En la década del noventa, se introdujo un gusano depredador en Samoa para combatir plagas agrícolas. Sin embargo, terminó extinguiendo especies nativas.
Durante la década de 1990, las autoridades de Samoa decidieron introducir al territorio un gusano plano depredador conocido como Platydemus manokwari. El objetivo principal de la medida era controlar la plaga del caracol gigante africano que destruía los cultivos, pero la decisión desencadenó un inesperado y terrible desastre ecológico.
El problema radicó en que este letal depredador generalista no se limitó a cazar la plaga original para la cual fue introducido. El gusano se propagó rápidamente, trepó a los árboles y comenzó a devorar masivamente a los moluscos de la región, empujando a estas frágiles poblaciones hacia una inminente extinción.
El trágico final de los caracoles endémicos
Las distintas especies nativas llevaban millones de años evolucionando en las islas del Pacífico sin ningún tipo de protección contra esta clase de amenazas terrestres. Los especialistas advirtieron que esta intervención humana es un claro ejemplo de control biológico fallido.
Entre las características puntuales que agravaron drásticamente la crisis en el ecosistema, se destacan:
Ante este crítico escenario y los daños casi irreversibles, las autoridades federales debieron clasificar formalmente a varias de estas especies afectadas bajo la Ley de Especies en Peligro de Extinción. En la actualidad, la única esperanza para preservar a la fauna restante recae en mantener estrictos programas de bioseguridad e impulsar fuertemente la reproducción en cautiverio a través de distintos grupos internacionales de conservación.