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Reírnos de la desgracia ajena no siempre es sinónimo de crueldad, según la ciencia

Esa risa incómoda cuando otro falla es más común de lo que creemos. La psicología y la neurociencia explican por qué aparece y cómo cambia con la edad.

Martes, 10 de Febrero de 2026
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¿Dónde está la línea entre una emoción humana normal y conductas dañinas? Si bien es natural sentir satisfacción cuando alguien recibe su merecido, no toda consecuencia es justa, según Christian Cecconi, psicólogo de la Universidad Roma Tre.

Reírse de una caída, disfrutar del fracaso de una celebridad o sentir alivio ante la desgracia ajena no nos convierte en crueles. Es una reacción humana frecuente, aunque vergonzosa de admitir, estudiada por la ciencia. El problema reside en cómo gestionamos esa emoción.

Los especialistas distinguen varios tipos de regocijo ante la adversidad ajena:

Por justicia: cuando alguien considerado injusto sufre una consecuencia negativa.

Por aversión: hacia personas que nos desagradan, sin motivo aparente.

Por competencia: cuando alguien percibido como "superior" falla, restaurando nuestra autoestima.

Según Cecconi, estas formas reducen la tensión generada por la envidia o la comparación.

La neurociencia explica que la envidia activa áreas cerebrales asociadas al dolor emocional. Cuando la persona envidiada sufre un revés, se activan circuitos de recompensa, aliviando el malestar previo. Cuanto mayor la envidia inicial, mayor el placer posterior.

Un estudio de 2025 en Psicothema reveló que en la niñez predomina la alegría malsana ligada a la justicia, mientras que en la adolescencia gana peso la alegría por aversión y competencia. Antonio Cabrera-Vázquez, de la Universidad de Córdoba, encontró una preocupante relación entre la satisfacción por el perjuicio ajeno y el ciberacoso en adolescentes.

El entorno también influye: el respeto y la empatía disminuyen las conductas agresivas, mientras que su ausencia favorece la burla y la exclusión.

Disfrutar de un tropiezo ocasional es inofensivo. Pero si la emoción persiste y se combina con resentimiento, puede escalar a comportamientos dañinos. Loren Toussaint, del Luther College, advierte que rumiar la venganza activa respuestas de estrés asociadas a la ansiedad y la depresión, estimulando circuitos cerebrales similares a los de las adicciones.

Reconocer esta tendencia es clave para frenar el paso siguiente.

Paradójicamente, el regocijo por el error ajeno puede canalizarse socialmente. Investigaciones de Yael Zemack-Rugar, de la Universidad de Florida Central, muestran que puede aumentar la participación en eventos solidarios, como juegos benéficos donde figuras de autoridad se exponen simbólicamente, generando cohesión social.

La satisfacción por la desgracia ajena puede gestionarse. Reconocerla, nombrarla y activar la empatía reduce el riesgo de burla, hostigamiento o violencia.

En palabras de Toussaint, perdonar es soltar la carga emocional del resentimiento, una herramienta de salud mental a largo plazo, especialmente en jóvenes.