Investigadores analizan si el funeral de un pastor en Mongbwalu fue uno de los primeros eventos de superpropagación del brote de Ébola que golpea al este de Congo.
Un funeral en una zona minera del este de la República Democrática del Congo quedó bajo investigación como posible punto clave en la expansión de un nuevo brote de Ébola. Las autoridades sanitarias intentan reconstruir el origen de la epidemia y determinar si el entierro del pastor Paluku Makundi Denis, realizado el 4 de febrero en Mongbwalu, fue uno de los primeros eventos de superpropagación.
El caso comenzó con un viaje de tres horas desde la morgue de Bunia hasta Mongbwalu, en la provincia de Ituri. El cuerpo del religioso, de 44 años, fue trasladado en un ataúd de madera colocado en la parte trasera de una camioneta Nissan. Varios familiares jóvenes viajaron sentados sobre el féretro, que terminó quebrándose por el peso y por el estado del camino.
Cuando el vehículo llegó al pueblo, el ataúd estaba roto. Según la reconstrucción de Reuters, familiares y vecinos trasladaron el cuerpo a un nuevo cajón antes del velorio y el entierro. Esa maniobra es considerada especialmente riesgosa si la persona fallecida tenía Ébola, ya que los cuerpos de las víctimas pueden ser altamente infecciosos.
El pastor había sido diagnosticado el 3 de febrero con peritonitis, una grave infección abdominal, en un hospital de Bunia. No se le realizaron pruebas de Ébola porque, en ese momento, las autoridades congoleñas aún no habían confirmado la existencia de un brote.
Los investigadores buscan establecer si Makundi fue el primer caso o uno de los contagios iniciales. La cepa detectada es Bundibugyo, una variante poco frecuente del Ébola que puede matar entre el 30% y el 50% de los infectados y para la cual no existe vacuna ni cura específica.
Un epidemiólogo que participa de la investigación estimó que el virus pudo haber circulado entre cuatro y seis meses antes de la confirmación oficial del brote, anunciada el 15 de mayo. Hasta ahora, el brote dejó alrededor de 635 infecciones confirmadas y al menos 127 muertes en el este de Congo, aunque las autoridades advierten que la cifra real podría ser mayor.
Tras la muerte del pastor, más de 80 familiares, amigos y vecinos participaron del funeral en el cementerio local. En los días posteriores, varios integrantes de la comunidad comenzaron a enfermarse. El alcalde de Mongbwalu, Sesereki Mandro Israel, afirmó que en las dos semanas siguientes se registraron casi 50 muertes, muchas con síntomas compatibles con Ébola, como fiebre, vómitos, sangrados y deterioro rápido.
Entre los primeros fallecidos estuvo Idi, hermano del pastor, quien murió el 16 de febrero por una presunta apendicitis. Luego murieron otro hermano y un familiar, con diagnósticos preliminares de hemorroides y tuberculosis. Todos esos casos fueron marcados por las autoridades sanitarias como episodios que requieren mayor investigación.
La tragedia sanitaria se mezcló rápidamente con versiones comunitarias sobre lo ocurrido durante el entierro. Después del funeral, comenzó a circular el rumor de que el ataúd original, ya roto, había sido incendiado. Ninguno de los familiares y vecinos consultados dijo haber visto el momento del fuego, aunque varios aseguraron haber observado los restos quemados.
En Mongbwalu, algunos vecinos interpretaron la quema del ataúd como una ofensa a los ancestros. La situación se agravó después del entierro de otro hermano del pastor, cuando una disputa familiar por el lugar del velorio terminó con la intervención de la policía. Para parte de la comunidad, las muertes posteriores no fueron consecuencia de un virus, sino de una supuesta maldición.
La versión se expandió en redes sociales y alimentó la desconfianza hacia médicos, trabajadores humanitarios y autoridades. Incluso un grupo musical local grabó una canción sobre los rumores, con una frase que decía que un ataúd recorría Mongbwalu "dejando devastación a su paso".
Ese clima complicó la respuesta sanitaria. Cuando los investigadores llegaron a la zona en mayo, encontraron resistencia de algunos residentes. El 22 de mayo, jóvenes de una aldea cercana atacaron a un equipo que reunía información sobre un caso confirmado de Ébola. Un día después, desconocidos incendiaron una carpa de aislamiento instalada por organizaciones de ayuda en el Hospital General de Mongbwalu.
El brote también golpeó directamente a la familia del pastor, que quedó señalada por algunos vecinos como responsable de la tragedia. Pascal Kibali, padre de Makundi, rechazó esas acusaciones y sostuvo que su familia también fue víctima de lo ocurrido.
"Destrozaron el ataúd de mi hijo y me culparon por las muertes que siguieron", dijo entre lágrimas. "Pero yo soy la víctima: fue el ataúd de mi hijo el que fue profanado".
Mientras tanto, las autoridades sanitarias intentan reconstruir la cadena de contagios en una región atravesada por la pobreza, la minería informal, los desplazamientos y la desconfianza hacia los equipos médicos. Para los especialistas, identificar el origen del brote es clave no solo para contener la epidemia actual, sino también para prevenir futuros focos de Ébola en una zona donde el virus pudo haber circulado durante meses sin ser detectado.