula o una coordinación política previa empieza a escucharse.
Pero esta controversia no debería ocultar el verdadero problema regional.
Argentina hizo un esfuerzo importante para recuperar el equilibrio fiscal y contener la inflación. Todavía tiene enormes dificultades para reactivar la economía real, pero no puede permitir que el deterioro brasileño termine neutralizando esos avances.
El Gobierno argentino deberá seguir especialmente la evolución del real, la demanda industrial brasileña y la competitividad de nuestras exportaciones.
Porque mientras Brasil enfrenta las consecuencias de su política fiscal y de su creciente endeudamiento, la Argentina necesita vender más, producir más y generar empleo.
La gran paradoja es que, después de años de desorden económico propio, Argentina comienza a enfrentar un riesgo que llega desde afuera: que la crisis de su principal socio comercial termine frenando una recuperación que todavía no consiguió consolidarse.