Al frente de Saint Laurent, Anthony Vaccarello transformó la estética de la emblemática casa de alta costura francesa en un proyecto cultural que impulsa el cine de autor y lo posiciona
Hay trayectorias que no siguen un camino recto, sino que se construyen cruzando mundos. La de Anthony Vaccarello es una de ellas. Cuando asumió la dirección creativa de Saint Laurent en 2016, no solo heredó una casa de moda con historia: encontró un lenguaje y decidió expandirlo más allá de las pasarelas.
Desde el inicio, su mirada fue distinta. No se trataba solo de diseñar colecciones, sino de crear una estética con profundidad, capaz de dialogar con otras disciplinas. El cine, ese territorio que siempre lo había fascinado, apareció como el aliado perfecto. No como un recurso publicitario, sino como un espacio artístico real.
El primer paso llegó en 2019, con un cortometraje dirigido por Gaspar Noé. No fue una campaña ni un contenido promocional clásico. Fue una obra experimental, intensa, donde la moda dejó de ser decorado para convertirse en parte del relato. En pantalla aparecían figuras cercanas al universo de la marca, como Charlotte Gainsbourg, Béatrice Dalle y la modelo argentina Mica Argañaraz. Era una declaración de principios: la moda podía habitar el cine sin perder su identidad.
Ese proyecto no fue un experimento aislado. Fue el inicio de algo más ambicioso. Vaccarello decidió profundizar ese vínculo y acercarse a los directores que admiraba desde joven. En 2021, el contacto con Jim Jarmusch abrió una nueva etapa. Primero llegó otro cortometraje. Después, una idea más grande: producir cine.
Así nació Saint Laurent Productions, una apuesta poco común dentro de la industria del lujo. No se trataba de financiar películas para posicionar una marca, sino de acompañar a cineastas en proyectos personales, sin condicionamientos comerciales. Un gesto que recuerda a los antiguos mecenas, donde el arte era el centro y no una excusa.
La estética que Vaccarello llevó a este universo mantiene el ADN de la casa: minimalismo, elegancia, una tensión sutil entre lo masculino y lo sensual. Pero también se adapta a cada historia, a cada mirada. Su rol deja de ser el de diseñador de vestuario para convertirse en creador de atmósferas, en alguien que construye identidad visual dentro del lenguaje cinematográfico.
El impacto no tardó en sentirse. Directores como Pedro Almodóvar y Paolo Sorrentino encontraron en este espacio una posibilidad poco frecuente: desarrollar proyectos libres, personales, arriesgados. Películas que muchas veces no encuentran financiamiento en los circuitos tradicionales.
Las producciones comenzaron a recorrer festivales como Festival de Cannes y Festival de Venecia, consolidando a la marca como la primera casa de lujo con una división cinematográfica propia. Pero más allá de los logros, lo que define esta historia es la intención.
En una época dominada por la inmediatez, por el contenido efímero y el consumo rápido, Vaccarello eligió otro camino. Apostó por obras que permanecen, por relatos que no se agotan en un scroll. Westerns, thrillers, dramas, documentales: géneros diversos, pero unidos por una misma idea.
No se trata solo de moda. No se trata solo de cine. Es la historia de alguien que entendió que el verdadero lujo puede ser el tiempo, la libertad creativa y la posibilidad de dejar una huella que vaya más allá de lo visible.