Mundo Historia de vida

La voz del exilio venezolano: la historia de una periodista 

La vida de Anais Castro está atravesada por una herida que no cierra y por una voz que se niega a callarse.

Martes, 6 de Enero de 2026

La vida de Anais Castro está atravesada por una herida que no cierra y por una voz que se niega a callarse. "Si yo siento una justicia amarga, porque por lo menos a ese dictador y asesino se lo lleven de mi país, permítanme celebrar, permítanme ser feliz, que a nosotros nos han quitado demasiado". Así comenzó, a corazón abierto, su relato este lunes en declaraciones radiales, apenas 48 horas después de confirmarse la captura del ex dictador Nicolás Maduro. Conductora de televisión, cantautora, modelo y locutora venezolana, Anais habló no solo por ella, sino por millones.

"No nos contaminen la alegría de sentir que se hace un poquito de justicia. No nos la quiten", suplicó al aire de Urbana Play 104.3, interpelando a quienes juzgan desde la distancia sin comprender el dolor acumulado de años de represión, miedo y pérdidas. "Nosotros ya salimos a la calle en el 2014 cuando ni siquiera lo podían ver por televisión porque estábamos censurados. la censura mediática era tan brutal y tan bestial que ni siquiera lo podías ver por TV porque estábamos encerrados", recordó. Su descargo fue también un llamado a la empatía: "La próxima vez que te vayas a sentar en tu sofá y le vayas a mandar un mensaje a un venezolano diciéndole 'cipayo, vende patria, vuélvete a tu país', piénsalo dos veces".

La historia de Anais es la de una vida marcada por el desarraigo. Hoy forma parte de la enorme comunidad venezolana que encontró en Argentina un nuevo hogar, pero su identidad sigue anclada a la tierra que dejó atrás. "Ya creo que al día de hoy es muy difícil encontrar un argentino que no tenga al menos un amigo venezolano, un compañero de laburo o alguien con quien comparta la cotidianeidad", reflexionó. Ese intercambio constante, esa convivencia, se volvió parte de su día a día, sin borrar el dolor de origen.

Los primeros quiebres llegaron temprano. En 2007, con apenas 14 años, Anais fue testigo del cierre de RCTV, uno de los canales más importantes de Venezuela. "Fue el primer golpe a la libertad de expresión", dijo. A partir de ahí, el silencio comenzó a imponerse: humoristas, periodistas y medios dejaron de hablar. Poco después, llegó el despertar estudiantil. "Me escapé del colegio con mis amigos para protestar. Entendíamos lo que era la democracia y nos la estaban quitando", recordó. La represión fue inmediata. "No sabía lo que era una bomba lacrimógena. Cuando me cayó en los pies pensé que me moría. Después supe que sí mataban".

El miedo se volvió cotidiano. La escasez, la falta de alimentos, de medicinas, de gasolina, comenzaron a formar parte del paisaje. La crisis humanitaria no fue un concepto abstracto para Anais: la atravesó en carne propia. En 2011, cuando sufrió una parálisis facial, fue rechazada en un centro de salud por no ser chavista. "¿Cómo puede depender de si apoyo al Gobierno que me atiendan?", se preguntó. También fue voluntaria en el Hospital de Niños de Caracas, donde vio morir a una niña por infecciones provocadas por el deterioro del lugar. "No aguanté más", confesó.

Tras la muerte de Hugo Chávez y la llegada de Maduro al poder, la violencia se profundizó. En 2014, las protestas estudiantiles marcaron a toda una generación. "Mataron a una cantidad de estudiantes tremenda", relató. Compañeros secuestrados, torturados, exiliados. Historias que se repetían. Entre 2016 y 2017, la represión escaló aún más. Familias enteras salieron a la calle. Mujeres, hombres, jóvenes. El miedo convivía con el coraje. "Nos empezaron a matar", dijo sin rodeos.

El punto de quiebre llegó con nombres propios. Niomar Lander, de 17 años, asesinado cuando estaba por irse del país. "Ese año nos fuimos", contó Anais. Primero ella, luego su familia. El exilio dejó marcas profundas: despedidas inconclusas, duelos sin rituales, abrazos imposibles.

La caída de Maduro abrió una grieta emocional difícil de explicar. Alivio, dolor, bronca y esperanza convivieron en un mismo instante. "Tengo derecho a celebrar, porque ellos me contaminaron el alma y el corazón", afirmó. Pero también apareció el miedo: familiares que siguen en Venezuela borran mensajes, eliminan fotos, callan. "Si te ven celebrando, te llevan preso y te torturan", advirtió.

La voz de Anais Castro es la de un país herido que aún no puede cerrar el duelo. Es la voz de quienes perdieron años, familias, futuros. "No nos quiten también la alegría", pidió. Aunque sea por tres días. Aunque sea por un rato. Porque, después de todo, a los venezolanos ya les quitaron demasiado.