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De socios estratégicos a rivales incómodos: la grieta entre Arabia Saudita y Emiratos

En diciembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores saudí emitió un comunicado de cinco párrafos que utilizaba el término shaqiqa

Miercoles, 18 de Febrero de 2026

En la diplomacia del Golfo, las formas suelen ser tan importantes como el fondo. Los comunicados oficiales están cargados de expresiones amables y referencias fraternales, incluso cuando el trasfondo es áspero. A fines del año pasado, Riad difundió una declaración en la que describía en términos afectuosos su vínculo con los Emiratos Árabes Unidos, pese a que, en paralelo, acababa de atacar en Yemen un cargamento de armas vinculado a Abu Dabi y lo señalaba como una amenaza para su seguridad.

Ese delicado equilibrio ya no existe. En pocas semanas, la relación entre las dos principales potencias del Golfo se deterioró abiertamente. El diálogo político se redujo al mínimo y los aparatos mediáticos de ambos Estados comenzaron a intercambiar acusaciones. La tensión no solo alteró el tablero en Yemen, sino que empezó a entorpecer el comercio y las inversiones. En el mundo empresarial y diplomático crece el temor a una escalada similar a la crisis de 2017 contra Catar, aunque pocos creen que se llegue a un bloqueo total.

Durante décadas, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos actuaron como socios estratégicos. Coinciden en el Consejo de Cooperación del Golfo y en la OPEP, combatieron juntos a los hutíes en Yemen y mantienen un intercambio comercial que ronda los 31.000 millones de dólares anuales. Las rutas aéreas entre Dubái y Riad figuran entre las más transitadas del planeta. Sin embargo, las diferencias venían acumulándose.

Las primeras fisuras aparecieron en Yemen y en discusiones sobre cuotas petroleras. El quiebre más profundo se produjo en 2023, con la guerra civil en Sudán: Riad respaldó al ejército regular, mientras Abu Dabi fue acusado de asistir a las Fuerzas de Apoyo Rápido. Para los saudíes, esa intervención en el Mar Rojo era inaceptable; los emiratíes replicaron que el ejército sudanés estaba infiltrado por islamistas. Poco después, milicias sureñas apoyadas por Emiratos avanzaron en territorio yemení frente a fuerzas cercanas a Arabia Saudita, lo que derivó en una expulsión de facto de los emiratíes de ese frente.

La disputa combina geopolítica y rivalidad de liderazgo. Riad se percibe como potencia predominante del Golfo por población, peso económico y centralidad religiosa. Abu Dabi, con una economía más diversificada y fuerzas armadas ágiles, ya no quiere alinearse automáticamente con su vecino mayor. También difieren respecto del islam político y del vínculo con Israel, reconocido por los Emiratos en 2020.

La confrontación se trasladó al terreno narrativo. En medios y redes sociales circulan acusaciones cruzadas: desde supuestas alianzas indebidas hasta cuestionamientos personales a los líderes. En paralelo, empresas radicadas en Emiratos denuncian trabas administrativas en Arabia Saudita, demoras en frontera y dificultades para obtener visas. Algunas firmas emiratíes incluso se ausentaron de eventos oficiales en Riad. Aunque los lazos económicos dificultan una ruptura drástica, el clima de incertidumbre es palpable.

El impacto podría extenderse a otros escenarios frágiles, como el Cuerno de África o Siria, donde ambos países respaldan actores distintos. Varios gobiernos -entre ellos Catar- intentan mediar sin resultados visibles hasta ahora. Desde Washington, algunas voces sugieren que Estados Unidos podría intervenir, aunque no está claro cuánto margen tiene para influir.

Por el momento, las posiciones siguen firmes. Arabia Saudita exige que Emiratos deje de apoyar a fuerzas irregulares en la región; Abu Dabi no parece dispuesto a aceptar condiciones. La crisis, incubada durante años, entró en una fase abierta y no muestra señales de resolución inmediata.