A pesar de la violencia, la manipulación psicológica y los fantasmas de su infancia, Rita Reidel hoy lucha por reconstruir su vida.
Rita Reidel nació en un mundo cerrado, hermético, donde la realidad se construía desde adentro y todo lo externo era visto como una amenaza. Durante años creyó que esa casa enorme en Olivos, en Vicente López, llena de reglas estrictas, silencios y familias que giraban alrededor de una misma figura, era simplemente su vida. No sabía que estaba creciendo dentro de una secta.
Hoy, con 27 años y después de un largo proceso terapéutico, puede ponerle nombre a esa infancia: abuso, miedo, manipulación y control. Su padre, Miguel Reidel -conocido dentro de la organización como "Mica"- era el líder de la llamada "Iglesia del Próximo Siglo", una red de comunidades que se extendía por distintos puntos del país y también en Chile. Hacia afuera, se presentaban como una institución de ayuda; puertas adentro, funcionaban bajo una lógica completamente distinta.
"Todos vivíamos bajo las reglas impuestas por mi padre", recuerda Rita. Las congregaciones se realizaban varias veces por semana y los vínculos con el exterior estaban prácticamente prohibidos. Su propia familia materna era considerada "demoníaca". No podía ver a su abuela ni a sus tíos, ni aceptar regalos. Todo lo que venía de afuera generaba desconfianza.
Aunque iba a la escuela, su mundo estaba limitado a la secta. "No nos prohibían tener amigos, pero todos eran de adentro", explica. El miedo era constante. No siempre se manifestaba en golpes, sino en una violencia psicológica que se instalaba en el cuerpo. "Era como un dolor de panza permanente cuando él estaba", describe.
La figura de su padre imponía disciplina con solo una mirada. Había castigos, humillaciones y normas extremas. Despertarlos en la madrugada por una mancha en el piso o castigar a sus hermanos por llorar formaba parte de la rutina. "Aprendí que mostrar emociones era de débiles", dice. Incluso había reglas simbólicas que escondían verdades más profundas: no podían llamarlo "papá" en público. Para todos era "Mica". Con el tiempo entendió que eso ocultaba una doble vida, con múltiples parejas e hijos dentro de la organización.
Pero lo más oscuro de su historia aparece al hablar de los abusos. Rita asegura que fueron constantes, no solo dentro de su familia sino también en la comunidad. "Había una hipersexualización permanente. Todo estaba manipulado para que lo naturalices", cuenta. Nadie decía que estaba mal. Para ellos, era lo normal.
La salida de ese mundo fue lenta y dolorosa. A los diez años, su madre intentó escapar y se mudaron a El Bolsón. Fue una etapa de precariedad e inestabilidad. Sin embargo, en medio de ese caos, Rita tomó una decisión que marcaría su vida: volver con su padre. Tenía doce años.
Durante los dos años siguientes vivió sola con él. "Fue un infierno", resume. Dejó de ser hija para convertirse en una figura ambigua, cargada de responsabilidades y sometida a situaciones profundamente perturbadoras. Fue en ese tiempo cuando intentó pedir ayuda por primera vez, pero no pudo sostener ese intento.